La sombra del fraude

Redacción

Por Redacción

El país parece haberse resignado a que haya una brecha insalvable entre las estadísticas económicas y sociales difundidas por el gobierno nacional, por un lado, y las confeccionadas por consultoras privadas que suelen merecer la aprobación de sus adversarios por el otro, razón por la que la diferencia entre la tasa de inflación oficial y la presuntamente real ya no motiva indignación, pero cuando de los resultados electorales se trata la mayoría suele ser menos indulgente. Puede que, como dice el gobernador santafesino Antonio Bonfatti, el extravío de aproximadamente 250.000 boletas por los encargados del escrutinio de las primarias en su provincia se haya debido a nada más que la impericia de los presidentes de mesa y sus colaboradores, pero en una sociedad en que la clase política en su conjunto se ha desprestigiado, el escándalo así provocado ha sido mayúsculo. Se espera que sea definitivo el recuento, con métodos un tanto más artesanales que los empleados en el inicial, pero según se informa, podría tomar un par de semanas, de suerte que es probable que no sepamos el resultado final hasta bien entrado mayo. Aun cuando no existan motivos para desconfiar de los números que serán calificados de definitivos, nadie olvidará que los anteriores resultaron ser apócrifos. Mal que les pese a los dirigentes santafesinos, su provincia ya había adquirido una reputación poco recomendable en materia de elecciones, ya que a mediados de los años noventa los políticos protagonizaron un embrollo aún más esperpéntico que el atribuido a la ineptitud de los encargados de contar los votos emitidos. El socialista Bonfatti trata de defenderse subrayando, como es habitual entre los izquierdistas y también los radicales, su propio compromiso con la ética, al decir que “la transparencia y honestidad de este gobierno no está en duda” y afirmando no conocer “ningún país del mundo donde el oficialismo haga trampa para perjudicarse a sí mismo”, dando a entender así que una vez contados todos los votos el oficialismo local podría superar al candidato de Pro, el humorista Miguel del Sel, que conforme a los cómputos iniciales fue el ganador de las PASO que se celebraron el domingo pasado. Sin embargo, el Midachi se afirma convencido de que las irregularidades o errores achacados a los presidentes de mesa lo privaron de muchos votos y ha podido señalar que, en algunos lugares en que la lista que encabezaba hizo una elección aceptable, él no obtuvo un solo voto, razón por la que cree que su margen de victoria fue mayor de lo que habrán querido hacer pensar los responsables del primer escrutinio. También dicen sentirse perjudicados los candidatos del Frente para la Victoria kirchnerista que, en esta oportunidad, se aliaron con sus rivales macristas para denunciar lo ocurrido. Sea como fuere, extrañaría que este episodio nada edificante dejara indiferente al electorado santafesino. Si bien Bonfatti asegura que los eventuales cambios producidos por el recuento no incidirán en “la tendencia de los comicios a gobernador” que deberían celebrarse el 14 de junio, sería lógico que los socialistas y sus aliados pagaran los costos políticos correspondientes. Aunque tanto en nuestro país como en otros de tradiciones políticas parecidas es rutinario que quienes pierden elecciones se afirmen víctimas de fraude, se supone que, a partir de la restauración de la democracia en 1983, los resultados oficiales siempre han reflejado con cierta precisión la voluntad popular. Cuando los ganadores triunfan por un margen muy abultado, como sucedió en las elecciones presidenciales más recientes, la posibilidad de que las autoridades se las ingenien para agregar más votos a su propio caudal a costa de la oposición importará poco, pero si, como muchos prevén, en las elecciones venideras no hay mucha diferencia entre los sufragios conseguidos por los candidatos principales, cualquier sospecha de fraude podría tener consecuencias muy graves. He aquí una razón por la que lo que ha sucedido en Santa Fe debería motivar mucha preocupación. Por cierto, el temor a que los resultados electorales sean manipulados por personas inescrupulosas no ayudaría a hacer menos venenoso el clima político que, al acercarse el país a una transición que será difícil para todos, ya se ha hecho peligrosamente tenso.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 27 de abril de 2015


El país parece haberse resignado a que haya una brecha insalvable entre las estadísticas económicas y sociales difundidas por el gobierno nacional, por un lado, y las confeccionadas por consultoras privadas que suelen merecer la aprobación de sus adversarios por el otro, razón por la que la diferencia entre la tasa de inflación oficial y la presuntamente real ya no motiva indignación, pero cuando de los resultados electorales se trata la mayoría suele ser menos indulgente. Puede que, como dice el gobernador santafesino Antonio Bonfatti, el extravío de aproximadamente 250.000 boletas por los encargados del escrutinio de las primarias en su provincia se haya debido a nada más que la impericia de los presidentes de mesa y sus colaboradores, pero en una sociedad en que la clase política en su conjunto se ha desprestigiado, el escándalo así provocado ha sido mayúsculo. Se espera que sea definitivo el recuento, con métodos un tanto más artesanales que los empleados en el inicial, pero según se informa, podría tomar un par de semanas, de suerte que es probable que no sepamos el resultado final hasta bien entrado mayo. Aun cuando no existan motivos para desconfiar de los números que serán calificados de definitivos, nadie olvidará que los anteriores resultaron ser apócrifos. Mal que les pese a los dirigentes santafesinos, su provincia ya había adquirido una reputación poco recomendable en materia de elecciones, ya que a mediados de los años noventa los políticos protagonizaron un embrollo aún más esperpéntico que el atribuido a la ineptitud de los encargados de contar los votos emitidos. El socialista Bonfatti trata de defenderse subrayando, como es habitual entre los izquierdistas y también los radicales, su propio compromiso con la ética, al decir que “la transparencia y honestidad de este gobierno no está en duda” y afirmando no conocer “ningún país del mundo donde el oficialismo haga trampa para perjudicarse a sí mismo”, dando a entender así que una vez contados todos los votos el oficialismo local podría superar al candidato de Pro, el humorista Miguel del Sel, que conforme a los cómputos iniciales fue el ganador de las PASO que se celebraron el domingo pasado. Sin embargo, el Midachi se afirma convencido de que las irregularidades o errores achacados a los presidentes de mesa lo privaron de muchos votos y ha podido señalar que, en algunos lugares en que la lista que encabezaba hizo una elección aceptable, él no obtuvo un solo voto, razón por la que cree que su margen de victoria fue mayor de lo que habrán querido hacer pensar los responsables del primer escrutinio. También dicen sentirse perjudicados los candidatos del Frente para la Victoria kirchnerista que, en esta oportunidad, se aliaron con sus rivales macristas para denunciar lo ocurrido. Sea como fuere, extrañaría que este episodio nada edificante dejara indiferente al electorado santafesino. Si bien Bonfatti asegura que los eventuales cambios producidos por el recuento no incidirán en “la tendencia de los comicios a gobernador” que deberían celebrarse el 14 de junio, sería lógico que los socialistas y sus aliados pagaran los costos políticos correspondientes. Aunque tanto en nuestro país como en otros de tradiciones políticas parecidas es rutinario que quienes pierden elecciones se afirmen víctimas de fraude, se supone que, a partir de la restauración de la democracia en 1983, los resultados oficiales siempre han reflejado con cierta precisión la voluntad popular. Cuando los ganadores triunfan por un margen muy abultado, como sucedió en las elecciones presidenciales más recientes, la posibilidad de que las autoridades se las ingenien para agregar más votos a su propio caudal a costa de la oposición importará poco, pero si, como muchos prevén, en las elecciones venideras no hay mucha diferencia entre los sufragios conseguidos por los candidatos principales, cualquier sospecha de fraude podría tener consecuencias muy graves. He aquí una razón por la que lo que ha sucedido en Santa Fe debería motivar mucha preocupación. Por cierto, el temor a que los resultados electorales sean manipulados por personas inescrupulosas no ayudaría a hacer menos venenoso el clima político que, al acercarse el país a una transición que será difícil para todos, ya se ha hecho peligrosamente tenso.

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