La competitividad importa

En algunos países, la difusión de un informe tan lapidario como el que acaba de publicar el Foro de Davos, en el que se explican en detalle las razones por las que la economía argentina puede considerarse menos competitiva que las de Nepal, Nicaragua y Camboya, para no hablar de todas las europeas y la mayoría de las latinoamericanas, motivaría preocupación, pero extrañaría que nuestros dirigentes políticos lo aprovecharan para impulsar algunos cambios concretos que los obligarían a enfrentarse con personas resueltas a defender sus “conquistas” particulares. Asimismo, aquí los debates en torno al desempeño económico del país raramente se alejan de la estratosfera ideológica, donde el liberalismo se mide con el estatismo, los datos concretos son tratados con desprecio y suele darse por descontado que las opiniones procedentes de entidades foráneas reflejan los prejuicios, por lo común malignos, de quienes las formulan. Con todo, el que, a juicio de los autores del ranking, a la Argentina le sería difícil competir económicamente con Zambia, ya que de los 140 países analizados el nuestro ocupa el lugar número 106, merece algo más que las descalificaciones oficiales a las que nos hemos acostumbrado. Aun cuando sea legítimo señalar que manifestar interés por asuntos como la competitividad relativa de las distintas economías es de por sí una característica liberal o extranjerizante y por tal razón repudiable, ya que el gobierno kirchnerista dice tener otras prioridades como “la inclusión” y “la equidad”, sería difícil negar que el tema reviste cierta importancia. Al fin y al cabo, mejorar la competitividad dista de ser incompatible con la búsqueda de justicia social. Por el contrario, a menos que quienes nos gobiernan aprendan a manejar la economía con mayor eficacia, nunca les será dado atenuar los problemas gravísimos planteados por la pobreza, la desnutrición, las deficiencias del sistema educativo y muchas otras lacras. Convendría, pues, que todos los interesados en el futuro del país y de sus habitantes se dieran el trabajo de estudiar los diversos capítulos del informe para entonces pensar en lo que podrían hacer para desmantelar aquellos obstáculos al desarrollo que no tendrían justificación política alguna. Mal que les pese a quienes quisieran continuar combatiendo el capital, la falta de competitividad económica no es un problema meramente ideológico. Incide directamente en la vida de millones de familias al privarlas de recursos materiales tan básicos como una vivienda adecuada, servicios públicos que en otras latitudes son considerados imprescindibles y una educación que les permitiría “incluirse” en una sociedad cuyos dirigentes, tanto oficialistas como opositores, se han habituado a aprovecharlos políticamente, ya que parecen haberse resignado a que persista indefinidamente un statu quo que nadie cree satisfactorio. Los responsables del ranking del Foro de Davos, y sus colaboradores locales, creen que la Argentina, a pesar de contar con un sinnúmero de ventajas comparativas –las que, claro está, no siempre la han beneficiado, ya que la disponibilidad de una abundancia de commodities exportables estimula el facilismo–, sigue siendo un país muy poco competitivo y por lo tanto pobre porque la administración pública es malísima, la corrupción es endémica, no se respetan los derechos de propiedad y los funcionarios gubernamentales son proclives a privilegiar a sus amigos. Asimismo, además de las distorsiones provocadas por la ineptitud estatal, el país a menudo se permite una tasa de inflación que estará entre las más elevadas del mundo y suele experimentar una multitud de dificultades cambiarias, como las que se han agravado últimamente. Huelga decir que no se trata de novedades. Puede que la gestión en tales ámbitos del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner haya sido peor que aquella del encabezado por su marido fallecido u otros que lo antecedieron, pero sería un error atribuir todas las deficiencias a la torpeza de un gobierno determinado. Por desgracia, muchas son imputables a una cultura política que se ve compartida por oficialistas y opositores, progresistas de retórica izquierdista y defensores del libre mercado, razón por la que superarlas no sería fácil en absoluto, ya que requeriría mucho más que un cambio de gobierno.


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