La estigmatización del aplazo

Redacción

Por Redacción

COLUMNISTAS

La resolución 1057/14 emitida por la Dirección General de Educación y Cultura de la provincia de Buenos Aires establece como apreciación conceptual las calificaciones de regular, bueno y muy bueno a los alumnos del ciclo primario, adoptando un régimen de reconocimientos que comienza a partir de 4 hasta 10, donde 4, 5 y 6 son desaprobados y quienes obtengan de 7 a 10 son aprobados.

Los funcionarios bonaerenses fundamentaron su iniciativa en la priorización por parte del alumno del conocimiento y no de la nota que se le imponga. Y por otra parte, manifestaron que “el propósito es ofrecer a los niños un espacio de evaluación de su desempeño y de identificación de lo que les falta aprender y que el nuevo diseño curricular apunta a no estigmatizar”.

Y en este señalamiento, aflora la estigmatización que puede padecer un alumno ante el aplazo, lo cual amerita algún tipo de reflexión. Como en otros temas, el que nos ocupa provoca opiniones dividas en la sociedad argentina, ofreciendo un clima propicio para la crítica destructiva de quienes no coinciden con la mencionada iniciativa oficial.

Mientras algunos optimistas acuerdan con la medida, que ha sido adaptada a un innovador sistema dirigido hacia a la instalación de incentivos más eficaces que los más tradicionales, otros se inclinan por la aplicación de sanciones como el aplazo, que en vez de estimular al alumno lo posiciona en una condición de reprobado.

Siguiendo ese orden, el espíritu central de la norma apunta directamente a contener la deserción escolar que, ante la frágil vulnerabilidad padecida en los hogares más desprotegidos, avanza progresivamente a pasos agigantados.

En ese sentido, si a la condición social enunciada (población con bajos recursos) le adicionamos la presencia de los aplazos en las calificaciones, ambas se convierten en un cóctel propicio que puede generar exclusiones de los niños más humildes de las escuelas públicas.

Por otra parte, los ortodoxos, más escépticos, rechazan la propuesta por considerarla facilista y acomodaticia a los intereses de los alumnos y manifiestan que atenta directamente contra el nivel educativo. Esta apreciación se debe cotejar con la anterior y ponerla en la balanza del equilibrio y la ecuanimidad, donde la mejor opción es la que prevalecerá en el tiempo. Por ello, este artículo constituye un disparador; lo válido es la conclusión a la que ustedes pueden arribar mediante el entendimiento y el sentido común.

En ese orden, habría que evaluar el grado de estigmatización que realmente produce el aplazo. En generaciones como las nuestras, sufrimos en carne propia la sanción del aplazo y no por ello fuimos traumados en nuestra juventud ni perduró ese sentimiento de resentimiento o frustración durante nuestra adultez. Pero se debe reconocer que “eran otras épocas” (las difíciles), donde no existían las consideraciones personales hacia los demás, no había garantías, no existían los derechos individuales y el gobierno de facto no había sido elegido por su pueblo.

Con lo señalado sobre la estigmatización, hemos ingresado en un aspecto psicológico que las personas comunes no podemos develar, solamente los profesionales del psicoanálisis pueden hacerlo con una mayor profundidad. De todos modos, con la información brindada podemos sacar nuestras propias conclusiones sobre la procedencia o no de la medida adoptada.

MIGUEL ÁNGEL KNECHT

Docente. Exconcejal PJ Viedma

MIGUEL ÁNGEL KNECHT


COLUMNISTAS

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora