La hora del ajuste (necesario)

Por Redacción

DARÍO TROPEANO (*)

La economía es una ciencia social que se nutre de relaciones humanas y de poder; por eso también es política, con fuerte sentido histórico. Omitiendo considerar cuestiones esenciales y otras anecdóticas (la inseguridad, la corrupción, el vicepresidente y su guitarra eléctrica, la autosuficiencia que dan las coyunturas con poder mayoritario en el Parlamento, etc.), lo cierto es que el ciclo económico gubernamental ha ingresado en una nueva etapa, dentro de la misma concepción de la propuesta económica vigente. Los que estudian y se interesan en el tema coinciden en que actualmente en el país se evidencian problemas macroeconómicos severos (retraso de tarifas de los servicios públicos cuya contracara son los subsidios a la energía y el transporte, atraso cambiario impactando en las economías regionales, inflación en aumento y emisión monetaria como paliativo final para sostener los gastos de la estructura estatal y de esos propios desajustes señalados). La caída de reservas de dólares con que tanto se machaca en la actualidad tiene directa vinculación con el pago de energía importada (este año superaría los u$s 14.000 millones), pero además el pago de las autopartes importadas de automotores (casi u$s 9.500 millones) y también insumos industriales. Hoy, después de aquellos años en que alabé desde estas páginas el éxito de la reestructuración de la deuda externa, advierto la colosal herencia de la misma: los pagos realizados han superado los u$s 45.000 millones, suficientes como para haber mejorado todo el sistema de infraestructura de transporte del país. Esa carga histórica que nos ata es responsable del drenaje de dólares y condiciona durante muchos años venideros, y ha sido reconocida por la renunciada presidenta del BCRA en las recientes jornadas anuales monetarias y bancarias. Es necesario advertir que en estos años el doble de ese monto se ha fugado hacia el exterior, principalmente mediante la remisión de utilidades de las grandes empresas. La extranjerización y concentración de la economía argentina continúa siendo una cuestión esencial a modificar para acelerar el desarrollo industrial y ser más previsibles en las cadenas de valor. Los números no mienten y por eso los grupos económicos que hoy presionan por mantener sus utilidades, descontentos con la limitación impuesta para remitir ganancias al exterior y reinvertirlas –medida que llegó tardía, por cierto– o adquirir dólares libremente, no pueden desconocer los “años de gloria” atravesados. A pesar de haber crecido la inversión privada, principalmente en maquinarias y equipos –en consonancia con un aumento de la distribución del ingreso y el consumo nacional–, que sirvió para sustituir importaciones de bienes extranjeros, se impone aumentar sustancialmente la misma, alejando todo presagio inconsistente e interesado (“vamos a ser Venezuela o Cuba”, por ejemplo), advirtiendo que la Argentina afronta años excepcionales para su desarrollo económico, en tanto sus clases política y económica mantengan un diálogo serio, conversado y menos mediático. Si el atraso cambiario se ha hecho profundo, la solución debe ser gradual y prudente, pero consistente, para evitar el inmediato impacto sobre precios y salarios que ocasionaría una devaluación pronunciada. Es necesario mejorar la competitividad de las comprometidas economías regionales para impulsar la exportación, y reconstruir la disponibilidad de divisas no a través del mercado (con endeudamiento externo o préstamos del FMI, como nos dicen mediáticos economistas que proponen lisa y llanamente achicar el consumo) sino activando la inversión extranjera, los préstamos para el desarrollo del BM, los swaps (canjes de monedas) que otorgan China y otras potencias emergentes y, además, ayudando a las empresas a obtener créditos desde el exterior, asegurando la recompra de las divisas en el país para su devolución. Hay que reducir drásticamente el sistema de subsidios al transporte (sincerando las tarifas) y a la energía (sincerando los precios de acuerdo a la capacidad contributiva del usuario y no “regalar” el gas, la luz y el agua) y abordar el gasto público inconveniente, como el político que se desparrama en todas las provincias del país. Se ha perdido un tiempo vital en la reforma tributaria pendiente. De los $ 800.000 millones que recauda el Estado nacional cada año, el principal recurso proviene del IVA, que representa el 30% del total. Es decir: lo paga quien compra leche, fideos, zapatillas o papas. Esos compradores son en su mayoría ciudadanos de menores recursos que se ven afectados en su capacidad de consumo. Otro 25% proviene de las contribuciones y aportes a la seguridad social (jubilaciones) por parte de trabajadores y empresas, y un 20% del impuesto a las Ganancias. Es decir: el impuesto inevitable que más impacta a los argentinos de menos recursos y una parte de sus aportes al trabajo contribuyen con casi el 42% de la recaudación estatal. Nada para la renta financiera y menos aun porcentajes de progresividad de acuerdo a la renta (ganancias) obtenida para los sectores más pudientes. Por otro lado, los impuestos y alícuotas que paga una pequeña empresa se igualan con los que paga una multinacional extranjera o un monopolio dominante; ¿se puede modificar el mercado y la incidencia de los formadores de precios sobre esta base económica? Las nuevas autoridades designadas son el resultado no sólo de las inconsistencias económicas que se evidencian sino de las divisiones y el reacomodamiento que se observan en el Partido Justicialista, que se prepara para gobernar nuevamente en el 2015. La parte del justicialismo que gobierna ha enviado un mensaje al propio partido (el jefe de Gabinete) y reafirmado el rumbo económico con un mejor técnico de más alto perfil (el ministro de Economía). Rápido de reflejos el gobierno intenta reacomodarse evitando la repetición de la vieja historia nacional: corridas cambiarias o inflacionarias para desplazar presidentes o ministros cuando los grupos económicos más poderosos advierten debilidades políticas y pretenden imponer políticas acordes a sus intereses. Hay mucho que hacer y acordar con quienes manejan la cadena de valor de formación de los precios y dominan la economía, mucho para desarrollar en sustitución de importaciones con las empresas nacionales. El país tiene que defender el valor de su moneda y utilizarla como herramienta de desarrollo; ha demostrado poder funcionar, crecer y pagar sin tomar deuda en moneda extranjera durante 12 años. Ello nos da independencia y cintura para dirigir nuestro propio proceso de desarrollo. Ha sido el esfuerzo de la gran mayoría de los argentinos y sobre esos principios básicos tienen que vehiculizarse cambios con un fuerte gradualismo que corrija las inconsistencias existentes. (*) Abogado. Docente de la Facultad de Economía de la UNC