Cuidado con lo que deseas: el monstruo, el pueblo y el precio de pedirle a «El enyagado»
En “El enyagado”, la novela póstuma de Héctor Jacinto Gómez publicada por la editorial neuquina Santa, el horror no está en la criatura del pantano sino en lo que un pueblo hace con sus deseos. Entre 1966 y 1978, la historia avanza como una herida abierta: familia, dictadura, secretos y un monstruo que quita más de lo que da.
Hay algo perturbador esperando en las páginas de “El enyagado”, el libro de Héctor Jacinto Gómez, el escritor, guionista y productor de tevé argentino que falleció el año pasado y que acaba de ser editado por la editorial neuquina Santa. Y no es sólo esa figura espeluznante del enyagado, un ser espectral y nauseabundo -manos que son puro hueso, llagas en la cara, moscas alrededor- que habita en los pantanos de Paredones, un pueblo que parece quedar cerca de Bahía Blanca. No es sólo ese ser demoníaco al que se le pueden pedir deseos inconfesables, pero que, todos lo saben, a cambio quita. Y, todos lo saben también, quita lo más querido.
No es el enyagado lo aterrador sino lo que los habitantes del pueblo hacen con él, con sus deseos, y sus propias miserias.
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El principal protagonista de esta novela de Gómez es Isidro. Pero junto a él, los integrantes de su familia y también sus allegados. En ese micromundo doméstico, aparece la abuela y matriarca, Dora Geraghty, viuda y “ricachona”, dueña de campos, locales, y de una casa que ha decidido prestarle a su hija Alicia, aunque odie al yerno, ese “negro facineroso y sindicalista”. Y después de Alicia y su marido, los hijos, Isidro y Amilcar, que tienen una relación incestuosa que crece en secreto.

Gómez no traza un mundo de buenos y malos, de víctimas inocentes. Plantada en los años que van de 1966 a 1978, la novela recorre momentos oscuros de la historia argentina. Y eso es también una presencia perturbadora: la dictadura puede ser peor que el monstruo enyagado.
La historia va y viene entre el pasado -1966- y el presente -1978-, pero el lector nunca pierde el hilo de los hechos, y comienza a atarlos sobre el final, cuando sólo queda vivir con el peso de la condena. De las condenas.
Hasta ese momento, la dictadura, los secretos del pueblo, los desencuentros matrimoniales y familiares, los odios y envidias, de los adultos, pero también de los más chicos, los asuntos de dinero, son apenas un fermento a punto de pudrirse.
La abuela Dora no tiene nada de entrañable. Le habla mal y cortante a su hija, y a su nieto mayor; no le habla a su yerno, y critica a todos mientras da clases de bordado en la casa que le prestó a su hija, pide chismes, los reparte. Hay algo, en ese personaje que recuerda a la abuela de “Confesión”, el libro de Martín Kohan en el que el horror, también, se hunde en lo cotidiano.
En esas tardes de bordado, Isidro escucha desde la pileta, por primera vez, que su abuela y las alumnas mencionan al Enyagado y hablan de sus poderes. Y entonces, algo se enciende en sus deseos: el primero de ellos, algo tan amoroso y cándido como pedir que a su hermano se le cure la tartamudez que sufre desde que empezó a hablar.
Pero nada es gratis para ese ser. Y entonces, todo se tuerce y se vuelve oscuro: la red de deseos de los habitantes de un pueblo puede anudar a muchos, o a casi todos. Y ahí es donde Gómez, nudo a nudo, ata un relato que perturba y no suelta.
El detrás de escena
Poco después de haber creado Santa Editorial, el escritor Marcelo Rubio le ofreció a Francisla Maros el manuscrito de “El enyagado”. “Ya conocía su obra y eso, sumado al hecho de que Héctor había fallecido el año pasado, despertó mi interés”, dice a Lecton.

La primera lectura fue decisiva. “La novela me pareció genial desde un primer momento, sobre todo porque es una obra que se atreve a mirar aquellos espacios de los que nos gustaría correr la mirada”. Para ella, el libro no busca escandalizar; busca decir lo que está ahí, en la sombra, sin estetizarlo ni volverlo consuelo.
También le interesó el modo en que la novela trabaja el período histórico. “Explora las sombras -las íntimas, las colectivas- sin estetizarlas ni volverlas consuelo. Además, se adentra en un período histórico que marcó a nuestro país profundamente y lo hace desde un lugar inexplorado, no como reconstrucción documental, sino como atmósfera, como herida que todavía respira bajo la superficie”. En su lectura, la dictadura no es un telón de fondo: es una presencia que contamina todo.
Maros insiste en la potencia de las voces. “El autor recrea voces con maestría y, desde ese lugar, explora escenas de un terror cotidiano, aquello con lo que convivimos y nos atraviesa. El deseo y el costo del deseo”. No habla de género ni de etiquetas. Habla de experiencia. “Si bien podríamos decir que se trata de una novela de terror, yo creo que se trata de una obra indefinible, no encaja en un género específico, es difícil de categorizar. Se mueve en los bordes, ahí donde la literatura se vuelve experiencia”.
La decisión de publicarlo fue, en sus palabras, simple. “Tuvo que ver con todos estos aspectos y con el hecho fundamental de que es un libro que cumple a rajatabla con lo que buscamos: habilitar la conversación”.
Quién fue Héctor Jacinto Gómez
Héctor Jacinto Gómez nació en Morón en 1966 y murió en Buenos Aires en 2025. Entre esos dos puntos se despliega la trayectoria de un escritor que llegó a la literatura después de una larga carrera en televisión, y que en pocos años construyó una obra breve pero reconocible. Creció entre Villa Tesei y Hurlingham, zonas que reaparecen en sus ficciones como espacios de memoria antes que como escenarios costumbristas.

Estudió cine en el CERC —hoy ENERC— con especialización en guion, y cursó Letras con orientación en lenguas clásicas. Esa doble formación, técnica y filológica, marcó su modo de narrar: escenas precisas, economía de recursos, una sintaxis que avanza con la lógica del montaje y una atención constante al ritmo interno de la frase.
Durante más de tres décadas trabajó como productor y guionista de televisión. Ese oficio le dio un oído entrenado para la oralidad y una intuición afinada para el tempo narrativo. No escribía desde la improvisación: llevaba años acumulando materiales, ideas y borradores antes de publicar su primera novela.

Ese debut llegó en 2020 con «La agitación», editada por Azul Francia, donde aborda el abuso infantil desde una perspectiva que evita el sensacionalismo y apuesta por una mirada contenida, casi clínica, sin perder la dimensión emocional. Dos años más tarde publicó «Risas de mujeres desnudas», en Obloshka, protagonizada por una joven trans y construida desde una sensibilidad que rehúye la explicación pedagógica y se concentra en la experiencia concreta de los personajes. En 2024 aparecieron «El hombre de la playa», un policial de atmósfera que trabaja la inquietud desde lo íntimo, y «Las encantadas del bosque», un libro de cuentos donde explora lo fantástico sin abandonar su registro realista. En todos estos títulos se percibe un mismo pulso: la mezcla de memoria barrial, tensión narrativa y una sensibilidad que se mueve con soltura entre el terror, la ciencia ficción y el realismo emocional.

Además de escritor, Gómez fue un difusor cultural activo. Condujo el programa El Quijote no se mancha en Canal de la Ciudad, donde entrevistaba a escritores y editores con un estilo que combinaba humor, curiosidad y rigor.
Hay algo perturbador esperando en las páginas de “El enyagado”, el libro de Héctor Jacinto Gómez, el escritor, guionista y productor de tevé argentino que falleció el año pasado y que acaba de ser editado por la editorial neuquina Santa. Y no es sólo esa figura espeluznante del enyagado, un ser espectral y nauseabundo -manos que son puro hueso, llagas en la cara, moscas alrededor- que habita en los pantanos de Paredones, un pueblo que parece quedar cerca de Bahía Blanca. No es sólo ese ser demoníaco al que se le pueden pedir deseos inconfesables, pero que, todos lo saben, a cambio quita. Y, todos lo saben también, quita lo más querido.
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