Cómo contar la dictadura a las nuevas generaciones
La historiadora Marina Franco, especialista en el tema y autora de “La última dictadura” junto al ilustrador Pablo Lobato y publicado por Pequeño editor propone nuevas estrategias para hablar del pasado más oscuro del país, frente a un panorama en el que hay desinterés, grietas, negacionismo y cuestionamientos.
A cincuenta años del golpe militar del 24 de marzo de 1976, la pregunta por cómo transmitir lo que ocurrió durante la dictadura más violenta y oscura del país a las nuevas generaciones, sigue siendo crucial. No sólo por la magnitud, sino por la dificultad: en el ecosistema en el que vivimos, la información circula fragmentada, veloz y muchas veces distorsionada o descontextualizada. Hay algo más: con 43 años de democracia, no sólo los niños sino también sus padres y madres han nacido en democracia. Y todavía, algo más: ya pasó medio siglo desde el golpe del 76 y aún hay grietas, negaciones, desacuerdos, incluso algo parecido al olvido.
En ese escenario, “La última dictadura”, el nuevo libro de Marina Franco –una de las más destacadas investigadoras en el tema, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires y por la Université Paris 7 Denis Diderot-, con ilustraciones de Pablo Lobato, publicado por Pequeño editor, y destinado a lectores desde los diez años, aparece como una herramienta que busca contar, explicar, abrir espacios para las preguntas.

Con un despliegue a doble página, cada una de ellas aborda un tema central: el proyecto económico, la represión y la censura, la Guerra de Malvinas del 82, el Mundial de 1978, la llamada “teoría de los dos demonios”, el rol de los organismos de derechos humanos y el retorno a la democracia, entre otros. La estructura permite una lectura lineal, como relato histórico, o bien un abordaje temático por capítulos. Y el tema, que está pensado para ser leído un público a partir de los 10 años, incluye hasta a los adultos que pueden participar en el ida y vuelta que se genera con los chicos.
Marina Franco, autora, entre otros, de «Un enemigo para la nación», un libro que trabaja los años previos al golpe, y «ESMA», un análisis riguroso de las distintas prácticas que se llevaron dentro y fuera del centro clandestino de detención, tortura, y exterminio, parte de una convicción: la historia puede sostenerse por sí misma si se la cuenta con precisión, puede superar grietas, sin alimentarlas.
-¿Qué decisiones conceptuales y narrativas tomaste para explicar el terrorismo de Estado a los más chicos?
-Las decisiones que tomé están basadas básicamente en el valor del relato histórico. En este contexto de relativización del valor del conocimiento, de relativización de las dimensiones vinculadas al terrorismo de Estado y a la dictadura. La decisión que tomé es sencilla y compleja: contar la historia. Y eso supone no empezar por consignas, no empezar por conceptos, sino dejar que la propia narración de los hechos históricos, de la verdad histórica, de lo que fue el proceso previo a la dictadura y la propia dictadura, produzcan los sentidos necesarios. En vez de decir no fueron dos demonios, decidí contar la violencia o mencionar la violencia de las organizaciones armadas y después contar la violencia del terrorismo de Estado y todas las dimensiones de lo que fue la represión. Entonces, por sí solo se va produciendo el efecto de que no hay posibilidad de comparar ambas violencias. Y esto como un ejemplo de las tantas decisiones que tomé en relación con dejar que la historia cuente por sí sola en vez de proponer consignas de antemano.
–Me interesa también cómo captar la atención, no sólo en medio de esta invasión audiovisual, sino, y sobre todo, en medio de tanta fake news, o sesgo o descreimiento.
-Me parece que en este contexto eso es una estrategia y una decisión que puede ser más útil en un momento donde todo está puesto en cuestión y donde las juventudes están bastante descreídas de las consignas y de lo que ellos consideran que son bajadas de línea. En ese sentido, en el libro, los conceptos o las ideas globales sobre el periodo van llegando después de la narración histórica. Es decir, primero se cuenta qué fue la represión, por qué la represión, quiénes eran los desaparecidos, cuánto sabemos o no sabemos sobre cuántos eran los desaparecidos, qué eran los centros clandestinos, qué fueron los vuelos de la muerte, etc. Y después llega la pregunta de si esto fue o no fue una guerra o qué fue el terrorismo de Estado. Es decir, primero dejar que la narración de los hechos construya sentidos y construya preguntas y problemas en la cabeza del lector. Y después llega la afirmación conceptual o la idea que redondea: esto fue terrorismo de Estado.

-En el libro aparece con fuerza la idea de Memoria, Verdad y Justicia como proceso colectivo. ¿Qué te interesaba destacar para una generación que nació en democracia y que recibe esta historia como herencia?
-Uno de los desafíos del libro y tal vez la razón por la que me planteé el libro es que para la gente más joven 50 años es muchísimo tiempo, tan lejos como la crisis del 2001 y no necesariamente encuentran un sentido preciso a que esta historia siga contándose. Nosotros, los más grandes o los más sensibles a estos temas, sabemos que es una historia abierta -acaban de aparecer 12 cuerpos que están siendo identificados-, pero eso no es necesariamente obvio para las generaciones más jóvenes y para las que por razones diversas no tienen cercanía o sensibilidad particular con el tema. Entonces me pareció que había que contar esta historia desde algún lugar que mostrara la importancia de la dictadura en el presente y ahí el punto de acceso que yo elegí es la pregunta básica de por qué esta historia sigue hablando de nosotros. La respuesta para mí es una respuesta de historiadora y es que la sociedad en la que vivimos, el país en el que vivimos es el país que supimos construir después de la dictadura. Si tenemos 40 años de democracia con todos sus límites, con todas sus dificultades es gracias a los efectos de la dictadura, a los buenos y a los malos, por supuesto. En ese sentido, el país con reglas de funcionamiento y con una economía neoliberal, el país desigual, el país concentrado, es un país que fue el que la dictadura quiso construir, pero también es el país con una cultura de los derechos humanos, el país con 40 años de democracia y con un aprendizaje del valor de la democracia y el rechazo de la violencia política. Es el país que pudimos construir en reacción a la dictadura y a la represión.
Nos encontramos ante universos muy heterogéneos y un panorama bastante complejo de la relación de las generaciones más jóvenes -incluyo también a los que tienen 20, 30 y 40- sobre el pasado y sobre lo que se hizo en el pasado sobre la memoria y la historia de la dictadura. Este universo complejo va desde quienes son sensibles al tema y les importa y entienden el peso que tiene esto y cuán abierta es esta historia, a quienes están saturados del tema, y que, sin ningún rechazo político-ideológico, sienten que se habló demasiado y que hay que pasar a otra cosa. También están quienes no saben demasiado y pueden tener alguna curiosidad por entender mejor, o tienen piezas sueltas, por ejemplo, Guerra de Malvinas, Desaparecidos, Madres de Plaza de Mayo, pero no necesariamente esto hace una mirada de conjunto de lo que fue la dictadura. Y creo que a veces eso es un efecto de la mucha política de memoria que se hizo, que no necesariamente ayuda a construir todas las partes de lo que fue la dictadura. Y, desde luego, después están quienes claramente en una posición política-ideológica mucho más nítida sostienen discursos de justificación del terrorismo de Estado, de la dictadura o de lo que solemos llamar negacionismo y memoria completa. Frente a esta heterogeneidad, a mí me pareció que había que volver a contar esta historia justamente construyendo un relato de conjunto, una suerte de rompecabezas donde todas las piezas de lo que fue la dictadura pudieran articular y construir un sentido entre sí.

-Esto exige otras estragegias, ¿no?
-Creo que estamos en otro momento histórico, en otro momento memorial vinculado a la dictadura del terrorismo estado, y este momento nos exige nuevas estrategias sí, porque nos muestra que los consensos que creíamos sólidamente construidos y adquiridos, no son tales o no son tan fuertes. Tampoco creo que todo ha pasado a ser discurso negacionista o justificador, en absoluto. Creo que mucho de lo que se construyó está, que hay un piso básico de rechazo a la dictadura, a la violencia represiva, a la violencia masiva del estado, que está y que sigue estando, aunque sea muy mínimo, como piso. Pero creo que después de eso hay una serie de estrategias que hay que modificar en relación con el pasado, porque hay que reconocer que buena parte de la construcción de las políticas de memoria, de justicia y de verdad quedaron asociadas al periodo kirchnerista. Y se hizo muchísimo en esos años, pero que a su vez quedaron tan asociadas a ese gobierno y a ese momento histórico, que para muchos sectores antiperonistas o antikirchneristas, políticas de memoria es lo mismo que antikirchnerismo y por lo tanto hay un rechazo masivo en bloque, no masivo, sino en bloque de ambas cosas.
Entonces, yo creo que hay que construir sobre nuevas estrategias. ¿Por qué? Porque hay un antiperonismo que rechaza todas las políticas de memoria y la historia de la dictadura contada desde ese lugar, porque hay un rechazo o hay una puesta en cuestión de los conocimientos y de las certezas sobre el pasado y esto atañe a una puesta en cuestión en general del conocimiento.

El gesto negacionista en general es poner en cuestión todos los saberes adquiridos: ponen en cuestión las vacunas, la dictadura y el valor de conocimiento en general. Y porque además, desde luego hay discursos mucho más claramente ideologizados contra la denuncia y el conocimiento histórico de lo que fue el terrorismo de estado. Frente a este universo hay que construir nuevas estrategias y ahí es donde yo, humildemente porque son mis herramientas, sigo apostando al valor de la historia y de la explicación histórica que es lo que intenté hacer en este libro.
-¿Cuál es el lugar para los libros infantiles de la conversación pública?
-Trabajar en chiquitito, cuidadosamente, con mucho respeto por las infancias, por la necesidad de las infancias de preguntar, de entender y de saber sin eslóganes y sin consignas qué sucedió realmente.
Ahí, siento que tanto la ficción como la no ficción tienen su granito de arena para construir y que no hay una única estrategia sino que hay múltiples estrategias que podemos generar y construir desde la legítima pregunta de los chicos de cuántos fueron los desaparecidos o qué pasó o qué responsabilidades tienen los distintos grupos sociales. Hay que atender legítimamente a esas preguntas sin descartarlas con respuestas automáticas.
Marina Franco nació en Buenos Aires en 1972, es historiadora especializada en el estudio del terrorismo de Estado y la dictadura cívico-militar, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de San Martín. Este es su primer libro dirigido a jóvenes. Trabaja como investigadora del CONICET y como docente de la Universidad Nacional de San Martín. Recibió varios reconocimientos por sus investigaciones, entre otros el premio internacional Friedrich W. Bessel de la Fundación Humboldt, en Alemania.
Pablo Lobato, nació en 1970 en Trelew, provincia de Chubut. Es Licenciado en Comunicación Visual y estudió en La Plata. Trabajó en el campo del diseño editorial hasta 2003, cuando comenzó su carrera como ilustrador. Desde entonces, sus ilustraciones han sido publicadas en medios gráficos de todo el mundo, como The New Yorker, Rolling Stone, The New York Times, Time. También ilustró campañas de publicidad para Nike, Adidas, UEFA Europa League, y diseñó personajes para la película Wendell & Wild (2022)
A cincuenta años del golpe militar del 24 de marzo de 1976, la pregunta por cómo transmitir lo que ocurrió durante la dictadura más violenta y oscura del país a las nuevas generaciones, sigue siendo crucial. No sólo por la magnitud, sino por la dificultad: en el ecosistema en el que vivimos, la información circula fragmentada, veloz y muchas veces distorsionada o descontextualizada. Hay algo más: con 43 años de democracia, no sólo los niños sino también sus padres y madres han nacido en democracia. Y todavía, algo más: ya pasó medio siglo desde el golpe del 76 y aún hay grietas, negaciones, desacuerdos, incluso algo parecido al olvido.
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