Los K quieren sacar provecho de su fracaso
JAMES NEILSON
La Argentina kirchnerista se asemeja a la rana de la fábula de Esopo que, impresionada por las dimensiones imponentes de un buey que pacía en un prado del vecindario, se puso a inflarse más y más hasta que un buen día reventó. Para un populista como Cristina, tomar al pie de la letra lo que dicen los números económicos sería traicionar al pueblo. De acuerdo con su forma de pensar, ser realista significa resignarse a un destino mediocre. Puesto que a su entender gobernar un país rico al que, por razones no muy claras, le falta dinero es mucho mejor de lo que sería hacer un esfuerzo por enfrentar las dificultades propias de uno pobre, la presidenta optó por gastar como si la Argentina contara con recursos decididamente mayores que los coyunturalmente disponibles. Como aquella rana desafortunada que, para consternación de sus hijos, terminó estallando, la economía se hinchó. ¿Compartirá la suerte de la rana? Pronto tendremos la respuesta a aquel interrogante tan ingrato. Desde hace años los despreciados economistas “ortodoxos” o “neoliberales” están advirtiendo que la estrategia inflacionaria elegida por los kirchneristas tendría consecuencias parecidas a las previstas por Esopo, pero pocos prestaron atención a los gritos de alarma proferidos por sujetos tan desprestigiados. ¿Escucharán los kirchneristas a un gurú heterodoxo y nada liberal como Eduardo Curia que, un par de días atrás, opinó que tal y como están las cosas podría sobrevenir un nuevo “Rodrigazo”, ya que “el mercado impondrá un shock de ajuste”? A juicio de Curia, la alternativa a tamaño desastre sería un programa “gradualista”, un esfuerzo mancomunado por corregir las distorsiones de la manera menos dolorosa posible, pero teme que la clase política nacional no resulte capaz de hacer algo tan complicado que requeriría un grado de sofisticación que le es ajeno. El pesimismo que siente se justifica: sería poco razonable suponer que los responsables de provocar el caos estarían en condiciones de manejarlo. El “Rodrigazo” es recordado como una aberración, una locura que, de golpe, puso fin al sueño argentino de millones de familias de clase media que nunca más conseguirían recuperar lo perdido en aquellos días tan dramáticos, pero sucede que en junio de 1975 el gobierno de Isabelita se veía forzado a intentar hacer algo para que la economía no chocara contra una pared, como haría poco después. No fue culpa de Celestino Rodrigo que el país se encontrara en una situación tan terrible que le pareciera lógico tomar una serie de medidas draconianas. Cierto, hubiera sido mucho mejor una estrategia gradualista, con un ministro de Economía más respetado que gozara del apoyo del empresariado, el sindicalismo peronista y los partidos opositores menos fantasiosos, pero para que fuera factible dicha opción la Argentina hubiera tenido que ser otro país. Hasta hace muy poco, la mayoría de los especialistas en estos asuntos, incluyendo a los habitualmente pesimistas, propendía a minimizar la gravedad de los problemas económicos. Por miedo a verse anatematizados por Cristina en una de las arengas que se difunden por la cadena nacional o por no querer ser acusados de atentar contra la confianza, pronosticaban que, si bien el crecimiento continuaría siendo letárgico y la inflación demasiado alta, no habría ninguna crisis como las de antes. Pero últimamente el consenso reconfortante así supuesto se ha visto reemplazado por uno rayano en el pánico. Economistas de todas las distintas corrientes ven acercándose un ajuste severísimo que, cuando por fin se haga sentir, tendrá un impacto político y social muy fuerte. Con frecuencia, Cristina nos ha informado que nunca jamás se le ocurriría hacer algo tan infame como ordenar un ajuste. Parece haberse convencido de que todos los problemas económicos son provocados por oligarcas golpistas, de suerte que tratar de solucionarlos equivaldría a confesarse derrotada. Así, pues, para frustrar a quienes conspiran en su contra, haciendo de la economía un campo de batalla, la presidenta querrá que la gente entienda que está luchando denodadamente por defender los intereses populares y por lo tanto no está dispuesta a tomar las medidas que, según los reaccionarios, exigen las circunstancias. ¿Logrará Cristina beneficiarse políticamente de un desaguisado económico ocasionado por la ineptitud realmente extraordinaria del gobierno que encabeza? A juzgar por su conducta reciente, cree que le convendría más limitarse a procurar aprovechar la crisis de lo que sería arriesgarse tratando de atenuarla con medidas antipáticas. Sabrá que, si bien en su momento los radicales procuraron salvar el pellejo afirmándose víctimas de un “golpe de mercado” instrumentado por los enemigos del pueblo –sus esfuerzos en tal sentido resultaron vanos–, en diversas ocasiones los peronistas sí se han visto fortalecidos por su propia incapacidad para manejar la economía con un mínimo de eficacia. A cambio de arruinar el país, transformándolo de uno de los más prometedores del mundo en un símbolo internacionalmente reconocido de fracaso político, social y económico, los peronistas recibieron la lealtad al parecer eterna de los más perjudicados por su inoperancia serial. Puede que nunca se propusieran depauperar a millones para que en adelante dependieran de sus redes clientelares, pero es lo que hicieron. Que una secta revolucionaria resuelta a dinamitar el statu quo haga suya la consigna leninista “cuanto peor, mejor” tiene su lógica. Cristina y sus acompañantes distan de ser revolucionarios, pero ellos también entienden que es de su interés que los gobiernos provinciales y las intendencias municipales más importantes se vean abrumados por conflictos y dificultades financieras, porque en tal caso les suplicarán ayuda. Frente al motín policial de Córdoba, la reacción instintiva de los ultras del kirchnerismo fue dejar solo al gobernador José Manuel de la Sota. Asimismo, parecen decididos a mantener una actitud pasiva ante el desmoronamiento de la economía. Todo hace pensar que la prioridad de Cristina y los miembros de su reducido entorno consiste en asegurar que otros paguen los costos políticos del naufragio de un “modelo” que, según ellos, es blanco de una ofensiva por parte de sus enemigos ideológicos, razón por la que encuentran irresistible la tentación de contraatacar aumentando todavía más el gasto público sin preocuparse por las consecuencias inflacionarias.
SEGÚN LO VEO