Límites del gradualismo

Por Redacción

En la mayoría de los países democráticos, los gobiernos recién elegidos entienden muy bien que es mejor tomar cuanto antes las medidas antipáticas que a su juicio son necesarias, con la esperanza de verse beneficiados por los resultados cuando la luna de miel es sólo un recuerdo. Como aconsejó Nicolás Maquiavelo, “el mal se hace todo junto y el bien se administra de a poco”. Pero, desgraciadamente para el presidente Mauricio Macri, la democracia argentina aún es demasiado precaria como para permitirle actuar así. Antes de arriesgarse, tendrá que construir poder, una tarea que lo obliga a asegurar a los peronistas y otros de la versión local de la centroizquierda que no está por llevar a cabo un ajuste feroz. Para complicar todavía más la situación en que se encuentra, es reacio a criticar al gobierno anterior por la condición calamitosa de la economía nacional porque, según sus asesores, no le convendría sembrar pesimismo. No sólo se trata de la ola inflacionaria que fue provocada por la emisión monetaria explosiva de la fase final de la gestión kirchnerista, del vaciamiento del Banco Central y de la cantidad enorme de pagarés que le dejó la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, sino también de las consecuencias del intento de hacer del sector público una rama de la agrupación gobernante. Por estrategia y por temperamento, ya antes de ganar las elecciones Macri procuraba minimizar la gravedad de los problemas que heredaría el sucesor de Cristina y, según los presuntamente familiarizados con lo que está sucediendo en el seno del gobierno, se resiste a modificar tal actitud. Con el apoyo del escasamente ortodoxo ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, Macri ha optado por el “gradualismo”, rechazando la alternativa de shock propuesta por otros integrantes de su entorno. Si bien algunas medidas tomadas por el gobierno fueron cuestionadas, como las vinculadas con el aumento de las tarifas eléctricas, que se han quintuplicado en el caso de los porteños y sus vecinos del conurbano, casi todas las demás han tenido que ver con mejoras salariales, más subsidios asistenciales y reducciones impositivas, o sea, buenas noticias. Además de apostar a que pronto empiecen a llegar inversiones cuantiosas y créditos a tasas aceptables, los macristas creen que no les será posible hacer un esfuerzo serio por corregir las muchas “distorsiones” legadas por el gobierno anterior mientras no se hayan consolidado en el poder. Aunque los líderes peronistas más razonables insisten en que no se les ocurriría poner en peligro “la gobernabilidad”, los kirchneristas más fanatizados no ocultan su voluntad de destituirlo. Tienen sus motivos: a menos que consigan más poder político, los líderes más destacados del “proyecto”, además de muchos otros militantes, no tardarán en verse constreñidos a rendir cuentas ante la Justicia por lo que hicieron cuando iban por todo. Si fuera posible garantizar la estabilidad política, la estrategia gradualista favorecida por el gobierno sería la indicada, ya que podría producir poco a poco los cambios precisos para que la economía se cure de sus males, pero no hay ninguna garantía de que la tranquilidad relativa que ha caracterizado a los primeros meses poselectorales se prolongue por mucho más. Algunos referentes peronistas habrán decidido colaborar con Macri porque saben que la crisis económica no es un invento liberal u oligárquico sino una realidad indiscutible, pero otros están más impresionados por la popularidad del presidente que por los riesgos que enfrentaría el país si su gestión fracasara. Tal y como sucedió a inicios de la gestión del presidente Fernando de la Rúa, están esperando a que el clima político cambie para entonces asumir una postura brutalmente opositora. Aunque parecería que Macri es una persona muchísimo más dura de lo que era el radical, el destino del gobierno que encabeza también dependerá en buena medida de la evolución de la economía. De estar en lo cierto los convencidos de que el kirchnerismo le ha entregado un “modelo” inviable que en cualquier momento podría caerse en pedazos, el gobierno ya habrá perdido mucho tiempo negándose a formular un plan antiinflacionario coherente. Los optimistas rezan para que hayan exagerado y que, en verdad, la situación real de la economía sea menos comprometida de lo que suponen, pero la experiencia nos ha enseñado que, cuando de la economía nacional se trata, los pesimistas suelen tener razón.


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