Los frutos del populismo
Para justificar el desprecio que sienten por normas legales que, según ellos, son “burguesas”, mandatarios populistas como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su homólogo venezolano Nicolás Maduro se afirman resueltos a subordinar todo al bienestar de los sectores más pobres. Puede que antes de alcanzar el poder tales políticos realmente hayan querido ayudar a los que menos tienen, pero puesto que están mucho más interesados en castigar a sus adversarios que en mejorar el nivel de vida de los demás, suelen terminar perjudicándolos. Para decenas de millones de argentinos, el rencoroso populismo cortoplacista que a partir de mediados del siglo pasado domina el panorama político nacional y que desde mayo del 2003 se ve representado por el kirchnerismo, ha sido una calamidad sin atenuantes. De haber gobernado el país políticos “normales”, según las pautas del mundo desarrollado, el ingreso per cápita sería dos o tres veces mayor de lo que es. Sin embargo, a juzgar por lo que está sucediendo en Venezuela, la versión chavista del fenómeno populista tendrá consecuencias aún peores. La caída repentina del precio internacional del crudo ha privado al régimen de Maduro de su única fuente de dinero y, por lo tanto, de los medios necesarios para que el país pueda continuar importando alimentos, medicinas y otros bienes imprescindibles. Es tan grave la situación que no sorprendería del todo que Venezuela sufriera una hambruna. El populismo es de naturaleza inflacionaria porque quienes lo adoptan suelen oponerse por principio a la disciplina fiscal; a su juicio, preocuparse por los números es un típico vicio liberal propio de sujetos tan mezquinos que se niegan a repartir subsidios para que la gente pueda consumir un poco más. En Venezuela, el año pasado el costo de vida aumentó el 70%, un récord mundial, y se prevé que este año supere el 100%. El desabastecimiento es crónico; para conseguir algo tan básico como papel higiénico, los venezolanos tienen que perder horas haciendo cola, con la libreta de racionamiento en la mano, frente a supermercados que a menudo cierran las puertas cuando los estantes quedan vacíos. A esta altura parece inevitable que el “modelo” más admirado por los kirchneristas puros se precipite pronto en la hoguera hiperinflacionaria. Irónicamente, en vista de la hostilidad visceral que sienten los chavistas y sus compañeros hacia Estados Unidos, algunos están especulando con la posibilidad de que el gobierno venezolano procure restaurar cierto orden dolarizando la economía, aunque otros conjeturan que, por motivos de orgullo antiimperialista, podría optar por la yuanización. Como sucede en nuestro país al darse cuenta hasta los oficialistas más fervorosos de que el gobierno de turno es congénitamente incapaz de defender el valor de la moneda, los venezolanos se ven constreñidos a elegir entre dos alternativas malísimas: entregarse al caos hiperinflacionario por un lado y, por el otro, aferrarse a una divisa extranjera, como hicimos con la convertibilidad. Cuando de criticar las deficiencias éticas, sociales y hasta espirituales del capitalismo liberal se trata –es decir, de la economía moderna–, los populistas son auténticos maestros. Lo que no saben hacer es reemplazar las versiones existentes por otra mejor, razón por la que se concentran en poner obstáculos de toda clase en el camino de los empresarios para que entiendan que no les convendría merecer la desaprobación del gobierno. Los resultados son siempre los mismos: un período inicial de auge atribuible a la exportación de productos primarios o la emisión monetaria seguido por una recesión y, desde luego, más inflación. Por fortuna, los kirchneristas no han podido ir tan lejos por el camino populista como sus correligionarios chavistas, pero no cabe duda de que, en los años próximos, los más pobres tendrán que pagar una parte sustancial de los costos de la modesta fiesta consumista que estimuló el gobierno nacional y popular. Con todo, el que lo ocurrido en nuestro país sea menos grave que el desastre provocado en Venezuela por la ineptitud del extinto Hugo Chávez y su sucesor, Maduro, entraña el riesgo de que buena parte del electorado no atribuya sus desgracias a la insensatez populista sino a quienes se vean obligados a tratar de reparar los daños causados por el gobierno kirchnerista en el transcurso de su accidentada gestión.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 26 de mayo de 2015
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