Mutaciones electoralistas

Redacción

Por Redacción

De ser otras las circunstancias, el gobernador bonaerense y candidato presidencial Daniel Scioli continuaría procurando convencer al electorado de que es el hombre indicado para manejar con tranquilidad la crisis que dejará el gobierno kirchnerista sin privar a nadie de los beneficios a los que tantos se han acostumbrado, o sea, que “cambio y continuidad” resulte ser algo más que un eslogan un tanto pueril. Es lo que viene haciendo Scioli, con mucho éxito, desde hace años, durante los cuales ha encabezado las encuestas de opinión merced a una combinación de oficialismo de baja intensidad con esporádicos gestos de rebeldía. Sin embargo, la semana pasada Scioli abandonó la moderación sensata que le ha permitido conservar el apoyo de muchos que no simpatizan con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para transformarse repentinamente, en un programa televisivo, en un defensor furibundo y sumamente enojado de su jefa y enemigo acérrimo de los que, como el fallecido fiscal Alberto Nisman, se han animado a acusarla de cometer delitos. Por ser cuestión de un político que la tarde del 10 de diciembre podría sentarse en el sillón de Rivadavia, la metamorfosis imprevista motivó extrañeza: los “talibanes” kirchneristas, personajes como Aníbal Fernández, Carlos Kunkel y Diana Conti, son considerados piantavotos, mientras que la popularidad de Scioli se debe a su negativa a adoptar posturas combativas. Aunque los interesados en las vicisitudes de la campaña electoral atribuyeron el cambio impresionante que Scioli se permitió al temor a que Cristina decida oponérsele antes de que su candidatura oficialista se haya formalizado, traspié que lo obligaría a prescindir de la ayuda del aparato político estatal que los kirchneristas han puesto al servicio de su propio proyecto, también sembró alarma entre quienes confiaban en que, una vez a salvo en la Casa Rosada, el gobernador seguiría siendo el dirigente medido y nada autoritario que creían conocer. A menos que se hayan equivocado los que creen que el país está harto de conflictividad, intolerancia y ataques ad hóminem, de persistir Scioli en el nuevo papel que ha elegido correría el riesgo de perder el apoyo de los muchos que ven en él un antídoto para los excesos más lamentables de los cultores del “estilo K”. Sería de suponer, pues, que los asesores de campaña que lo rodean esperan que la ciudadanía lo tome por un hipócrita que sólo finge sentirse indignado por la actitud hacia la presidenta de buena parte de la oposición. No parece haber muchas diferencias ideológicas entre los tres precandidatos que lideran la carrera presidencial, Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa. A juzgar por sus respectivas trayectorias, son centristas pragmáticos. Con todo, el resultado de las elecciones dependerá no sólo de la personalidad –mejor dicho, la imagen– del eventual ganador sino también de la coalición que consiga armar. Desde hace meses los tres están coleccionando manifestaciones de apoyo de intendentes municipales, gobernadores provinciales y dirigentes de distintas fracciones políticas de origen radical, peronista, izquierdista y vecinal. En esta empresa Macri, que acaba de anotarse un triunfo resonante en su propio feudo, ha logrado más que Massa, pero aún no ha sabido apropiarse de muchos “espacios” en la provincia de Buenos Aires, donde Scioli sigue siendo muy fuerte, aunque podría perder terreno si entre los peronistas veteranos que lo acompañan se difundiera la sospecha de que está dispuesto a ceder demasiado a los militantes de La Cámpora respaldados por Cristina. Para algunos, acaso muchos, la interna peronista es tan importante como la campaña presidencial, ya que, aun cuando Scioli triunfara en las urnas, no les haría ninguna gracia verse reemplazados por militantes ultras. Asimismo, si bien es factible, aunque poco probable, que el fervor kirchnerista de la versión más reciente del gobernador termine persuadiendo a Cristina de que no es un neoliberal como siempre había sospechado sino un auténtico paladín de la causa nacional y popular, su apoyo podría costarle la aprobación de muchos que han estado tentados a respaldarlo por entender que se justificaban las críticas de militantes, o de rivales como el ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo, que se ensañaban con él por su evidente falta de pasión ideológica.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Miércoles 29 de abril de 2015


De ser otras las circunstancias, el gobernador bonaerense y candidato presidencial Daniel Scioli continuaría procurando convencer al electorado de que es el hombre indicado para manejar con tranquilidad la crisis que dejará el gobierno kirchnerista sin privar a nadie de los beneficios a los que tantos se han acostumbrado, o sea, que “cambio y continuidad” resulte ser algo más que un eslogan un tanto pueril. Es lo que viene haciendo Scioli, con mucho éxito, desde hace años, durante los cuales ha encabezado las encuestas de opinión merced a una combinación de oficialismo de baja intensidad con esporádicos gestos de rebeldía. Sin embargo, la semana pasada Scioli abandonó la moderación sensata que le ha permitido conservar el apoyo de muchos que no simpatizan con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para transformarse repentinamente, en un programa televisivo, en un defensor furibundo y sumamente enojado de su jefa y enemigo acérrimo de los que, como el fallecido fiscal Alberto Nisman, se han animado a acusarla de cometer delitos. Por ser cuestión de un político que la tarde del 10 de diciembre podría sentarse en el sillón de Rivadavia, la metamorfosis imprevista motivó extrañeza: los “talibanes” kirchneristas, personajes como Aníbal Fernández, Carlos Kunkel y Diana Conti, son considerados piantavotos, mientras que la popularidad de Scioli se debe a su negativa a adoptar posturas combativas. Aunque los interesados en las vicisitudes de la campaña electoral atribuyeron el cambio impresionante que Scioli se permitió al temor a que Cristina decida oponérsele antes de que su candidatura oficialista se haya formalizado, traspié que lo obligaría a prescindir de la ayuda del aparato político estatal que los kirchneristas han puesto al servicio de su propio proyecto, también sembró alarma entre quienes confiaban en que, una vez a salvo en la Casa Rosada, el gobernador seguiría siendo el dirigente medido y nada autoritario que creían conocer. A menos que se hayan equivocado los que creen que el país está harto de conflictividad, intolerancia y ataques ad hóminem, de persistir Scioli en el nuevo papel que ha elegido correría el riesgo de perder el apoyo de los muchos que ven en él un antídoto para los excesos más lamentables de los cultores del “estilo K”. Sería de suponer, pues, que los asesores de campaña que lo rodean esperan que la ciudadanía lo tome por un hipócrita que sólo finge sentirse indignado por la actitud hacia la presidenta de buena parte de la oposición. No parece haber muchas diferencias ideológicas entre los tres precandidatos que lideran la carrera presidencial, Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa. A juzgar por sus respectivas trayectorias, son centristas pragmáticos. Con todo, el resultado de las elecciones dependerá no sólo de la personalidad –mejor dicho, la imagen– del eventual ganador sino también de la coalición que consiga armar. Desde hace meses los tres están coleccionando manifestaciones de apoyo de intendentes municipales, gobernadores provinciales y dirigentes de distintas fracciones políticas de origen radical, peronista, izquierdista y vecinal. En esta empresa Macri, que acaba de anotarse un triunfo resonante en su propio feudo, ha logrado más que Massa, pero aún no ha sabido apropiarse de muchos “espacios” en la provincia de Buenos Aires, donde Scioli sigue siendo muy fuerte, aunque podría perder terreno si entre los peronistas veteranos que lo acompañan se difundiera la sospecha de que está dispuesto a ceder demasiado a los militantes de La Cámpora respaldados por Cristina. Para algunos, acaso muchos, la interna peronista es tan importante como la campaña presidencial, ya que, aun cuando Scioli triunfara en las urnas, no les haría ninguna gracia verse reemplazados por militantes ultras. Asimismo, si bien es factible, aunque poco probable, que el fervor kirchnerista de la versión más reciente del gobernador termine persuadiendo a Cristina de que no es un neoliberal como siempre había sospechado sino un auténtico paladín de la causa nacional y popular, su apoyo podría costarle la aprobación de muchos que han estado tentados a respaldarlo por entender que se justificaban las críticas de militantes, o de rivales como el ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo, que se ensañaban con él por su evidente falta de pasión ideológica.

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