La oscura verdad sobre los Kennedy que esconde el libro «Agua negra» de Joyce Carol Oates

A partir del caso Chappaquiddick —el escándalo político que marcó a los Kennedy—, Joyce Carol Oates construye en Agua negra una novela breve y brutal sobre la impunidad masculina y los cuerpos que el poder deja atrás.

Por Verónica Bonacchi

La noche del 18 de julio de 1969, el senador Edward Kennedy abandonó una fiesta en la isla de Chappaquiddick acompañado por Mary Jo Kopechne, una joven de 28 años que había trabajado en la campaña de su hermano Robert. Horas después, el auto en el que viajaban apareció sumergido en un canal. Kennedy logró salir. Kopechne murió ahogada. El senador no denunció el accidente hasta la mañana siguiente. El escándalo, que truncó sus aspiraciones presidenciales pero no su carrera política, se convirtió en uno de los episodios más oscuros de la historia reciente estadounidense. La prensa lo bautizó como “el caso Chappaquiddick”. La justicia lo trató con indulgencia. La memoria pública lo envolvió en ambigüedad. Mary Jo Kopechne, la mujer muerta, fue rápidamente desplazada del centro del relato. Su cuerpo, su voz, su historia, quedaron sumergidos.

Veintitrés años después, Joyce Carol Oates escribió «Agua negra», ahora publicada en la Argentina por Fiordo, una novela breve, hipnótica y devastadora que reescribe ese episodio desde el punto de vista de la víctima. No lo hace como reconstrucción periodística, ni como ajuste de cuentas. Oates narra desde el cuerpo que no sobrevivió y le da voz a quien no tuvo historia. La novela fue publicada en 1992, en plena era Clinton, cuando el feminismo de la tercera ola comenzaba a cuestionar los discursos del consentimiento, del poder, del deseo. En ese contexto, «Agua negra» fue leída como una novela incómoda, radical.

La protagonista de «Agua negra» se llama Kelly Kelleher. Tiene veintiséis años, es periodista, idealista, inteligente, y acaba de conocer a un senador demócrata treinta años mayor que ella en una fiesta. Él la invita a irse juntos. Ella acepta. El auto derrapa en una curva, cae al agua, y la novela comienza. Desde el fondo del pantano, atrapada en el vehículo que se hunde, Kelly recuerda, imagina, delira. La narración se instala en ese instante suspendido entre la vida y la muerte, y desde allí despliega una corriente de conciencia que oscila entre la lucidez y la alucinación. Como en «Mientras agonizo» de Faulkner, el tiempo se pliega, se repite, se descompone. La frase “¿Voy a morir? ¿Así… de este modo?” se convierte en un mantra. El barro, el agua, el encierro, impregnan cada línea.

Oates no nombra al senador. No lo necesita. El lector reconoce de inmediato los paralelismos con el caso Chappaquiddick. Pero lo que importa no es la identidad del hombre, sino lo que representa: el poder que seduce, abandona y sobrevive. El senador de «Agua negra» es carismático, ambiguo, evasivo. Tiene una esposa, una carrera política, una sonrisa que desarma. Kelly lo admira, lo desea. Pero también lo teme. Hay una escena en la que él le ofrece una copa mientras conduce. Ella duda. Él insiste. Ella cede. Esa escena, mínima, contiene el núcleo de la novela: la tensión entre consentimiento y presión, entre deseo y sumisión, entre fascinación y peligro.

La voz de Kelly, en cambio, es la de quien no tiene historia. Es una voz que se fragmenta, que se aferra a los recuerdos como si fueran ramas flotando en el agua. Recuerda a su madre, a su infancia, a su primer amor. Recuerda la fiesta, el vestido, el momento en que aceptó subir al auto. Recuerda y se pregunta: ¿por qué no bajé? ¿por qué no dije que no? ¿por qué confié? La novela no absuelve ni condena. Solo escucha.


¿Similar a Succession?


El eco de Chappaquiddick resuena también en la cultura contemporánea. En el final de la primera temporada de la magnífica serie «Succession» (HBO), uno de los hermanos Roy, Kendall se sube a un auto con uno de los mozos de la boda, para ir en busca de droga. El vehículo se desvía, cae al agua y el joven muere ahogado. Kendall sobrevive, huye, y su padre —el patriarca Logan Roy— encubre el hecho. Pero ese gesto, lejos de ser protección, se convierte en herramienta de dominio: el secreto compartido se vuelve sometimiento.

Desde ese momento, Kendall queda atrapado en una red de culpa y dependencia, emocionalmente hipotecado. La escena, filmada con una sobriedad casi clínica, condensa el mismo núcleo trágico que Agua negra: un cuerpo joven y anónimo, sacrificado en el altar del poder. Como en la novela de Oates, el accidente no es solo un hecho, sino una alegoría.

En una entrevista, la autora declaró que no quiso escribir una novela sobre Kennedy, sino una parábola sobre los desbalances de poder. Puede ser: «Agua negra» es una novela sobre la impunidad masculina, sobre la fragilidad femenina, sobre el costo de la seducción, y el precio de la obediencia.

La figura de Mary Jo Kopechne, borrada del relato público, reaparece en Kelly Kelleher como espectro. La novela no la convierte en heroína ni en mártir. La muestra como lo que fue: una joven con deseos, contradicciones, ilusiones.

La crítica dijo que «Agua negra» es una de las obras más potentes de Oates. Su estilo convierte el accidente en una alegoría del colapso moral. Como en «Blonde», su monumental novela sobre Marilyn Monroe, Oates se interesa por las mujeres que fueron devoradas por el deseo ajeno, por el poder masculino, por la maquinaria mediática. Pero a diferencia de «Blonde», donde la protagonista es una figura pública, en «Agua negra» la protagonista es una anónima.

La estructura de «Agua negra» es claustrofóbica. El lector queda atrapado con Kelly en ese auto que se hunde, y en esa mente que se resiste a morir. Cada página es una bocanada de barro. Y cuando se cierra el libro, lo que queda no es la imagen del senador, ni el escándalo, ni el juicio. Lo que queda es una frase que se repite como un eco: “¿Voy a morir? ¿Así… de este modo?”


La noche del 18 de julio de 1969, el senador Edward Kennedy abandonó una fiesta en la isla de Chappaquiddick acompañado por Mary Jo Kopechne, una joven de 28 años que había trabajado en la campaña de su hermano Robert. Horas después, el auto en el que viajaban apareció sumergido en un canal. Kennedy logró salir. Kopechne murió ahogada. El senador no denunció el accidente hasta la mañana siguiente. El escándalo, que truncó sus aspiraciones presidenciales pero no su carrera política, se convirtió en uno de los episodios más oscuros de la historia reciente estadounidense. La prensa lo bautizó como “el caso Chappaquiddick”. La justicia lo trató con indulgencia. La memoria pública lo envolvió en ambigüedad. Mary Jo Kopechne, la mujer muerta, fue rápidamente desplazada del centro del relato. Su cuerpo, su voz, su historia, quedaron sumergidos.

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