La competencia es clave

Redacción

Por Redacción

El arma antiinflacionaria más eficaz es la competencia. Es tan poderosa que ha frustrado los esfuerzos por alcanzar una tasa anual del 2%, o un poco más, de los gobiernos de los países de la Eurozona, Estados Unidos y Japón, que temen más el riesgo que plantearía la deflación que la posibilidad de que haya un brote inflacionario y por lo tanto se sienten alarmados al ver que el costo de vida se niega a subir. Con todo, aunque el presidente Mauricio Macri y el ministro de Hacienda y Finanzas Alfonso Prat Gay comparten las ideas de sus homólogos del mundo desarrollado acerca de la competencia, saben que la situación que enfrentan es muy diferente. Según Macri mismo, aquí “los empresarios se olvidaron de la palabra competitividad”; pudo haberse preguntado si alguna vez la entendieron, ya que hace muchos años se acostumbraron a pensar en términos corporativistas y comportarse como integrantes de un sector con demasiados intereses en común para gastar energía en lo que, para ellos, serían conflictos “internos” pero que en otras latitudes son considerados perfectamente normales. Por desgracia, la mentalidad así supuesta no puede atribuirse sólo a “los aprietes del kirchnerismo” denunciados por el presidente; es tradicional, una parte intrínseca de la cultura económica nacional. Si bien no hay muchos monopolios en la Argentina, abundan los oligopolios. Cuando una empresa decide probar suerte aumentando los precios de los bienes que comercializa, las otras no reaccionan bajando los suyos sino que, por el contrario, hacen lo mismo, anteponiendo así “la solidaridad” sectorial a sus intereses particulares y, es innecesario decirlo, a los del país. Parecería que se equivocaban los que atribuían la presencia de tantos empresarios en el coro de “aplaudidores” que escoltaba a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a nada más que el oportunismo y el miedo a ser castigados por un gobierno poco tolerante; en muchos casos, se trataba de una forma de manifestar el apoyo sincero a un esquema populista en que su propio papel sería muy humilde. Por ser prioritaria la lucha contra la inflación, el gobierno macrista no puede mantener los brazos cruzados con la esperanza de que, andando el tiempo, la Comisión de Defensa de la Competencia logre modificar la conducta de los empresarios. Tampoco puede confiar en que la recesión, al golpear el consumo, los haga pensar en lo ventajoso que les sería moderar sus propias expectativas. Puede que sea lógico desde el punto de vista de cada productor rural, fabricante o comerciante procurar sacar la máxima ventaja de una oportunidad para conseguir más dinero, pero en un medioambiente tan poco competitivo como el existente en la Argentina les parecerá natural tratar de hacerlo aumentando los precios simultáneamente, no reduciéndolos con el propósito de descolocar a sus rivales, como sucedería en los países desarrollados de mercados abiertos y diversificados. Desde el punto de vista de ciertos voceros empresariales, competitividad es sinónimo de anarquía. Así, pues, a pesar del presunto apego de los jefes de los equipos económicos gubernamentales al ideario liberal, no les queda más alternativa que tomar medidas dirigistas, amenazando con “sanciones” a quienes aumenten los precios de manera “excesiva” o “abusiva”, como haría un gobierno de otro signo político. No se trata de un tema menor. Para que la Argentina deje de ser un país en el que más de la mitad de la población vive en la pobreza según las pautas de América del Norte y Europa noroccidental, necesitará contar con un empresariado mucho más vigoroso que el actual. Hay una diferencia muy grande entre lo que algunos califican de “capitalismo de verdad” y la letárgica versión local en que los “capitanes de la industria” suelen estar más preocupados por el grado de proteccionismo que podría brindarles un gobierno amigo que en intentar conquistar mercados no sólo aquí sino también en el resto del mundo. Pudo hacerlo Corea del Sur, un país que hace algunas décadas era más pobre que la Argentina pero que en la actualidad tiene muchas empresas capaces de poner en apuros a las norteamericanas, europeas y japonesas más competitivas. De estar en lo cierto los que suponen que sería absurdo que empresarios argentinos aspiraran a emularlos, tendríamos que resignarnos a un futuro decididamente mediocre.


El arma antiinflacionaria más eficaz es la competencia. Es tan poderosa que ha frustrado los esfuerzos por alcanzar una tasa anual del 2%, o un poco más, de los gobiernos de los países de la Eurozona, Estados Unidos y Japón, que temen más el riesgo que plantearía la deflación que la posibilidad de que haya un brote inflacionario y por lo tanto se sienten alarmados al ver que el costo de vida se niega a subir. Con todo, aunque el presidente Mauricio Macri y el ministro de Hacienda y Finanzas Alfonso Prat Gay comparten las ideas de sus homólogos del mundo desarrollado acerca de la competencia, saben que la situación que enfrentan es muy diferente. Según Macri mismo, aquí “los empresarios se olvidaron de la palabra competitividad”; pudo haberse preguntado si alguna vez la entendieron, ya que hace muchos años se acostumbraron a pensar en términos corporativistas y comportarse como integrantes de un sector con demasiados intereses en común para gastar energía en lo que, para ellos, serían conflictos “internos” pero que en otras latitudes son considerados perfectamente normales. Por desgracia, la mentalidad así supuesta no puede atribuirse sólo a “los aprietes del kirchnerismo” denunciados por el presidente; es tradicional, una parte intrínseca de la cultura económica nacional. Si bien no hay muchos monopolios en la Argentina, abundan los oligopolios. Cuando una empresa decide probar suerte aumentando los precios de los bienes que comercializa, las otras no reaccionan bajando los suyos sino que, por el contrario, hacen lo mismo, anteponiendo así “la solidaridad” sectorial a sus intereses particulares y, es innecesario decirlo, a los del país. Parecería que se equivocaban los que atribuían la presencia de tantos empresarios en el coro de “aplaudidores” que escoltaba a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a nada más que el oportunismo y el miedo a ser castigados por un gobierno poco tolerante; en muchos casos, se trataba de una forma de manifestar el apoyo sincero a un esquema populista en que su propio papel sería muy humilde. Por ser prioritaria la lucha contra la inflación, el gobierno macrista no puede mantener los brazos cruzados con la esperanza de que, andando el tiempo, la Comisión de Defensa de la Competencia logre modificar la conducta de los empresarios. Tampoco puede confiar en que la recesión, al golpear el consumo, los haga pensar en lo ventajoso que les sería moderar sus propias expectativas. Puede que sea lógico desde el punto de vista de cada productor rural, fabricante o comerciante procurar sacar la máxima ventaja de una oportunidad para conseguir más dinero, pero en un medioambiente tan poco competitivo como el existente en la Argentina les parecerá natural tratar de hacerlo aumentando los precios simultáneamente, no reduciéndolos con el propósito de descolocar a sus rivales, como sucedería en los países desarrollados de mercados abiertos y diversificados. Desde el punto de vista de ciertos voceros empresariales, competitividad es sinónimo de anarquía. Así, pues, a pesar del presunto apego de los jefes de los equipos económicos gubernamentales al ideario liberal, no les queda más alternativa que tomar medidas dirigistas, amenazando con “sanciones” a quienes aumenten los precios de manera “excesiva” o “abusiva”, como haría un gobierno de otro signo político. No se trata de un tema menor. Para que la Argentina deje de ser un país en el que más de la mitad de la población vive en la pobreza según las pautas de América del Norte y Europa noroccidental, necesitará contar con un empresariado mucho más vigoroso que el actual. Hay una diferencia muy grande entre lo que algunos califican de “capitalismo de verdad” y la letárgica versión local en que los “capitanes de la industria” suelen estar más preocupados por el grado de proteccionismo que podría brindarles un gobierno amigo que en intentar conquistar mercados no sólo aquí sino también en el resto del mundo. Pudo hacerlo Corea del Sur, un país que hace algunas décadas era más pobre que la Argentina pero que en la actualidad tiene muchas empresas capaces de poner en apuros a las norteamericanas, europeas y japonesas más competitivas. De estar en lo cierto los que suponen que sería absurdo que empresarios argentinos aspiraran a emularlos, tendríamos que resignarnos a un futuro decididamente mediocre.

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