Los nuevos códigos del sexo, el amor y la amistad en los tiempos del chat
El 36% de quienes tienen entre 15 y 25 años tuvo sexo con alguien que conoció en la web.
Viernes 23.45. Un locutorio de Roca. Faltan quince minutos para el nuevo «uno a uno» que obsesiona a muchos argentinos: «una hora, un peso». Hace frío afuera y adentro la cola de espera para chatear puede parecerse en algún punto a la de las salas de emergencia. Ansiedad y muchas ganas de apurar el tiempo. En la cola hay de todo y para todos los gustos. Lolitas expertas en histeria «on line»; solos y solas en plan hot; casados olvidándose de la rutina.. y de sus parejas; freaks buscando amor; nerds, feos y gordos pidiendo a gritos una segunda oportunidad; amas de casa disfrutando de su momento de relax… y mucho más. Las salas del chat parecen mostrar esa misma diversidad. Pero en este punto tampoco conviene dejarse llevar por la primera impresión. Es que el treintañero que espera su turno sentado al fondo de la fila puede convertirse en una bella mujer dispuesta a todo una vez que el chat, la distancia y las fantasías comiencen a actuar. Parte del encanto de la modernidad. ¿Puede el chat transformarnos en otras personas?. No. ¿Puede crearnos esa fantasía?. Si, definitivamente. Bienvenidos a la vida a través del chat, una existencia en la que todo es posible.
Chatear equivale a hablar con los dedos. Es necesario entrar a uno de las múltiples salas que aparecen y desaparecen en la red a velocidad increíble, elegir un nick (que equivale a un apodo) y empezar a comunicarse. Todos sí o sí deben cumplir estas reglas. Pero esas son las únicas. Y eso es lo que pareciera enganchar a la mayoría.
«Hay una frase que dice que uno es tres personas a la vez: el que es, el que quisiera ser y el que los demás quieren que sea. En el chat prima es lo que uno quisiera ser. Podemos ser más flacos, más grandes, más altos, hombres, mujeres, lo que quieras… y eso es lo fascinante. Es distinto a lo que ocurre con los vínculos personales concretos, donde uno es, en un principio, lo que los demás quieren que sea. Es por eso que el chat da más libertad, aunque se trate de una libertad mentirosa, condicionada», sostiene Darío González, de la Escuela de Psicología Social con sedes en Roca y Neuquén.
Pero, qué hay en el chat que llama tanto la atención. Con más o menos palabras y entusiasmo muchos coinciden que el gran chiche del nuevo siglo logró crear la ilusión de la compañía permanente; que inventó la más absoluta intimidad entre personas que no se conocen y que es probable que nunca se vean las caras; que edulcoró el miedo al rechazo y que también puede convertirse en una adicción. Pero que, por sobre todas las cosas, logró democratizar el acceso al sexo y al amor. Es que en la red se puede concretar lo que en la realidad no siempre es posible para todos: una conversación, una fantasía, un noviazgo… aunque más no sea virtual.
«Cuando aparece lo virtual, hay más posibilidades de explayarte, de mandarte a lo desconocido y entonces la posibilidad del
rechazo es mínima, porque a lo sumo no chateás más, cortás. Eso no es tan comprometedor como tener que relacionarte y que el otro te corte el rostro ahí de frente, es un rechazo menos frustrante. Eso es nuevo para nosotros», agrega el profesional.
El chat también pasó a ser el espacio ideal para los que se aburrieron. Los que buscan algo más, algo desconocido. Y vaya si lo encuentran. Según una encuesta realizada por la empresa D' Alessio Irol, el 36 por ciento de los jóvenes argentinos entre 15 y 25 que chatean tuvo sexo alguna vez con alguien que conoció en internet y el 25 por ciento más de una vez. No sólo eso, el 33 por ciento de ellos tuvo alguna vez sexo virtual con alguien en red. Lo que no dicen las estadísticas es que en poco tiempo el chat pudo superar el prejuicio y convertirse en el nuevo espacio que reformuló los códigos de la amistad, el levante, el sexo y las relaciones amorosas. Otro signo de que las costumbres cambiaron…y mucho. De eso habló Marina.
Mujer divorciada busca
Los 40 encontraron a Marina en la versión más oscura de sí misma. Divorciada, sola, aburrida y con pocos proyectos en vista, un día cayó en el chat. «Por esa época todo era bastante complicado económicamente y encima estaba sola. Era un desastre. La última vez que había ido al cine en pareja era para el estreno de Forrest Gump, allá lejos y hace tiempo. Era una época en la que tenía ganas de algo nuevo», admite. Se refiere a los peores meses del 2002 y a la mejor forma que encontró para sobrellevarlos.
En esos viejos tiempos, Marina reunía los requisitos que chatear exige. Así lo explica González: «En el chat se reúne una franja de gente que más o menos tiene el gran problema de este tiempo: el vacío existencial y la soledad. Los que chatean encuentran por ese lado la posibilidad de satisfacer la necesidad de comunicarse libremente con otros. El chat sirve para romper el hielo. En una sociedad en la que la imagen domina todo, si no entrás en determinado marco de belleza te quedás afuera. Los gordos y feos entre comillas y la gente que no encaja en ese marco queda afuera. Ahí aparece el chat para simplificar las cosas, todo pasa a ser más directo. La soledad, la incomunicación y la fobia social, tan propios de este tiempo, se redefinen. Ahora estás encerrado en tu casa, seguro y ahí podés comunicarte, hacer y deshacer a tu gusto virtualmente». Marina lo admite y relata su historia: «Empecé a chatear en los ciber y primero fue una hora por semana, después cada tres días y al poco tiempo puse internet en mi casa y estaba en red casi todo el día. Yo me daba cuenta que era adictivo, pero al mismo tiempo era bárbaro: todo lo que no había en mi mundo lo podía encontrar ahí», dice. Todo eso eran amigos, amantes y hasta una pareja. «En síntesis, en el chat encontré al
gunas relaciones pasajeras, pero nunca al amor de mi vida; algunos hombres con los que me acosté y muchos con los que tomé algo o salí a comer y que luego nunca más vi y muchos amigos en varias partes del mundo. Hay de todo, desde gente que busca compañía hasta locos que te salen con cualquiera, lo importante es saber manejar la situación», dice.
Lo que no dice: el chat protege, anima y se transforme en cómplice. Por lo menos por un tiempo. «Hubo un tiempo en que creía que era lo mejor que me había pasado, pero la verdad es que luego me aburrí y tuve una necesidad tremenda de volver a vivir en el mundo real. De todas formas, tan mal no me fue», dice Marina y siembra la duda. Al rato, una sonrisa le cubre el rostro y confiesa: «Tanto tiempo pasé en la red que encontré novio y te juro que soy feliz». Habrá que creerle. Es que al fin de cuentas, el chat barajó de nuevo y distribuyó otra vez las mismas cartas. Sólo que esta vez las reglas del juego han cambiado un poco. Aunque en el fondo se sigue tratando de lo mismo de siempre: la necesidad de encontrarnos.
Adrián Arden adrianarden@yahoo.com.ar
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