“El último lobo», de László Krasznahorkai: por qué esta novela corta del Nobel 2025 es una lectura imprescindible
La nouvelle del autor húngaro, ganador del Nobel de Literatura 2025, y publicada en la Argentina por Sigilo, condensa su poética radical: una única frase de 93 páginas, un escritor que viaja para narrar lo que ya no existe y una reflexión sobre la pérdida, y la extinción. Una puerta de entrada perfecta al universo de Krasznahorkai.
Primero, un pacto: para leer al Nobel 2025, el húngaro de apellido muy difícil de pronunciar, László Krasznahorkai, y traducido en la Argentina por Sigilo, hay que aceptar otra dimensión, la de la lectura como respiración. “El último lobo”, la novela corta publicada por primera vez en 2009 y llegada al país en 2024, no tiene puntos. Ni uno solo. Pero la extrañeza inicial, o la incomodidad, dura poco,ni siquiera una página. Se lee, efectivamente, como se respira, con naturalidad.
Y entonces sí, la historia. Un escritor alemán, olvidado por todos y hasta por sí mismo, recibe una invitación desconcertante para viajar a Extremadura, España, y escribir sobre lo que quiera, con todo pago. Duda, descree de semejante suerte, pero después de pensarlo un poco, acepta. Él, que sabe poco de la región pero recuerda haber leído una línea sobre el último lobo extremeño, decide que ese será su tema.

La voz del narrador avanza en una única frase larguísima (93 páginas, para ser exactos), con las idas y vueltas del flujo de su pensamiento. Y el viaje, que podría ser el punto de partida de una crónica o de un relato de aventuras, se convierte en una reflexión sobre la imposibilidad de narrar aquello que ya no existe, sobre la distancia entre la expectativa y la experiencia, sobre la relación entre el hombre y un paisaje que lo excede por completo.
Krasznahorkai no escribe sobre lobos que ya no hay: escribe sobre la extinción como condición contemporánea, sobre la melancolía de lo que se pierde sin que nadie lo registre, y sobre la dificultad de encontrar sentido en un mundo que parece haber renunciado a la idea de continuidad.
Una vez aceptado el pacto de lectura, entonces, el libro despliega su maravilla, que es mucha.
Krasznahorkai nació en Gyula, Hungría, en 1954, y desde hace décadas ocupa un lugar singular dentro de la literatura europea contemporánea. Su nombre circuló durante años en las listas del Nobel, hasta que el año pasado recibió finalmente el Premio de la Academia Sueca “por su obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”.
La frase, que puede sonar a nada, sintetiza un proyecto literario que desde los años ochenta explora mundos en ruinas, y personajes obsesivos.
Cuando ganó el Nobel, el diario “El País”, de España, escribió: Krasznahorkai es un hombre tranquilo, afable, apasionado de la conversación y dueño de una literatura sin prisa y de cocción lenta que hoy choca frontalmente con el ritmo de nuestras vidas. El máximo galardón universal premia así la hondura, la capacidad de profundizar y un alto en el camino en este modo de vida de aceleración sin fin”.
Y es justamente eso de la cocción lenta y el alto en el camino acelerado, lo que hace el autor y lo que le pide al lector.
Formado en Derecho y Filología, comenzó a publicar en la Hungría socialista, cuando la literatura funcionaba como un espacio de resistencia. Su primera novela, “Tango satánico” (1985), ya contenía los elementos que luego se volverían característicos: un paisaje devastado, personajes atrapados en una espera interminable, una estructura circular que parece no conducir a ninguna parte y una frase que se despliega sin interrupciones, como si la puntuación fuera un obstáculo para el pensamiento. Esa novela, que su amigo Béla Tarr llevó al cine en una adaptación que es de culto entre los cinéfilos, instaló a Krasznahorkai como una voz radical, ajena a cualquier concesión.
A partir de los años noventa, su obra comenzó a circular con mayor fuerza fuera de Hungría, en parte gracias a las traducciones de Adan Kovacsics al español y de George Szirtes al inglés. Kovacsics es clave para que lo leamos: su trabajo no solo traslada la complejidad sintáctica de Krasznahorkai, sino que preserva la cadencia interna de esas frases larguísimas que funcionan como un flujo mental. La colaboración con Béla Tarr -además de “Tango satánico”, “Melancolía de la resistencia” y “El caballo de Turín”- consolidó la imagen de un autor de tiempos que se dilatan y personajes que avanzan como si cargaran con el peso de una historia que no termina de resolverse.
Pero hay además, un humor seco, astringente, y una ironía que aparece en los momentos más inesperados. Y también una sensibilidad para mirar la fragilidad de las instituciones, de los vínculos y de las creencias.
En “El último lobo” todo eso aparece condensado en su forma más pura. La novela corta funciona como una especie de laboratorio: un hombre que viaja para escribir sobre algo que ya no está, un territorio que lo recibe con una mezcla de indiferencia y misterio, y una voz que intenta, una y otra vez, atrapar lo inasible. El escritor alemán que llega a Extremadura no busca al lobo -sabe que no lo encontrará-, sino la posibilidad de comprender qué significa escribir sobre una ausencia. Lo que encuentra, en cambio, es un relato ajeno, contado por otros, que se le impone como única vía para reconstruir aquello que se extinguió sin testigos.
Aunque parezca no dar respiro, con esa oración larga, larguísima, Krasznahorkai lleva al lector en una especie de encantamiento para convertir la desaparición del último lobo extremeño en una metáfora más amplia: la de un mundo que pierde sus símbolos, sus animales, sus relatos fundantes, y que sin embargo sigue exigiendo que alguien dé testimonio.
Primero, un pacto: para leer al Nobel 2025, el húngaro de apellido muy difícil de pronunciar, László Krasznahorkai, y traducido en la Argentina por Sigilo, hay que aceptar otra dimensión, la de la lectura como respiración. “El último lobo”, la novela corta publicada por primera vez en 2009 y llegada al país en 2024, no tiene puntos. Ni uno solo. Pero la extrañeza inicial, o la incomodidad, dura poco,ni siquiera una página. Se lee, efectivamente, como se respira, con naturalidad.
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