Los últimos de la clase
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Si, como tantos dicen, el futuro de los distintos países dependerá del capital intelectual que logren acumular sus habitantes, a los de América Latina les costará ser mucho más que partes de un gran depósito de productos naturales, una especie de mina a cielo abierto gigantesca. Para ahorrarse tal destino, la región tendría que someterse a una revolución cultural encaminada a permitirle aprovechar mejor sus recursos humanos. No es sólo cuestión de una necesidad económica: las sociedades que viven a base de sus exportaciones de productos agrícolas, petróleo y minerales son estructuralmente autoritarias, inequitativas, corruptas y clientelistas. En cambio, las que valoran la inteligencia propenden a ser mucho más democráticas y más vigorosas, realidad ésta que preocupa mucho a los comunistas chinos. Como acaban de recordarnos los resultados más recientes de las pruebas PISA, un conjunto de exámenes que se usan para comparar el nivel alcanzado en matemáticas, ciencias y lectura por chicos de quince años de más de sesenta países, el desempeño educativo latinoamericano difícilmente podría ser más lamentable. Ningún país de la región llega a la altura nada impresionante de Tailandia, Turquía o los Emiratos Árabes. En Europa y Estados Unidos el nivel educativo registrado es mucho mejor, si bien es mediocre según las pautas de Asia oriental; los puntajes anotados por países de tradiciones confucianas como Singapur, el Japón, Corea del Sur y distintas ciudades chinas son muy superiores a los alcanzados por los occidentales. Sea como fuere, parecería que, desde el punto de vista del ministro de Educación Alberto Sileoni, el que “no les fue bien a todos los países de la región” es motivo de cierto consuelo. De ser así, se equivoca. Mal que le pese, significa que el problema tiene raíces muy profundas y que por lo tanto las eventuales “soluciones” serían forzosamente más drásticas de lo que sería el caso si sólo se tratara del resultado de la gestión desafortunada de un gobierno determinado o de los errores grotescos cometidos por un ministro de Educación, como él, que en una oportunidad se afirmó convencido de que era bueno que alumnos revoltosos tomaran colegios porque a su entender los ayudaba a aprender lo que es la democracia. Pues bien, ¿a qué se debe el atraso pavoroso en este ámbito clave no sólo de la Argentina sino también de todos los demás países de cultura similar, incluyendo Chile, México y Brasil? En buena medida, al paternalismo de todas las elites. Lo mismo que en los demás países de América Latina, en la Argentina muchos suelen hablar del “derecho” de todos a una buena educación, como si fuera cuestión de algo que un gobierno debería repartir, pero raramente aluden a la responsabilidad de todos los individuos, en especial los padres y sus hijos, de hacer cuanto resulte necesario para que dicho “derecho” tenga algún sentido. Asimismo, es habitual atribuir el déficit educativo a la pobreza y a la falta de equidad social, pero sucede que tales desventajas no parecen afectar demasiado a la gente de Asia oriental que, aun cuando sus ingresos eran tan magros como los percibidos por los “excluidos” de América Latina, hacía esfuerzos enormes por asegurar que sus hijos aprovecharan las oportunidades para conseguir una buena educación. La experiencia de chinos, japoneses, coreanos y vietnamitas que emigraron a Europa y América del Norte es aleccionadora; al llegar, estaban entre los más pobres. Sin embargo, a diferencia de los integrantes de otras “minorías”, no procuraron conseguir ventajas proclamándose víctimas de un orden social injusto. Por el contrario, para indignación de muchos negros y otros que optaron por “la política de la identidad”, organizándose para reclamar cuotas raciales en las instituciones académicas más prestigiosas, se pusieron a trabajar y a estudiar con ahínco sin pedir favores a nadie. No tardaron en abrirse camino. En muchas universidades estadounidenses, la proporción supuestamente excesiva entre los más exitosos de estudiantes asiáticos motiva la misma preocupación perversa que en la primera mitad del siglo pasado ocasionaba la presencia destacada de alumnos judíos. Aunque la pobreza no debería constituir una barrera insuperable a la educación, sobre todo en un país como la Argentina que está en condiciones de impedir que la malnutrición cause estragos irreparables, la convicción progresista de que sería poco razonable exigir demasiado a jóvenes de familias “humildes” sí ha tenido consecuencias terriblemente negativas. Informados por los interesados en congraciarse con ellos de que son víctimas de circunstancias adversas imputables al capitalismo neoliberal y que nada cambiará hasta que un caudillo político o una banda de militantes las hayan eliminado, suponen que no es culpa suya que sean analfabetos funcionales. Irónicamente, los menos dispuestos a tomar en serio la sensiblería paternalista que es tan típica de los progresistas occidentales no han sido derechistas sino comunistas. Tanto en la vieja Unión Soviética como en China, resultaron ser mucho más “elitistas”, y decididamente más exigentes, que los gobernantes de los países de Europa occidental. ¿A la Argentina le convendría tratar de importar el modelo escolar asiático? Puede que sí, aunque en una forma modificada. Sucede que, si bien les encanta ver a sus compatriotas ocupar un lugar de privilegio en el ranking educativo internacional, algunos dirigentes chinos, surcoreanos y japoneses se sienten preocupados no por los “costos humanos” del esfuerzo necesario sino por la conciencia de que es una cosa memorizar una gran cantidad de datos y aprender a resolver problemas matemáticos rutinarios, pero es otra muy distinta estimular la creatividad. Saben que lo logrado en la competencia educativa de sus países respectivos es fruto de los esfuerzos extraordinarios de jóvenes que, presionados por sus padres, no hacen mucho más que estudiar trece horas o más todos los días, lo que les permite sobresalir en los exámenes pero que no necesariamente los prepara para el futuro. Tales inquietudes pueden entenderse, ya que para competir en “la economía del conocimiento” que está desplazando con rapidez las basadas en productos primarios o en grandes fábricas tendrán que innovar más que sus rivales norteamericanos y europeos, pero así y todo distan de ser tan angustiantes como las que deberían quitar el sueño a los dirigentes de una región que parece incapaz de hacer frente a los desafíos planteados por los cambios tecnológicos y culturales que está impulsando la globalización.