Macanas papales
Dice la diputada Margarita Stolbizer que “hace macanas” el papa Francisco “cada vez que se mete con la política interna”, aludiendo así al envío de un rosario a la jefa encarcelada de la Túpac Amaru, Milagro Sala. Tiene razón la líder de GEN. Aunque, según voceros del Vaticano, hay que distinguir entre la misión espiritual del pontífice y las eventuales repercusiones de lo que hace o dice en el plano terrenal, sólo se trata de sofismas, ya que nadie ignora que Jorge Bergoglio está resuelto a desempeñar un papel político influyente en el mundo, razón por la que no ha vacilado en abogar a favor de distintas causas ecológicas, sociales, económicas e incluso electorales. Hace poco, aprovechó una visita a México para criticar con vehemencia la política inmigratoria de Estados Unidos, pasando por alto la del país anfitrión que, para los centroamericanos, es mucho más restrictiva y discriminatoria que la de la superpotencia; y acusar al candidato republicano Donald Trump de no ser “cristiano” por proponer la construcción de un muro para dificultar el ingreso de migrantes clandestinos. Parecería que el papa se dio cuenta pronto de que tal intervención no perjudicaría en absoluto a Trump, un protestante, razón por la que procuró hacer pensar que, al hablar de la supuesta incompatibilidad de muros por un lado y el cristianismo por el otro, en verdad no se referiría al aspirante a ser el próximo presidente de Estados Unidos. Por su parte, Trump reaccionó afirmando que “de ser atacado el Vaticano por el Estado Islámico –que, como todos saben, es el trofeo más buscado por ISIS–, puedo prometerles que el papa sólo desearía y oraría para que Donald Trump sea presidente”. Acaso sin habérselo propuesto, el republicano llamó la atención a lo que debería ser prioritario para el jefe de la mayor confesión cristiana, la defensa de sus correligionarios en el Oriente Medio contra las bandas de salvajes que están decididos a exterminarlos y que, todos los días, llevan a cabo matanzas sectarias. Frente al holocausto así supuesto, la actitud de Francisco ha sido llamativamente ambigua. Puesto que no quiere dar la impresión de ser un belicista, para desesperación de los eclesiásticos que aún quedan en países como Siria e Irak habla de lo buena que es la paz y la importancia de diálogos con los representantes de otros credos, como si creyera que la prédica en tal sentido convencería a los islamistas de que la violencia nunca sirve para nada. Si bien Francisco preferiría concentrarse en temas como la injusticia social, los costos espirituales del consumismo, los males que atribuye al capitalismo, los cambios climáticos que están en marcha y así por el estilo, hay asuntos un tanto más concretos, de vida o muerte, que como papa le corresponde enfrentar. Francisco quisiera ubicarse por encima de la política sin por eso desistir de tomar partido por las causas que le parecen justas, de ahí todos aquellos “malentendidos” que preocupan a los jerarcas de la Iglesia católica, pero no le es dado ser a un tiempo un guía espiritual y un referente moral internacional capaz de incidir en las decisiones de los gobiernos de los países más importantes. Aun cuando algunos políticos coincidieran con Francisco en que sería beneficioso que la gente dejara de comprar bienes superfluos, a pocos se les ocurriría actuar en consecuencia porque saben muy bien que el resultado de medidas para reducir el consumo sería una recesión fenomenal acompañada por un aumento explosivo del desempleo. Tampoco parece realista el pacifismo papal frente a los ataques contra las minorías cristianas no sólo del Estado Islámico sino también de muchas otras agrupaciones “moderadas”, de ideología en el fondo parecida, que cuentan con el apoyo de regímenes como los de Arabia Saudita e Irán. En cuanto a la política de fronteras abiertas reivindicada por el papa, la sorprendente voluntad de adoptarla de la luterana alemana Angela Merkel y el gobierno de Suecia ya han tenido consecuencias tan negativas que los dos países la han abandonado para erigir barreras –es decir, muros, aunque sólo sean de alambre–, de tal modo obligando a los griegos, que distan de haber salido de una crisis económica equiparable a la que tantos estragos ocasionó aquí hace catorce años, a encargarse de los gravísimos problemas humanitarios que ellos mismos han provocado.
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