La pista: trabajar y viajar

Recorremos el alma del edificio de la Fundación Iberé Camargo guiados por el gran Álvaro Siza. Sus consejos para los arquitectos.

Por Redacción

Desde su estudio en Portugal, el reconocido arquitecto Álvaro Siza concede una entrevista imperdible al arquitecto cordobés Omar París sobre el edificio que creó para la Fundación Iberé Camargo en Porto Alegre, Brasil. –¿Qué es lo primero que se le ocurrió cuando apareció el encargo? –Primero la normal duda de hacer un proyecto donde no conocía a los clientes. Después me insistieron mucho, escribieron, mandaron fotos y videos del lugar, entonces vi que era gente empeñada y seria. Era un lugar bellísimo y dificilísimo, eso lo hacía más interesante aún. Es difícil porque es estrecho. La dificultad del lugar es que era una cantera. Es más estrecho en una punta y luego están la ruta y el río. Metí del otro lado la parte del museo que exige más dimensión y a medida que se va haciendo más estrecho metí otros cuerpos que van acompañando. Quería dejar espacio con vegetación. En la evolución quedó muy ortogonal de un lado. Y del otro es como que la forma transporta la curva. Tenemos aquí unas salas, los accesos y un gran espacio en altura. Uno de los temas más difíciles era el estacionamiento. Era necesario hacer carga y descarga con camiones grandes sin obstruir. Y sólo podía tener en condiciones buenas un piso subterráneo, por el nivel del agua, pero necesitaba poner los archivos ahí. Tenía que poner un pequeño auditorio y un gran ascensor. Al principio pensé poner el estacionamiento con una entrada por arriba, pero no era posible porque era una zona residencial y los vecinos no lo aceptaban. Entonces lo único que vi era ponerlos debajo de la carretera que no es algo usual y como era gente con influencia en la ciudad negociaron con el municipio. La ruta es de sentido único pero con mucho tráfico. Entonces tuvimos que hacer la mitad del estacionamiento, para no interrumpir totalmente la carretera. Cerramos e hicimos la otra mitad. –Un tema polémico sobre el edificio: ¿Por qué se cerró al río? –Hay ventanas pequeñitas desde donde se ve toda la ciudad. El museo necesita de una cierta interiorización, porque necesita de muros para la exposición, un ambiente propio y de una luz controlada, como una oficina. Y porque si estás obligado a ver un paisaje bellísimo como ese al final ya no puedes con ese paisaje. La belleza también tiene su intimidad. A los dos meses odias el paisaje porque es como una imposición. Allí, cuando te mueves dentro del museo hay unos encuadres desde donde se ve toda la ciudad, todo el delta desde unas ventanas aparentemente pequeñas o en el atrio abajo. Entonces queda el espacio para la muestra de Iberê Camargo, y también instalaciones de otros artistas. –¿Cuáles serían las constantes de su obra que se reflejan en el Iberê Camargo? –El tema de la luz, el control de la luz, es muy próximo al museo de Santiago y al de Porto. Porque son dos sistemas, que hice por primera vez en Santiago. Es una pieza que tiene vidrio donde la luz entra y baña todo el muro y va ahí también el aire acondicionado que resulta invisible, sin rejillas. Y la luz artificial viene de allí y se tiene control. El otro proceso es un doble techo accesible, que es muy tradicional en vidrio, y luz natural controlable y luz artificial. La otra cosa es que las salas para mí deben ser regulares y geométricas. Pueden tener distintas dimensiones, pero siempre son salas. No me gustan estos museos de espacios abiertos donde es difícil montar las exposiciones. Hay que encontrar formas que no invadan el espacio. –¿Cómo trabajan aquí en su despacho? –Somos 23. Normalmente hay uno que está coordinado el proyecto con un equipo. Doy las instrucciones preliminares y hay un colaborador que hace modelos del terreno y estudia en detalle el programa para ver los condicionamientos y yo voy trabajando más libre. El coordinador trabaja también conjuntamente con los ingenieros, que en mi caso están aquí en el mismo edificio. Por lo tanto los ingenieros participan en las discusiones sobre el proyecto. Si la obra está lejos ahí la computadora ayuda y luego una asistencia de obra muy fuerte. –En la fundación llama mucho la atención la manera como están resueltos los encuentros de las barandas en forma de cruz. –Es muy importante. Aunque la calidad de la obra no es solo eso, pero pierde mucho sin el cuidado de los detalles. Si no hay rigor en la búsqueda de continuidad de los materiales, en sus uniones no se consigue. La calidad se está perdiendo mucho por varias razones. Una es porque cada vez más se está retirando al arquitecto el control de la obra. Ahora meten a esos equipos de obra contratados por el dueño que normalmente son completamente ajenos al tema de la calidad y es mucho más difícil porque hay interferencias. Si el dueño de la obra no está verdaderamente interesado en tener calidad será muy difícil encontrarla. –De los arquitectos de Latinoamérica ¿hay alguno que le guste? –¡Muchos! Salmona me gustaba mucho. Clorindo Testa, Niemeyer, Reidy… hay muy buenos. Los arquitectos de Latinoamérica no son muy publicados, no es fácil conocerlos. Sudamérica en general está mal publicada. La mayoría de las revistas famosas europeas tienen una debilidad en esto. L’architecture d’aujourd’hui en la década del 50 publicó mucho y después dejó de hacerlo. Deberían dedicarse más a Sudamérica porque hay cosas fantásticas y porque de este intercambio surgen cosas maravillosas para los dos continentes. ¡Cuánto ganó Le Corbusier con su presencia en Sudamérica! Hay una verdadera revolución en su obra. Se puede ver el entusiasmo en sus obras después de su visita a Sudamérica. Pero también cuán importante ha sido la presencia de Le Corbusier en Latinoamérica. Este encuentro es fundamental. –¿Se ha llevado algo de su encuentro con Sudamérica? –En la fundación se ve claramente que se ha hecho con este entusiasmo producto del encuentro con la extensión del territorio. Portugal es pequeño y eso para mí tuvo un impacto enorme. Y en Argentina también. La cuadrícula, que conocía en los libros, fue una experiencia nueva. Trabajar ahí es otra cosa. Hay que resolver un problema de escala muy importante. –¿Tiene algo para decirle a los recién iniciados en la arquitectura…? ¿una pista? –La única pista es trabajar y viajar. Aprender a ver. El viajar es el mejor aprendizaje que se puede hacer. Viajar, viajar y ver. Es para todos un estímulo enorme. Es como cargar las baterías. Y después trabajar… Hay que luchar por el reconocimiento del papel del arquitecto dentro del equipo. Hoy todo es trabajo de equipo. La tendencia es que hay especialistas en ingeniería, especialistas en no sé qué cosa y el arquitecto es tratado como un especialista en arquitectura. Es una cosa loca porque la especialidad del arquitecto es no ser especialista. Está en coordinar. La crisis de la arquitectura está en un mundo que tiende a considerar que todo está fraccionado. Fuente: 30-60 Cuaderno Latinoamericano de Arquitectura. www.30-60.com.ar

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