La izquierda según Mujica

Redacción

Por Redacción

Como un hombre comprometido con una variante sui géneris de la izquierda, el expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica no quiere reconocer que las “deformaciones” de la corriente en que milita pueden ser tan feroces como las que atribuye a la derecha. Según Mujica, “lo conservador, cuando se hace muy duro, es el fascismo, y la izquierda, cuando confunde los deseos con la realidad, cae en esa deformación del infantilismo, de puro voluntarismo”, como si la experiencia soviética, china, cubana, camboyana, vietnamita y norcoreana fueran menos mortíferas que las protagonizadas por quienes calificaría de “conservadores duros”. Con todo, si bien las cosas distan de ser tan sencillas como quisiera creer el extupamaro reciclado en socialista moderado, entiende que el fracaso en América Latina del populismo supuestamente progresista se debe en buena medida a la falta de seriedad de los gobiernos que lo adoptaron. Parecería que mandatarios como los venezolanos Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro, además de Cristina Fernández de Kirchner, tomaron al pie de la letra las consignas contestatarias que estuvieron en boga décadas atrás para entonces ponerse a gobernar sociedades ficticias en que los recursos eran inagotables. Pudieron hacerlo mientras duró el boom de los commodities, pero una vez terminada la fase así supuesta no les quedó nada más que palabras vacías. En opinión de Mujica, la izquierda debería aprovechar el retroceso que está experimentando en América Latina para aprender de los errores cometidos por gobiernos que se afirmaban progresistas. Aludía no sólo a los bolivarianos y afines, como el kirchnerista en la Argentina, sino también al brasileño que, a pesar de haber sido decididamente menos irresponsable que muchos otros, está al borde de la desintegración. Desde el punto de vista de los izquierdistas inteligentes, la crisis brasileña ha de ser aún más preocupante que las de otros países de la región porque sería poco razonable imputarla a las extravagancias insensatas de caudillos corruptos. Aunque no cabe duda de que la presidenta Dilma Rousseff y su antecesor Luiz Inácio Lula da Silva cometieron lo que, andando el tiempo, resultarían ser errores estratégicos muy graves, hasta hace apenas un par de años merecían la confianza de los líderes de los países desarrollados y las principales organizaciones internacionales que, por cierto, no compartían sus convicciones ideológicas. Pues bien, desde hace aproximadamente veinte años, en todas partes el “centro” político está deslizándose hacia lo que según los izquierdistas es la derecha liberal porque es cada vez más difícil hacer compatibles programas sociales que son considerados imprescindibles con la necesidad de continuar aumentando la productividad del conjunto. Por motivos demográficos, en Europa gobiernos de distinto tipo se sienten obligados a desmantelar poco a poco el Estado benefactor al dejar de ser viables los construidos medio siglo antes. Aunque en América Latina los cambios demográficos causados por el desplome de la tasa de natalidad y una mayor expectativa de vida han sido menos dramáticos que en Europa, ya están haciéndose sentir. Asimismo, aquí también el impacto económico del progreso tecnológico está contribuyendo a ampliar la brecha entre la minoría que está en condiciones de aprovechar las nuevas oportunidades y la mayoría que carece de la preparación necesaria. Por lo demás, aunque en el corto plazo el resurgimiento de China luego de siglos de modorra ayudó a la izquierda populista latinoamericana al suministrarle una cantidad fenomenal de dinero, ya ha comenzado a perjudicarla porque la economía internacional se ha hecho mucho más competitiva. No sólo en Europa y América del Norte sino también en América Latina, la mayoría propende a creer que “la derecha” es más eficaz que “la izquierda” cuando de administrar la economía se trata. En vez de intentar mostrar que tal impresión no corresponde a la verdad, casi todos los gobiernos de retórica izquierdista han reaccionado minimizando la importancia de lo económico o, lo que es peor aun, actuando como si los datos concretos, en especial los vinculados con la realidad financiera, carecieran de significado, entregándose así al “infantilismo” y “voluntarismo” que acaba de denunciar Mujica.


Como un hombre comprometido con una variante sui géneris de la izquierda, el expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica no quiere reconocer que las “deformaciones” de la corriente en que milita pueden ser tan feroces como las que atribuye a la derecha. Según Mujica, “lo conservador, cuando se hace muy duro, es el fascismo, y la izquierda, cuando confunde los deseos con la realidad, cae en esa deformación del infantilismo, de puro voluntarismo”, como si la experiencia soviética, china, cubana, camboyana, vietnamita y norcoreana fueran menos mortíferas que las protagonizadas por quienes calificaría de “conservadores duros”. Con todo, si bien las cosas distan de ser tan sencillas como quisiera creer el extupamaro reciclado en socialista moderado, entiende que el fracaso en América Latina del populismo supuestamente progresista se debe en buena medida a la falta de seriedad de los gobiernos que lo adoptaron. Parecería que mandatarios como los venezolanos Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro, además de Cristina Fernández de Kirchner, tomaron al pie de la letra las consignas contestatarias que estuvieron en boga décadas atrás para entonces ponerse a gobernar sociedades ficticias en que los recursos eran inagotables. Pudieron hacerlo mientras duró el boom de los commodities, pero una vez terminada la fase así supuesta no les quedó nada más que palabras vacías. En opinión de Mujica, la izquierda debería aprovechar el retroceso que está experimentando en América Latina para aprender de los errores cometidos por gobiernos que se afirmaban progresistas. Aludía no sólo a los bolivarianos y afines, como el kirchnerista en la Argentina, sino también al brasileño que, a pesar de haber sido decididamente menos irresponsable que muchos otros, está al borde de la desintegración. Desde el punto de vista de los izquierdistas inteligentes, la crisis brasileña ha de ser aún más preocupante que las de otros países de la región porque sería poco razonable imputarla a las extravagancias insensatas de caudillos corruptos. Aunque no cabe duda de que la presidenta Dilma Rousseff y su antecesor Luiz Inácio Lula da Silva cometieron lo que, andando el tiempo, resultarían ser errores estratégicos muy graves, hasta hace apenas un par de años merecían la confianza de los líderes de los países desarrollados y las principales organizaciones internacionales que, por cierto, no compartían sus convicciones ideológicas. Pues bien, desde hace aproximadamente veinte años, en todas partes el “centro” político está deslizándose hacia lo que según los izquierdistas es la derecha liberal porque es cada vez más difícil hacer compatibles programas sociales que son considerados imprescindibles con la necesidad de continuar aumentando la productividad del conjunto. Por motivos demográficos, en Europa gobiernos de distinto tipo se sienten obligados a desmantelar poco a poco el Estado benefactor al dejar de ser viables los construidos medio siglo antes. Aunque en América Latina los cambios demográficos causados por el desplome de la tasa de natalidad y una mayor expectativa de vida han sido menos dramáticos que en Europa, ya están haciéndose sentir. Asimismo, aquí también el impacto económico del progreso tecnológico está contribuyendo a ampliar la brecha entre la minoría que está en condiciones de aprovechar las nuevas oportunidades y la mayoría que carece de la preparación necesaria. Por lo demás, aunque en el corto plazo el resurgimiento de China luego de siglos de modorra ayudó a la izquierda populista latinoamericana al suministrarle una cantidad fenomenal de dinero, ya ha comenzado a perjudicarla porque la economía internacional se ha hecho mucho más competitiva. No sólo en Europa y América del Norte sino también en América Latina, la mayoría propende a creer que “la derecha” es más eficaz que “la izquierda” cuando de administrar la economía se trata. En vez de intentar mostrar que tal impresión no corresponde a la verdad, casi todos los gobiernos de retórica izquierdista han reaccionado minimizando la importancia de lo económico o, lo que es peor aun, actuando como si los datos concretos, en especial los vinculados con la realidad financiera, carecieran de significado, entregándose así al “infantilismo” y “voluntarismo” que acaba de denunciar Mujica.

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