Los beneficiados por el atraso

Redacción

Por Redacción

Mientras que en todas partes del mundo hay por lo menos algunos políticos que entienden que, para que un país pobre se desarrolle, es necesario llevar a cabo una multitud de cambios que para muchos serían ingratos, también los hay que prefieren aprovechar en beneficio propio las oportunidades brindadas por el atraso. En vez de intentar modernizar la economía local, protestan contra el orden internacional vigente, dando a entender que todas las dificultades son consecuencia de la codicia de los países más poderosos. Es lo que ha hecho aquí una larga serie de gobiernos, entre ellos los kirchneristas. Si bien, para desconcierto de los impresionados por sus recursos materiales abundantes, el país se ha depauperado, la mayoría parece convencida de que los culpables de la catástrofe colectiva así supuesta no son sus propios gobernantes, sino los norteamericanos y otros de mentalidad similar, o achaca lo sucedido a la influencia de credos a su juicio perversos como “el neoliberalismo”. Así, pues, muchos creen que la mejor forma de luchar contra el subdesarrollo consiste en gritar consignas, organizar grandes manifestaciones callejeras y pronunciar discursos amonestadores en los foros internacionales. Puesto que es mucho más fácil protestar de lo que es elaborar, para entonces impulsar, un programa detallado de modernización, virtualmente todos los países atrasados se ven dominados por políticos populistas que se afirman resueltos a defender a sus compatriotas de los atropellos foráneos. He aquí la razón principal por la que tantas sociedades han resultado incapaces de seguir el camino que a través de los años han abierto las más avanzadas. En teoría, emularlas debería serles fácil. A diferencia de los primeros países ricos, no tendrán que inventar nada. Asimismo, pueden aprender tanto de los logros ajenos como de los errores. Pero, por extraño que parezca, a muy pocos se les ha ocurrido tratar de hacerlo. Una excepción, acaso la única realmente significante, a esta regla lamentable ha sido el Japón, cuyo líderes a mediados del siglo XIX eligieron adaptarse a las circunstancias en aquel entonces imperantes. Lo hicieron con éxito fulminante para que, en el lapso de una sola generación, su país se erigiera en una gran potencia. Para ellos, no era cuestión de traicionar “las esencias patrias” sino de defenderlas de la manera más eficaz concebible. En buena parte del resto del mundo, casi todos los dirigentes políticos se han acostumbrado tanto a la idea de que su propio país sea una víctima inocente de un sistema internacional injusto que no se creen oportunistas cínicos. Por el contrario, a pesar de las consecuencias concretas que suele tener su resistencia a permitir cambios, se suponen mucho más patrióticos, y desde luego mucho más solidarios y progresistas, que aquellos que insisten en que convendría seguir el rumbo trazado por los países más prósperos sin fantasear con alternativas claramente destinadas a fracasar. La Argentina se encuentra entre los países más reacios a permitirse cambiar, pero dista de ser el único. Al llegar a su fin una etapa en la que eran insólitamente altos los precios de los commodities, es decir los recursos naturales y los productos agrícolas, no sólo nuestro país sino también Brasil, Rusia y muchos otros se encuentran en graves apuros. Por apostar a que en adelante todo seguiría igual, dejaron pasar una oportunidad acaso irrepetible para modernizarse sin que los costos sociales de los cambios resultaran insoportables. Además de manejar mal las finanzas nacionales, no prestaron la debida atención a temas como los planteados por la educación y las reformas institucionales que les sería preciso emprender para reducir la brecha que separa a los países avanzados de los atrasados. Aunque a esta altura debería ser evidente que los “modelos” socioeconómicos típicos del mundo desarrollado son los únicos capaces de asegurar al grueso de la población un nivel elevado de vida, razón por la que los nominalmente comunistas en China están procurando crear una versión propia sin correr el riesgo que les supondría la pérdida de poder político, en otras partes del mundo es tan fuerte la adhesión de amplios sectores a modalidades anticuadas, por lo común corporativistas, que se niegan a abandonarlas.


Mientras que en todas partes del mundo hay por lo menos algunos políticos que entienden que, para que un país pobre se desarrolle, es necesario llevar a cabo una multitud de cambios que para muchos serían ingratos, también los hay que prefieren aprovechar en beneficio propio las oportunidades brindadas por el atraso. En vez de intentar modernizar la economía local, protestan contra el orden internacional vigente, dando a entender que todas las dificultades son consecuencia de la codicia de los países más poderosos. Es lo que ha hecho aquí una larga serie de gobiernos, entre ellos los kirchneristas. Si bien, para desconcierto de los impresionados por sus recursos materiales abundantes, el país se ha depauperado, la mayoría parece convencida de que los culpables de la catástrofe colectiva así supuesta no son sus propios gobernantes, sino los norteamericanos y otros de mentalidad similar, o achaca lo sucedido a la influencia de credos a su juicio perversos como “el neoliberalismo”. Así, pues, muchos creen que la mejor forma de luchar contra el subdesarrollo consiste en gritar consignas, organizar grandes manifestaciones callejeras y pronunciar discursos amonestadores en los foros internacionales. Puesto que es mucho más fácil protestar de lo que es elaborar, para entonces impulsar, un programa detallado de modernización, virtualmente todos los países atrasados se ven dominados por políticos populistas que se afirman resueltos a defender a sus compatriotas de los atropellos foráneos. He aquí la razón principal por la que tantas sociedades han resultado incapaces de seguir el camino que a través de los años han abierto las más avanzadas. En teoría, emularlas debería serles fácil. A diferencia de los primeros países ricos, no tendrán que inventar nada. Asimismo, pueden aprender tanto de los logros ajenos como de los errores. Pero, por extraño que parezca, a muy pocos se les ha ocurrido tratar de hacerlo. Una excepción, acaso la única realmente significante, a esta regla lamentable ha sido el Japón, cuyo líderes a mediados del siglo XIX eligieron adaptarse a las circunstancias en aquel entonces imperantes. Lo hicieron con éxito fulminante para que, en el lapso de una sola generación, su país se erigiera en una gran potencia. Para ellos, no era cuestión de traicionar “las esencias patrias” sino de defenderlas de la manera más eficaz concebible. En buena parte del resto del mundo, casi todos los dirigentes políticos se han acostumbrado tanto a la idea de que su propio país sea una víctima inocente de un sistema internacional injusto que no se creen oportunistas cínicos. Por el contrario, a pesar de las consecuencias concretas que suele tener su resistencia a permitir cambios, se suponen mucho más patrióticos, y desde luego mucho más solidarios y progresistas, que aquellos que insisten en que convendría seguir el rumbo trazado por los países más prósperos sin fantasear con alternativas claramente destinadas a fracasar. La Argentina se encuentra entre los países más reacios a permitirse cambiar, pero dista de ser el único. Al llegar a su fin una etapa en la que eran insólitamente altos los precios de los commodities, es decir los recursos naturales y los productos agrícolas, no sólo nuestro país sino también Brasil, Rusia y muchos otros se encuentran en graves apuros. Por apostar a que en adelante todo seguiría igual, dejaron pasar una oportunidad acaso irrepetible para modernizarse sin que los costos sociales de los cambios resultaran insoportables. Además de manejar mal las finanzas nacionales, no prestaron la debida atención a temas como los planteados por la educación y las reformas institucionales que les sería preciso emprender para reducir la brecha que separa a los países avanzados de los atrasados. Aunque a esta altura debería ser evidente que los “modelos” socioeconómicos típicos del mundo desarrollado son los únicos capaces de asegurar al grueso de la población un nivel elevado de vida, razón por la que los nominalmente comunistas en China están procurando crear una versión propia sin correr el riesgo que les supondría la pérdida de poder político, en otras partes del mundo es tan fuerte la adhesión de amplios sectores a modalidades anticuadas, por lo común corporativistas, que se niegan a abandonarlas.

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