La fina capa que alimenta a la humanidad

por ANDRES J. KACZORKIEWICZ (*)

Especial para «Río Negro»

La tierra es de quien la trabaja». El bramido de Emiliano Zapata movilizó miles de voluntades en el México partido por la miopía distributiva. De puro ciego murió acribillado a balazos sin advertir lo atropellado de su esfuerzo. Simultáneamente, con mayor inteligencia, Francisco Netri en Alcorta (Santa Fe, Argentina, 1912) daba origen a la Federación Agraria Argentina e instalaba la productividad chacarera en la pampa gringa. Casi cuatro décadas más tarde, Juan Domingo Perón, al reformar la Constitución argentina, proponía el concepto de propiedad privada respetable pero no inviolable. El correr del tiempo fue afianzando el criterio de sustentabilidad y la sociedad, poco a poco, vino a descubrir la importancia del suelo como soporte de todo lo que viene después: alimento, trabajo, progreso, industria, vida. A principios de los '90, en la provincia del Neuquén se intentaba –de manera efímera– el plan agrario basado en un axioma político: la tierra como factor de la producción. Es decir, con capacidad para multiplicar riqueza; en el idioma cotidiano, sembrar una semilla, cosechar una panoja.

Dolorosamente, sin embargo, Africa sigue siendo paradigma y modelo a merecer. En la región subsahariana, 500 millones de personas dependen de la leña para obtener energía. La tasa por deforestación es una de las más altas del mundo y el continente lleva perdidos –durante el decenio próximo pasado– 53 millones de hectáreas de bosques, el equivalente a seis veces la superficie total de la provincia del Neuquén. Casi el 65% de las tierras agrícolas africanas ya ha sido afectado por la degradación de los suelos, con lo cual –de seguir al ritmo actual– los rendimientos de los cultivos podrían reducirse a la mitad. Por consiguiente, aumenta la pobreza y las familias que viven del trabajo rural se ven forzadas a la búsqueda de tierras más fértiles para su subsistencia o migran a las ciudades, dejando los campos a merced de la acción devastadora del desierto. Ese desplazamiento ha llevado a 135 millones de personas a mudar de hábitat. Se estima que para el año 2020 otros 60 millones de almas se trasladarán desde zonas desérticas del Africa subsahariana hacia donde puedan y como puedan. La violencia étnica, tribal, discriminativa y de competencia por el espacio vital se encuentra a la vuelta de la esquina.

El tema en sí mismo es de una complejidad única, pero al menos se debería intentar una síntesis para dos lecturas elementales: la primera emocional-doctrinaria y epistemológica la otra, aunque esta última suene espantosamente difícil.

La preliminar tiene que ver con la posesión. La propiedad privada –como tal– aparece con la revolución agrícola, entre ocho a doce mil años atrás. Anteriormente, las sociedades nómades y mucho antes las comunidades cazadoras-recolectoras aceptaban y defendían con uñas y dientes el principio de territorialidad. Pero el advenimiento de los límites prediales y el empeño heredable aportaron avances significativos en materia de usos y costumbres: la tecnología del cultivo, los excedentes, el ahorro, el trueque y la familia monogámica, entre otros. También aparecieron los conflictos. Especialmente crueles siguen siendo los que ocurren entre núcleos emparentados cuando se disputan un pedazo de tierra.

Un enfoque interesante es proporcionado por la teoría del conocimiento (epistemología); este caso particular; asoma a partir de la etimología del término griego «casa» (oikos). De allí que la economí (oikos-gnomos) y la ecología (oikos-logos) compartan trayectoria, realidad y tendencia. Que la economía resguarde la ecología y que esta última abastezca la primera es lo deseable. El universo de las evidencias, no obstante, dice todo lo contrario.

Cosa curiosa, no existe disciplina más poderosa y que impacte en lo físico, biológico y social con más contundencia que la joven economía. Es más, de niña bonita e inocente pasó –rápidamente– a ser matrona del prostíbulo político y académico. Profundizando la idea, y a riesgo de parecer incompleta, se puede aventurar una secuencia simplificada del pensamiento económico útil. Adam Smith (1728-1790), David Ricardo (1772-1823), Thomas R. Malthus (1766-1834), Karl Marx (1818-1883), John M. Keynes (1883-1946) y Milton Friedman (1912- __ ) intentaron explicar –básicamente– el problema de los bienes escasos y su vinculación con la especie humana. Todos ellos desplumaron una heurística original, es decir, buscaron sus propios argumentos. En términos generales, no anduvieron errados cuando intentaron predecir eventos relacionados con la naturaleza del crecimiento económico, las ventajas comparativas, el incremento demográfico, el protagonismo del trabajo, la regulación precisa y el estigma de los gastos improductivos. Este meritorio paquete teórico fue minimizado, deformado y –finalmente– desatendido por mercenarios de la especulación moderna. Es más: los herederos actuales de los clásicos anteriormente nombrados se dedican al armado de ilusiones financieras; en otros términos, a la venta de metáforas impalpables que cotizan en antros bursátiles complicados y estafan, en gran medida, al resto de los vecinos, cautivos del papel pintado. Así es como, por acción u omisión, con chapa universitaria incluida, a partir de la segunda mitad del siglo XX se terminó ahogando la poca visión residual del enorme valor de los recursos naturales renovables.

A esta altura del partido, hablar sobre derechos reales, reclamos etnológicos o ideogramas sectarios es insistir sobre mitos imaginarios, fábulas legales o quimeras judiciales. Nada de eso tiene sentido cuando desaparece la fina capa fértil que genera el alimento de la humanidad.

Algo huele mal en Argentina. Tierras públicas degradadas, minifundios con sobrecarga ganadera, disminución de bosques nativos, monocultivos, pérdida de suelos, decadencias ambientales severas, holocausto de la biodiversidad, carencia absoluta de políticas para la conservación y desprecio por la planificación productiva. Son las plagas de Egipto con carta criolla de ciudadanía. El dilema afecta a pobres de solemnidad con economías de subsistencia, explotaciones agropecuarias con módulos de rentabilidad ajustada y empresas dimensionadas que humillan su patrimonio con ciclos sojeros persistentes, por ejemplo. También, a monstruos anónimos aterrizados en el negocio agrario, sin la debida cultura pero atados a las contingencias ciegas, sordas y mudas del mercado.

Ya poco importa a quién corresponde la legitimidad del bien. Mucho menos el estilo de vida de quienes vibran con el campo. De modo alguno tienen cabida los reclamos doctrinarios, ideológicos o dogmáticos, en el peor de los casos. Tampoco hay espacio para construcciones diferentes en términos de dominio. En los próximos tiempos, gracias al abuso, todo será Africa.

Los fervores de Zapata, los logros de Netri, las innovaciones constitucionales de Perón o el ensayo neuquino del plan agrario serán sólo ficciones de un futuro perdido de antemano. Salvo que la tierra sea de quien la proteja.

(*) Ex subsecretario de Producción Agraria (Neuquén) y estudiante de postgrado (UBA)

dr-k@speedy.com.ar


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