La tentación abstencionista

Desde que la Argentina entró en «crisis» al perder contacto las expectativas más modestas con lo mínimamente posible, erigirse en opositor a casi todo cuanto caracteriza al país real ha sido mucho más fácil que intentar gobernar, razón por la cual los políticos más populares de las décadas últimas han debido su eminencia a su talento para denunciar las muchas deficiencias del país y convencer a sus compatriotas de su capacidad para producir un «cambio» tan profundo que en adelante sería totalmente distinto. Antes de llegar al poder, tanto Eduardo Duhalde como Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa parecieron encarnar dicha esperanza, pero en todos los casos los «cambios» que lograron concretar fueron muy distintos de los propuestos. Asimismo, pocos pueden dudar que, de haberlos superado los rivales que dejaron en el camino, los resultados hubieran sido igualmente decepcionantes. Puede entenderse, pues, la inquietud que sienten personajes como los diputados Elisa Carrió y Luis Zamora frente a la decisión de Duhalde de adelantar la convocatoria a elecciones. Ambos se han visto beneficiados por el clima de protesta que, por razones contundentes, se ha instalado en todo el territorio del país, pero si bien dicen que quisieran aprovecharlo cuanto antes, no pueden sino sospechar que al votar la ciudadanía preferiría a candidatos más experimentados y que aunque para sorpresa de muchos consiguieran triunfar no les sería dado llevar a cabo los «cambios» realmente espectaculares que a su modo parecen representar.

He aquí la razón básica por la que ambos están amenazando con boicotear los comicios anunciados por Duhalde a menos que se pongan en juego todos los cargos electivos. Como saben muy bien, el grueso de los políticos se opone firmemente a tal posibilidad por miedo a verse expulsados de los puestos que algunos esperan les serán virtualmente vitalicios. Además, para que fuera factible una renovación total de los cargos, sería forzoso llevar a cabo una serie prolongada de trámites legislativos y constitucionales. Por lo tanto, es escaso el riesgo de que la clase política acepte el reto que le han planteado Carrió y Zamora, lo cual debería serles motivo de alivio: si bien en la actualidad están favorecidos por las encuestas de opinión, no hay ninguna garantía de que continúen encabezándolas mucho tiempo más. A pesar de que el electorado nunca se haya destacado por su voluntad de exigirles a los candidatos presidenciales mucho más que una imagen presuntamente simpática, es posible que en esta ocasión muestre cierta curiosidad por los programas de gobierno de los aspirantes a liderar el país en la etapa más difícil de su historia desde las luchas que siguieron a la guerra de la Independencia. Es fundamental que el presidente próximo tenga ideas muy claras sobre lo que le será necesario hacer y que cuente con el respaldo de equipos capaces de administrar el país con eficiencia. De lo contrario, se trataría del triunfo de un improvisado acaso bienintencionado, lo cual constituiría una calamidad más que no podría sino inaugurar un período marcado por la confusión más absoluta.

El gobierno teme que de enarbolar Carrió y Zamora la bandera de la abstención, la convocatoria electoral pierda legitimidad y con ella lo que queda de su propia autoridad. En tal caso, la crisis política ya existente se agravaría mucho más, pero aunque bajo la presión así supuesta los legisladores y otros ocupantes de cargos electivos optaran por tirar la toalla, esto no necesariamente quisiera decir que sus eventuales reemplazantes se encontrarían en una situación mejor. Antes bien, por ser los productos de elecciones resistidas por la clase política tradicional, a ésta le resultaría fácil aprovechar su previsible incapacidad para impulsar el «cambio» tan deseado para estigmatizarlos como usurpadores, reclamando nuevas elecciones a fin de remediar los errores cometidos en las anteriores. Si el sistema de gobierno fuera netamente parlamentario, el país podría darse el lujo de celebrar elecciones toda vez que la gente se pronunciara insatisfecha con el desempeño de sus representantes, pero en el contexto del presidencialismo vigente, tal opción sólo puede atraer a los coyunturalmente populares, de ahí la actitud maximalista de Carrió y Zamora.


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