La ideología del mercado libre necesita actualizarse

Por Alvin y Heidi Toffler

En 1958, un miembro del profesorado de Harvard de nombre Daniel Bell escribió un túrgido libro llamado «El Fin de la Ideología». Ahora parece ser la envoltura del pescado de ayer. El hecho es que la ideología, incluso en los términos simplistas utilizados por Bell, nunca ha estado más viva y sana -sólo que ahora ya no en Moscú, sino en Washington. Además, al nacer una nueva economía y una nueva sociedad para el siglo veintiuno en nuestro centro, podemos esperar más, no menos «ideologías» que florezcan y compitan.

Durante la Guerra Fría, Washington acusaba a los soviéticos de ser «demasiado ideológicos», lo que quería decir que tenían un conjunto de ideas sistemático y rígido que buscaban, con el celo de los verdaderos creyentes, imponerle al mundo -a veces con la ayuda de los tanques del Ejército Rojo.

En la actualidad, muchos -fuera de Estados Unidos- creen que el zapato está en el pie de América. En lugar de tanques, dicen, América utiliza el inmenso poder de su economía y sus medios para mercadear su ideología «hecha en América».

Tras de esta ideología existe un modelo que consiste, esencialmente, de tres variables -el globalismo, el libre comercio y la democracia- relacionadas en una forma simple y lineal. Las ligas entre éstas, y la relativa importancia que se les concede, varían enormemente. Pero todas dependen de un conjunto de premisas compartidas que se han convertido en artículos de fe, tanto entre demócratas como entre republicanos y los principales medios americanos, por igual.

La ideología de Washington comienza con la asunción de que la integración global de las economías es inherentemente buena. Primero, amplía los mercados (haciendo por ello posibles mayores economías de escala). Segundo, abre los mercados nacionales a la competencia extranjera, promoviendo así la competencia que, a su vez, presiona a los productores a aumentar la «eficiencia», disminuir los precios y proveer más opciones para el consumidor. Tercero, permite a cada país especializarse en lo que mejor hace. Y cuarto, lo mejor de todo, reduce la probabilidad de la guerra ya que, dice la teoría, las naciones que negocian entre sí no luchan entre sí con sus ejércitos.

Dadas estas asunciones, se desprende que lo que se necesita para facilitar la expansión y la integración del comercio mundial son reglas globalmente acordadas y vigiladas por la Organización Mundial de Comercio, además de métodos de contabilidad estándar y «transparentes», estadísticas económicas y regulaciones financieras. Por contraste, la corrupción y el llamado «capitalismo de amigos» obstaculizan el crecimiento económico. Son esencialmente considerados como males de los países pobres no occidentales. Si tales países quieren crecer, deben atraer capital externo, y para hacerlo deben volverse menos secretos, más «transparentes» y por ello menos corruptos.

Nada, sin embargo -ni siquiera la corrupción- frena el desarrollo tanto como la propiedad del Estado o la operación de la economía, ya que las decisiones que toman los políticos y burócratas equivocan la inversión, mientras que las decisiones tomadas por los inversionistas privados canalizan fondos a los «mejores» propósitos. El «laissez faire» produce resultados. La globalización, por ello, va de la mano con la liberalización.

Y esto, a su vez, nos lleva a la parte política del modelo. Políticamente, los gobiernos totalitarios o autoritarios no son tan solo moralmente ofensivos, sino que retrasan el crecimiento. Una vez que la economía se globaliza y se liberaliza, su próspera economía dará lugar a una clase media ampliada. Y, como todos saben, cuando la clase media crece, demanda democracia, que, una vez obtenida, promueve mayor crecimiento económico. Lo que necesita agudamente el mundo, por ello, según la ideología de Washington, es más de las tres cosas: globalización, liberalización y democratización.

Una talla no es para todos

La revolución comunista de 1917 llevó a un experimento de 70 años con el socialismo de Estado, en que la gente ordinaria fue ratón de laboratorio. La famosa presunción hecha en 1956 por Nikita Khruschev, «vamos a enterrar a Occidente» resultó ser uno de los peores pronósticos del siglo XX. Y cuando la Unión Soviética colapsó en 1991, su ideología de Moscú, anti-mercado y marxista, cayó con ella.

Pocos en la actualidad dudan de que los mercados sean poderosas herramientas para crear riqueza. El capitalismo ha resultado ser dinámico, excelente para elevar los niveles de vida, aunque de manera dispar. Pero experimentos recientes, no tan drásticos como los de la Unión Soviética, muestran que la vida es mucho más complicada de lo que sugiere la ideología de Washington.

Cuando México avanzó en la dirección de la liberalización y firmó el Tratado de Libre Comercio en América del Norte, se produjo una rebelión en el Estado sureño de Chiapas, donde los campesinos empobrecidos de la «primera ola» temían que la competencia de los productos agrícolas de Estados Unidos les provocara devastación.

Por contraste, el TLC, aunque todavía controversial, ha ayudado a reducir la tasa general de desempleo en el norte de México, proveyendo empleos de manufactura de la «segunda ola», incluyendo 270.000 tan sólo en el Estado de Baja California. Después del TLC, México también ha visto la llegada de Internet, la tecnología de computadoras y gente capacitada para operarlas y darles servicio. Seis años después del TLC, los mexicanos eligieron con entusiasmo a un ex dirigente de Coca-Cola México, Vicente Fox, y acabaron la «dictadura perfecta» de 71 años del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Aquí, cuando menos, puede obtenerse un ejemplo para la secuencia globalización-liberalización-democracia.

Pero lo opuesto se da con frecuencia. Cuando la crisis financiera asiática se produjo en 1998, Indonesia se tragó la píldora liberal administrada por el Fondo Monetario Internacional. El resultado fueron motines, asesinatos de chinos étnicos y el colapso de la dictadura de Suharto. En lugar de un desarrollo económico que llevara a la democracia, Indonesia obtuvo lo contrario: una más grande democracia pero menos desarrollo económico.

Por contraste, Malasia, su vecina, se resistió a la amarga píldora, negándose a liberalizar y -en contra de los mejores consejos de Wall Street y Washington- impuso controles de cambio. Sufrió simultáneamente una crisis política que vio el brutal encarcelamiento de Anwar Ibrahim, primer ministro del principal rival de Mahathir por el poder. Menos democracia. Liberalización. Pero la economía de Malasia se recuperó mucho mejor y más rápido que la de Indonesia.

Similarmente, en Rusia, los intentos por crear una economía liberalizada en menos de un año -impulsados por expertos macroeconómicos de Harvard y del MIT- llevaron a la desintegración económica, un colapso en los estándares de vida, la vivienda, incluso las tasas de natalidad, junto con el ascenso de Vladimir Putin, lo más cercano a un hombre fuerte allá desde la era previa a Gorbachev.

Los líderes comunistas de China han estudiado y rechazado la experiencia pos-soviética. En lugar de la democratización política primero, seguida por una liberalización económica -la secuencia que llevó a la caída de Gorbachev-, los chinos avanzan en la dirección opuesta.

China bajo Deng Xiaoping avanzó en un principio cautelosamente hacia la globalización, abriendo su economía a la inversión exterior y rápidamente aumentando el comercio exterior. Después avanzó hacia la liberalización económica parcial. Pero su avance hacia la democracia es dolorosamente lento y pesado incluso ahora, una década luego del sangriento ataque a los estudiantes en la plaza Tiananmen.

¿Qué lecciones podríamos derivar de estas diferentes experiencias?

Primero, la globalización y la liberalización -empacadas y presentadas como un solo producto por la administración Clinton- son, de hecho, dos cosas muy diferentes. Los países pueden globalizar sin liberalizar y liberalizar sin globalizar.

Segundo, es cierto que hay enormes beneficios en el comercio abierto. Pero los dividendos no son igualmente compartidos entre ricos y pobres, y no llegan al mismo tiempo. Algunos son casi inmediatos, otros tardan décadas.

Tercero, no existe la seguridad de que un más alto estándar de vida o el crecimiento de una clase media vayan a resultar en la democracia.

Cuarto, y desafortunadamente, la idea de que las estrechas relaciones comerciales evitan la guerra es simplista e históricamente imprecisa. Alemania y Gran Bretaña fueron grandes socios comerciales en 1914. Ello no evitó que se atacaran mutuamente en la Primera Guerra Mundial. En China actualmente, la clase media, incluyendo elementos tanto de la segunda como de la tercera ola, tiene notables tendencias bélicas.

Quinto, y finalmente, sin embargo existe una lección fundamental.

Incluso al debatir las ideologías estas cuestiones, una gran revolución tecno-social -la tercera gigantesca ola de transformación desde el cambio a la agricultura y, más tarde, la revolución industrial- está adquiriendo fuerza en el planeta. Divide economías enteras en partes, en contraposición y con frecuencia en choque.

En el sur de México, los campesinos de la primera ola luchan para sobrevivir, como siempre han hecho los campesinos. En el norte, trabajadores industriales de la segunda ola van a sus empleos en las maquiladoras. En Monterrey y la Ciudad de México, por contraste, uno puede ver el principio de un sector de la tercera ola basado en los conocimientos, por igual, poblado por jóvenes educados con teléfonos celulares, computadoras y conexiones a Internet, heraldos de la economía del conocimiento. Algo como esto ocurre a nivel global también. Por más de un siglo, la estructura de poder del mundo ha consistido de dos partes: las economías industrializadas de la segunda ola arriba, economías campesinas de la primera ola abajo. Esta estructura se está ahora transformando. Una nueva capa superior ha aparecido, consistente en economías de la tercera ola, basadas en los conocimientos.

El secreto de la economía del mundo emergente no es, como algunos creen, la homogeneidad, sino una creciente diversidad, incluyendo un pluralismo de modelos de mercado y políticos e ideologías. La ideología de Washington necesita regresarse a la fábrica, como un automóvil que funciona mal. En su toma de posesión, el presidente George W. Bush sugirió que América debe ser menos arrogante en sus relaciones con el mundo exterior. Un buen comienzo sería repensar la ideología de Washington.

(L. A. Times Syndicate Internacional)


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