La democracia cumple 30 años

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

Hace poco más de tres décadas, Raúl Alfonsín derrotó por un amplio margen a Ítalo Argentino Luder en las elecciones presidenciales que en efecto pusieron fin al malhadado “proceso” castrense. De haber ganado el peronista, hubiera respetado la autoamnistía que los militares se habían otorgado, dejando intacto el “poder fáctico” del régimen. A juicio de muchos, se trataba de la alternativa más realista: no les parecía mal que el “proceso” se perpetuara, si bien en adelante llevaría una máscara democrática. Es lo que, años más tarde, harían los chilenos En 1983 nadie ignoraba que el peronismo era una empresa cívico-militar fundada por “el general” por antonomasia. Era frecuente oír hablar de lo beneficioso que sería para el país que se reconciliaran las dos mitades del movimiento que, se suponía, todavía gozaba del apoyo decidido del grueso del pueblo trabajador. En las vísperas mismas de las elecciones, el que las encuestas de opinión favorecieran al radical motivaban escepticismo. Decían los presuntamente enterados de lo que sucedía en las profundidades de la mente colectiva nacional que sería “surrealista” suponer que la mayoría votara en contra del candidato peronista. También advertían que romper con los militares, y con sindicalistas de opiniones derechistas, pondría en peligro la gobernabilidad. En aquella oportunidad, los convencidos de que el electorado era tan conservador que se conformaría con una versión diluida de la dictadura se equivocaron. No sólo buena parte de la clase media sino también muchos que los sociólogos ubicarían en la clase obrera prefirieron la propuesta de Alfonsín según la que el país, siempre y cuando respetara la Constitución, no tardaría en disfrutar de prosperidad, equidad y armonía social. Al acercarse la jornada electoral, el radical arrancaba aplausos fervorosos toda vez que recitaba el preámbulo de la Constitución, transformado en una “oración laica”. Asimismo, rebosante de optimismo, Alfonsín aseguraba que “con la democracia se cura, se come y se educa”. Tenía razón: en las democracias maduras de Europa, América del Norte, Oceanía y el Extremo Oriente de Asia, pero no en la India, los objetivos resumidos en sus discursos de campaña sí eran realidades, pero acaso le hubiera convenido subrayar que alcanzarlos en la Argentina, arruinada como estaba por el populismo tanto civil como militar, requería un sinfín de esfuerzos mancomunados descomunales. Puede que en su fuero interior Alfonsín sinceramente creyera que la democracia constitucional sería una panacea y que, luego de un par de meses confusos, empezaría a producir sus frutos. Con todo, aun cuando entendiera que la tarea que le aguardaba sería terriblemente ardua, la cultura política nacional lo obligaba a minimizar las dificultades que el país tendría que superar antes de alcanzar la tierra de promisión. Lo mismo que tantos otros gobernantes, entre ellos los militares, la conciencia de que la Argentina era un país dotado de inmensas ventajas materiales que en buena lógica debería ser tan rico como cualquier otro les impedía a los radicales pedir sacrificios como los que, en una emergencia, podrían reclamar dirigentes europeos o japoneses sin que sus compatriotas se sintieran defraudados. Lo del “país rico” es el talón de Aquiles de la democracia nacional, la razón básica por la cual todos los gobiernos caen en la trampa del facilismo. El “proyecto” de Cristina es el síntoma más reciente de esta enfermedad congénita. No existen motivos para creer que el país esté por curarse: los “presidenciables”, encabezados por Sergio Massa, dan a entender que la gente no tendrá que sufrir nada tan feo como un ajuste, ya que algunos toques menores serían más que suficientes como para reparar los daños causados por el delirante voluntarismo kirchnerista. Poco antes de despedirse en medio de un huracán hiperinflacionario, Alfonsín confesó al Congreso que hubo cosas que “no pudo, no quiso y no supo” hacer. El que no haya podido tomar medidas determinadas o que en ocasiones no haya sabido lo que le convendría hacer es natural, pero, fuera de la Argentina, el que no haya querido hacer lo que sabía necesario sería considerado incomprensible. Sin embargo, un cuarto de siglo más tarde, Cristina nos dijo que ella tampoco estaba dispuesta a hacer lo que presuntamente entiende es imprescindible para ahorrarles a los habitantes del país males mayores. Es como si tanto ella como todos los demás políticos “populares” pensaran que reconocer que los recursos son limitados y es forzoso manejarlos con mucho cuidado supondría traicionar la esencia nacional. Andando el tiempo, los peronistas no sólo regresarían sino que se encargarían de liquidar lo que aún quedaba del poder real militar, para después procurar reconciliarse con los restos de la rama castrense de su movimiento indultando a los condenados por crímenes de lesa humanidad. Más tarde, una facción peronista incluiría a los militares en su extensísima lista negra de enemigos. Además de perseguirlos judicialmente, los kirchneristas los han privado tanto de víveres que apenas son capaces de moverse. Por suerte, parecería que el país no corre el riesgo de verse atacado por vecinos codiciosos. En la actualidad, las amenazas a la democracia no son externas sino internas. Tienen que ver con el deterioro de las instituciones, el servilismo que es característico de demasiados políticos, lo difícil que les es formar partidos que sean capaces de gobernar, la corrupción endémica y otros males, además, claro está, de la negativa a tomar realmente en serio los problemas económicos. Pero aunque la política se ha convertido en una actividad exclusivamente civil, sin la participación de más organizaciones armadas que las creadas por algunos caciques locales y por bandas de delincuentes, muchos kirchneristas y otros sienten cierta nostalgia por los días en que la alternativa a un gobierno elegido como manda la Constitución era uno militar. En aquel entonces todo era más sencillo. Su actitud se asemeja a la de aquellos griegos que, en el poema célebre de Cavafis, se congregaban en el foro a la espera de que llegaran los bárbaros. “¿Por qué no hace nada el Senado? Porque hoy llegarán los bárbaros”. Pero no vinieron. La ciudadanía, perpleja, se preguntaba: “¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? Al fin y al cabo, esa gente era una solución”. Aunque más de treinta años han transcurrido desde aquel día de octubre en que la elección de Alfonsín abrió las puertas a la democracia y “los políticos civiles” comenzaron a marginar a los militares, el país sigue aguardando la respuesta al interrogante planteado por el gran alejandrino.

SEGÚN LO VEO


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