La mediocridad al poder

Para que un funcionario llamativamente incapaz del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner conserve su cargo aun cuando cometa una torpeza tras otra, como han hecho muchos últimamente, le será suficiente convertirse en blanco preferido de las críticas de la oposición o de los medios de prensa no oficialistas. Como es notorio, la señora es muy pero muy reacia a brindar la impresión de estar dispuesta a prestar atención a lo que dicen sus adversarios acerca del desempeño de subordinados que ella misma seleccionó sin consultar con nadie, con la eventual excepción de su hijo Máximo. Fue por tal motivo que dejó que Guillermo Moreno manejara la economía durante buena parte de “la década ganada”, pasando por alto las advertencias de quienes le aconsejaban echarlo cuanto antes. Asimismo, no cabe duda de que se resistirá a prescindir de los servicios del ministro de Planificación, Julio De Vido, aun cuando entienda que ha sido el responsable principal de una crisis energética gigantesca que está privando al país de una proporción cada vez mayor de sus ya magros recursos financieros, o los del ministro de Economía, Axel Kicillof, quien también ha hecho un aporte muy grande al desaguisado. Para el gobierno kirchnerista, es decir, para la presidenta, la lealtad importa mucho más que detalles como la capacidad profesional. Siempre y cuando sea obsecuente un funcionario que logra destacarse por sus deficiencias, continuará en su cargo por mucho tiempo. En cambio, la idoneidad sí suele ocasionar sospechas porque a su juicio podría significar que un funcionario esté más interesado en cumplir sus tareas con eficacia que en actuar con la docilidad debida. El resultado de esta forma perversa de entender la política está a la vista. Con Cristina en el puesto de mando, el gobierno es ineficiente, ya que sus miembros se limitan a tratar de obedecerle, tomando en serio todos sus caprichos, pero cuando la presidenta se ausenta se paraliza por completo. Al surgir en el mes final del año pasado una serie de problemas difíciles, se hizo evidente muy pronto que el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich; De Vido y Kicillof no sabían lo que les convendría hacer para atenuarlos. El desconcierto que sentían puede entenderse; cualquier iniciativa que emprendieran sin pedir permiso podría costarles una severa amonestación presidencial. El más perjudicado por la realidad así supuesta ha sido Capitanich; obligado a elegir entre conformar a Cristina por un lado y desempeñarse como un jefe de Gabinete de verdad por el otro, el gobernador chaqueño terminó privilegiando su relación con la presidenta, de tal modo desprestigiándose hasta tal punto que, en opinión de muchos, ya se ha borrado de la lista de presidenciables. El país está pagando un precio muy alto por el desprecio que sienten por las instituciones tantos políticos, en especial aquellos que subordinan todo, incluyendo la dignidad, a su hipotética lealtad hacia una persona determinada. Puede que haya algunos caudillos que no temen verse acompañados de hombres y mujeres capaces, pero Cristina nunca ha querido correr el riesgo de incluir entre sus subalternos a quienes podrían hacerle sombra. Antes bien, siempre ha preferido rodearse de mediocridades que le deben todo, de ahí la presencia en su gobierno de Moreno hasta que por fin decidiera despedirlo, De Vido, Amado Boudou y muchos otros de idoneidad igualmente cuestionable. Así, pues, a casi dos años de la fecha prevista para la conclusión del mandato de Cristina, la Argentina se ha precipitado en una crisis autoinfligida alarmante con un gobierno que parece no estar en condiciones de enfrentarla. De contar el país con instituciones menos precarias que las existentes, la presidenta se sentiría constreñida a reemplazar el “equipo” que ha formado por otro muy distinto, convocando a personas más capacitadas, y con mayor autoridad, que De Vido, Kicillof y compañía pero, puesto que tomaría un recambio radical por una derrota contundente, sorprendería mucho que se animara a intentarlo. Por lo demás, a esta altura no le sería del todo fácil a Cristina convencer a quienes poseen las dotes profesionales y la experiencia necesarias para impedir que la crisis siga cobrando más fuerza a formar parte de un gobierno encabezado por una persona desacostumbrada a tolerar cualquier manifestación de disenso.


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