«La inacabable lucha de Lucerinda Cañumil»

Parece inacabable la lucha de la lonco y machi Lucerinda Cañumil por la regularización definitiva de las tierras de su comunidad.

A raíz de la nota del 2 de mayo en este medio, referida a este problema, creo conveniente repasar algunos antecedentes para aquellos que no los conocen y para rescatarlos del olvido de aquellos que los conocen pero que de seguro «se olvidarán» de mencionarlos en detalle.

Tengo ante mí la otrora prestigiosa «Revista Patagonia», dirigida por Antonio Torrejón, Vol. IX, Nº 42, julio-setiembre 1989, páginas 41-45 (ver en Biblioteca Mitre de Viedma), que contiene el artículo «Historia de la Reserva Chinquiniyen» de la historiadora Graciela Beatriz Hernández, encabezado por una volanta que dice: «Colaboraciones de la Fundación Ameghino».

Esta autora, compenetrada con el caso y en precisas páginas, reúne los antecedentes documentados de la lucha por la tierra del padre de doña Lucerinda, Francisco, desde su asentamiento en 1908, y las sucesivas presentaciones a las autoridades que recorren los años 1923, 1936, 1940, etc. Y la aparición relevante en 1967 de doña Lucerinda en carta de reclamo al presidente militar Onganía.

Pero además de destacar la historiadora los intentos frustrados del viejo cacique de crear una «Colonia Experimental Pastoril», señala la construcción por ellos de dos pioneras escuelas, donadas al Consejo Nacional de Educación, y de pequeños regadíos (para alfalfares sobre todo) en Chinquiniyen, Río Chico y Chacayhua Ruca.

Pero aprecio que la otra médula del artículo radica en describir el relevamiento de 1972 sobre la situación de esas tierras, «servidas», al igual que hoy día, para las trapisondas de usurpadores.

Luego de ello, el dictado de una expeditiva y protectora resolución, origen en 1973 de la creación por ley de la Reserva Tribu Cañumil, departamento Ñorquinco, sección IX, de 19.950 hectáreas.

¿Quiénes fueron los gestores y ejecutores de este hecho? El capitán de Aeronáutica (RE) Pablo Carballo, subdirector de Tierras y Colonias, su director el agrimensor Horacio Magnères y el subsecretario de Asuntos Inmobiliarios Rodolfo M. Casamiquela. En una de sus páginas hay dos fotografías: una con los nombrados, algunos trabajadores del Estado y parte de la agrupación indígena; la otra, en la que Casamiquela le entrega el título a Lucerinda Cañumil (acompañada por su marido Antonio Quiñenao).

Para finalizar, quiero agregar que solamente dos blancos en el país podían dialogar fluidamente en mapu dungun con la indígena Lucerinda sobre diversas materias a propósito de la profunda cultura mapuche que ella porta.

Estos dos «caucásicos» diré, para horror de los políticamente correctos al mencionar razas -variedades al fin de nuestra sola especie: la Homo sapiens- fueron: el sabio croata y neuquino, casado sucesivamente con dos indígenas, don Juan Benigar (que no la conoció) y el polifacético y polémico científico patagónico Rodolfo M. Casamiquela, fallecido en diciembre del 2008, éste sí interlocutor a lo largo de muchísimos años de esta anciana inclaudicable.

Ricardo Freddy Masera

Sociólogo (UBA) – Viedma


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