“La chica del tren”: un best seller que puede descarrilar

El libro de Paula Hawkins viaja a toda velocidad entre los libros más vendidos en el mundo.

CRÍTICA

“La chica del tren” amenaza con romper todos los récords: vendió 5 millones de ejemplares en todo el mundo, y hace veinte semanas que encabeza las listas de los libros más vendidos de los Estados Unidos. Incluso en la Argentina, esta semana, está en el puesto número tres de ese ranking.

Pero ese dato no quiere decir más que lo que dice: que hay muchos que cayeron en la tentación y se sumaron a la ola.

“La chica del tren”, de la hasta ahora desconocida Paula Hawkins es un cóctel, de dudoso resultado, que mezcla dosis de “Perdida”, el libro de Gillian Flynn, y “El diario de Bridget Jones”, de Helen Fielding, dos textos con más destino de película de Hollywood que de literatura, igual que el thriller de la chica del tren (que tendrá su versión cinemtográfica con Emily Blunt en en el papel principal).

En el libro, Paula Hawkins narra una historia desde tres miradas femeninas distintas. La de Rachel es la principal, el motor de este thriller que primero avanza ritmo de tren de pueblo, y luego a velocidad bala.

Rachel es una treintañera que entraría en el perfil de los catalogados como “perdedores”: su marido la abandonó para irse con otra mujer; perdió su trabajo pero no se anima a decírselo a nadie; vive con una ex compañera de estudios con la que prácticamente no se habla y últimamente se ha dedicado a tomar alcohol. Mucho alcohol. Tanto, que la mayoría de las mañanas no recuerda lo que hizo la noche previa. Y es justamente ese dato el que complica la trama, tan mareada como la protagonista.

Es que Rachel, la chica del tren en cuestión, se sube cada mañana, a las 8:04, a su vagón y desde allí mira la vida de una cuadra en particular de los suburbios de Londres. Ni más ni menos que la cuadra que ella habitaba con su marido, cuando solía ser feliz.

Pero no es su ex casa la que le llama la atención sino la de una pareja que ella imagina idílica, amorosa. Al menos hasta que ve algo que no le cierra, y que luego confirma en las noticias cuando se entera de que la mujer de esa pareja enamorada ha desaparecido.

Allí entra en acción entonces esta suerte de detective principiante sin cualidades (Rachel tiene lagunas enormes en su memoria: no recuerda a quién llamó, ni para qué, ni qué le dijo, y mucho menos que hizo después del último trago), y sin ninguna credibilidad, intentanto descubrir que pasó con esa chica; tratando de atar cabos sueltos e improbables; irrumpiendo en la policía, en la casa de los protagonistas, en la vida de gente que la mira como si fuera una desquiciada.

La voz de Rachel, escrita a modo de diario, se intercala con la voz de Megan (la chica que desaparece) y Anna, otra de las mujeres de la cuadra que tienen relación con ambas.

El problema -uno de los problemas- es que aquí no hay lugar para el humor ácido de “El diario de Bridget Jones” ni para las sospechas de “Perdida”.

Muchos han comparado el libro con la maravillosa película “La ventana indiscreta”, basada en el cuento de Cornell Woolrich. Pero el único punto de contacto es que efectivamente Rachel se asoma a un crimen a través de un vidrio. Nada más. Y otros tantos han hablado de que Hawkins es la sucesora de Patricia Highsmith, por los puntos de contacto con su libro ‘Extraños en un tren’.

Lo único cierto es que el libro se lee rápido, si es que eso es un mérito, y uno quiere llegar al final cuanto antes para resolver el misterio que pone en marcha muchas hipótesis. Pero llegado ese punto final, uno puede sorprenderse leyendo la contratapa, otra vez, llena de esas promesas, evidentemente incumplidas, que nos hicieron comprar el libro. Puede que, como aseguran en las promociones, la novela haya sido elogiada por el mismísimo Stephen King, que dijo que estuvo toda la noche despierto porque no podía dejar de leer esta historia del tren. Pero puede que, aunque no lo diga, haya lamentado no haberse dormido.

Verónica Bonacchi

vbonacchi@rionegro.com.ar


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