La pasión turca

En la película “La pasión turca”, estrenada en 1994, protagonizada por Ana Belén, se narra la historia de una mujer española en Estambul, a quien un guía turco prostituye, somete sexualmente y golpea. La trama no deja lugar a dudas: la mujer abandona al marido español que la trata bien y se enamora perdidamente del turco que la maltrata. La historia podría parecer una perfecta metáfora del comportamiento del PSOE y el actual Podemos respecto de España y el fundamentalismo islámico: cuanto más duro les peguen los fundamentalistas, más intentará la izquierda española complacerlos. De más está decir que si la película invirtiera los términos y el golpeador fuera español y la mujer turca, la mayoría de los críticos progresistas la entenderían como una apología de la violencia de género.

Pero lo cierto es que ni en su momento ni ahora “La pasión turca” levantó las aguas de la polémica por parte de las agrupaciones que habitualmente defienden la igualdad de género o los derechos de la mujer. Por el contrario, el cine continúa aportando variantes de este mismo desorden ético. En el 2008, John Malkovich protagonizó la película “Desgracia”, basada en la novela del premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee. En este caso, en la Sudáfrica posaparheid, un grupo de jóvenes negros viola a la joven blanca hija del profesor interpretado por Malkovich. El profesor, por supuesto, quiere que la Policía capture a los violadores. Pero la hija, con argumentos que el filme no de termina de dejar claros, prefiere no sólo dejarlos libres sino que los recibe en su casa. Uno de ellos la ha embarazado: la joven sudafricana blanca decide convivir con el violador y criar conscientemente al hijo producto de dicha violación. Esta sinopsis podría parecer tendenciosa, incluso inverosímil, pero el lector no tendrá más remedio que ver la película si no confía lo suficiente en mi reseña. Lo lamento, porque amén de bizarra y éticamente repugnante, es aburrida.

Pero no terminan acá las justificaciones de las violaciones y los golpes contra las mujeres. En “Sin Escape”, del 2015, el personaje interpretado por Owen Wilson arriba a una símil Camboya acompañado por su familia; a poco de su llegada se desata una revolución –semejante a Pol Pot– en la que un remedo de los jemeres rojos asesina a cualquier extranjero que se le cruce. Un grupo de estos terroristas también intenta violar a la esposa del protagonista. Un agente de la CIA que los ayuda a escapar, interpretado por Pierce Brosnan, le explica a Wilson: “¿Qué quieres? Lo hacen para defender a sus hijos. Nosotros les robamos su agua”. Se refiere a que una empresa norteamericana es la concesionaria del manejo del agua en la capital. Esto es: la violación de la esposa, el asesinato a mansalva de cualquier extranjero, es en realidad el modo de los nativos de proteger a sus hijos. ¿Los derechos humanos, la violencia de género, las leyes, la igualdad entre las personas? Nada. Si es por matar blancos, violar mujeres blancas o golpear españolas, mientras los perpetradores no sean blancos, todo está permitido.

Podríamos amortiguar la alarma diciéndonos que son sólo happenings de cineastas, que no van en serio, que son apenas excrecencias de la ficción. Pero mucho más recientemente, el 8 de abril de este año, “El Independiente” de Londres publicó el siguiente artículo: “A Norwegian man who was raped by a migrant has said he felt ‘guilt’ after his attacker was deported. Karsten Nordal Hauken, who describes himself as feminist and anti-racist, was sexually attacked five years ago. He said that although the incident caused a spiral of depression and substance abuse, he felt bad about the fact the man had been deported to Somalia when he had already served his prison sentence”. A diferencia de los plots de las películas, en los que el lector debe confiar en mi resumen, copio el artículo en inglés para que no resten dudas: un noruego violado por un somalí se opone a que deporten a su violador, argumentando que ya cumplió su sentencia. No es el primer caso: en Colonia, Alemania, una violación masiva de mujeres por parte de un grupo de fundamentalistas islámicos no ameritó mayor escándalo. Tal parece que existe una verdadera epidemia de convalidación del castigo contra las mujeres y las violaciones, siempre y cuando, reitero, los perpetradores pertenezcan a “otras culturas”. Pues bien, yo aún me ubico en el bando de quienes consideran que todos los seres humanos pertenecemos a una misma especie, que los violadores y golpeadores son todos delincuentes sin atenuantes, indistintamente del país, grupo étnico o cultura a las que pertenezcan, y que hay que castigarlos con toda la severidad de la ley, sin ningún tipo de contemplación.

Me temo que cada vez somos menos quienes pensamos así.

mirando al sur

Marcelo Birmajer


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