Mandela y la creación de un país moderno

Por Redacción

TOMÁS BUCH (*)

La historia de Sudáfrica es singular y relativamente poco conocida: se la confunde con un país africano más, pero no lo es. La creó una conjunción singular de condiciones que vale la pena recordar. En el siglo XVII comenzó la expansión capitalista al mundo, en búsqueda de materias primas y mercados. Los holandeses habían hecho su revolución de la burguesía contra la corona española en 1588 y habían comenzado, los primeros, aparte de españoles y portugueses cuya estructura era diferente, a ser la potencia marítima que conquistó comercialmente Indonesia en 1602 y necesitaba una fuente de reabastecimiento en el largo camino hasta las Indias Orientales. Así nació Ciudad del Cabo en 1652, una verdadera estación de servicios cuyos habitantes tenían prohibida la salida de la ciudad, excepto para reabastecerse. Orden que, por supuesto, no cumplieron, extendiéndose rápidamente hacia el noreste. Como eran protestantes –y muy estrictos– se les unieron otros grupos protestantes: los sobrevivientes franceses de la Noche de San Bartolomé, por ejemplo, y grupos de alemanes provenientes de la vecina colonia alemana de lo que hoy es Namibia. La Iglesia reformada holandesa se aisló de sus orígenes y los Boers (descendientes de esos holandeses) casi se olvidaron del cristianismo, se rigieron por el Antiguo Testamento y se convencieron de que ellos eran el Pueblo Elegido. Por eso también lucharon como leones –sin desdeñar la ayuda nazi, muchos años después– contra la dominación inglesa, que vino mucho más tarde y ocupó Ciudad del Cabo en 1795. Eran agricultores (“boer” significa campesino, en holandés) y crearon un vergel en la Colonia del Cabo, después de “limpiar” la zona de los singulares pueblos “san”, los bosquimanos (de cuya lengua provienen los singulares cliqueos de muchas lenguas africanas), pero manteniendo la paz con los xhosa, que vivían más hacia el este. Hasta que invadieron su territorio y entraron en guerra también con ellos. Los ingleses vinieron desde el norte y el este, además de ocupar El Cabo. Entre otros, el prototipo del plutócrata e imperialista inglés, sir Cecil Rhodes, conquistó los vecinos norteños (hoy Zambia y Zimbabwe), llenos de minas de oro y diamantes, los portugueses se quedaron en Mozambique y los ingleses avanzaron hacia el sur, donde se encontraron con dos poderosos enemigos: los Boers, que habían formado allí dos repúblicas, Transvaal y Orange, y los zulúes, que bajo el poderoso Shaka se las hicieron pasar bastante mal, como a los ingleses, en el primer tercio del siglo XIX. El resultado fue la fiebre del oro, la fundación de Durban (1835) y Johannesburgo (en 1886) y el establecimiento de los ingleses en Natal, donde, después de derrotar a los zulúes, importaron muchos hindúes como esclavos. Durante el Apartheid, los indios fueron considerados gente de color pero superiores a los negros, que formaban el 95% de la población. La historia colonial sudafricana es compleja y no cabe aquí, pero lo esencial es que fue recién en 1948 que se formalizó jurídicamente una guerra de razas que venía de mucho antes. El Apartheid fue uno de los sistemas sociales más crueles de la época moderna y condujo a Sudáfrica a un aislamiento total y a una guerra interna que estaba liderada por el Congreso Nacional Africano dirigido por Nelson Mandela. Éste, en 1962, fue condenado a cadena perpetua y pasó 27 años en una prisión ubicada en una roca pelada frente a Ciudad del Cabo, Robben Island. En 1969 se planeó su asesinato en un “intento de fuga” inventado por los propios carceleros. Su prisión agravó las tensiones raciales y políticas y finalmente el gobierno separatista se avino a liberarlo en 1991. Se iniciaron conversaciones entre el CNA y el gobierno encabezado por De Klerk, del Partido Nacionalista, sobre la abolición del apartheid y en 1994 Mandela fue el primer presidente electo por el voto universal, tomando a De Klerk como vicepresidente. Es una especie de milagro que un conflicto racial tan prolongado y feroz haya podido resolverse en forma pacífica, pero hay que tener en cuenta que la abolición del apartheid y la democratización del país y su readmisión al concierto de las naciones sólo puso la situación en sus verdaderos términos, evidenció un problema racial como lo que era en el fondo, y sigue siéndolo: un problema social. Ha nacido cierta burguesía negra, pero la enorme mayoría del poder económico está aún en manos de los blancos. Con todo, Sudáfrica es uno de los países en desarrollo que forma parte del bloque Brics, junto a gigantes como Brasil, Rusia, India y China. Mandela es el padre de esa patria, que está lejos de ser perfecta pero desde hace veinte años es un país normal. Mandela se retiró después de cumplir su mandato en 1999 y en el 2005 abandonó toda aparición pública. De ahora en adelante será uno de los grandes de la historia mundial. (*) Físico y químico