Detrás de escena: crianza digital en vacaciones

Durante las vacaciones, el uso de pantallas se intensifica y pone en juego el rol de los adultos. Más que prohibir o habilitar sin límites, la crianza digital propone acompañar con presencia, diálogo y coherencia para construir hábitos tecnológicos saludables.

Por Por Laura Krochik, especialista en crianza y vínculos

Las vacaciones de verano traen un cambio de rutinas y una pregunta que se repite en muchas familias: ¿qué hacemos con las pantallas ahora que no hay escuela? El debate no pasa por prohibir o habilitar sin límites, sino por acompañar procesos.

Las pantallas no son buenas ni malas en sí mismas. Lo que importa es cómo, cuándo y para qué se usan, y qué lugar ocupan dentro del vínculo entre adultos y niños.

Con el cambio de rutinas, los tiempos se flexibilizan y la tecnología suele ganar más presencia en la vida cotidiana. Frente a esto, aparecen posiciones extremas: prohibir por completo o habilitar sin límites. Sin embargo, desde una mirada vincular, la crianza digital no se trata de controlar dispositivos, sino de acompañar procesos.

Durante el año, muchas reglas están sostenidas por la estructura escolar. En vacaciones, ese marco se diluye y quedan al descubierto las dinámicas familiares reales. Lejos de ser un problema, esto puede convertirse en una oportunidad para repensar hábitos.

La crianza digital implica acompañar activamente a niños y niñas en el uso de la tecnología, promoviendo el diálogo, la confianza y el pensamiento crítico, más que la prohibición absoluta. No se trata solo del tiempo frente a la pantalla, sino del contenido, el contexto y la presencia adulta.

Muchas veces confundimos acompañar con vigilar. Revisar sin avisar, controlar en silencio o imponer reglas sin diálogo suele generar distancia, uso oculto o conflictos innecesarios.

Los chicos desarrollan hábitos digitales más saludables cuando existen conversaciones abiertas y frecuentes con los adultos, y cuando sienten que pueden pedir ayuda si algo los incomoda en el entorno digital.

Acompañar implica interesarse genuinamente: preguntar qué miran, qué juegan, con quién interactúan y qué emociones aparecen en ese intercambio.

En la crianza digital, el ejemplo pesa tanto o más que cualquier acuerdo. Los niños no solo escuchan lo que decimos sobre las pantallas: observan cómo las usamos nosotros. Si pedimos presencia mientras respondemos mensajes, o hablamos de límites pero vivimos disponibles para todos menos para ellos, el mensaje se vuelve confuso.

Las vacaciones pueden ser un espejo incómodo, pero honesto. Nos muestran cuánto lugar ocupa la tecnología en nuestra propia regulación emocional: cuando estamos cansados, aburridos o sobrepasados. No para culparnos, sino para hacernos cargo.

Criar también es revisar nuestras prácticas, no solo las de nuestros hijos.

Acompañar en el mundo digital es animarnos a estar presentes, incluso cuando no es cómodo. Es tolerar el aburrimiento, el pedido insistente, la frustración que aparece cuando apagamos una pantalla sin ofrecer reemplazos vacíos, sino un vínculo real.

No se trata de ser perfectos, sino de ser coherentes: entre lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos.

Cuando los adultos demonizan las pantallas, el mensaje que llega no es “quiero cuidarte”, sino “lo que te interesa está mal”. Esto suele generar culpa o desconexión.

La tecnología también es un espacio de socialización, juego, aprendizaje y expresión. Negarlo nos aleja de la posibilidad de acompañar de verdad.

No se trata de eliminar la tecnología, sino de integrarla en un equilibrio saludable con otras experiencias fundamentales: juego libre, movimiento, descanso y vínculo.

La crianza digital no es un tema tecnológico: es profundamente emocional. Tiene que ver con límites amorosos, coherencia y presencia. Con mostrar que el mundo digital no está separado del mundo real, sino que forma parte de él.

La tecnología llegó para quedarse. El desafío no es resistir, sino humanizar su uso. Y eso no se logra solo con controles parentales, sino con adultos disponibles, conscientes y dispuestos a vincularse, también —y sobre todo— cuando no hay escuela que ordene desde afuera.


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