Obama y los musulmanes

Estados Unidos, un país relativamente joven cuyos fundadores, inspirándose en los ideales de la Ilustración europea, quisieron romper con el pasado, con un «viejo mundo» plagado de odios ancestrales y costumbres a su juicio anticuadas. El resultado ha sido la nación que desde hace más de un siglo encarna la modernidad y, en opinión de la mayoría de los norteamericanos, la normalidad, una pretensión que por motivos comprensibles irrita sobremanera a virtualmente todos los demás. Ante el desafío planteado por el poder físico y la influencia cultural de Estados Unidos, muchos europeos, latinoamericanos y asiáticos han reaccionado lamentando el materialismo grosero que a su entender lo caracteriza y tratando a los norteamericanos como bárbaros poco sofisticados sin valores espirituales. Justificados o no, tales reparos no han impedido que sus propios países hayan adoptado las pautas inherentes a la sociedad de consumo que se inició en América del Norte.

Acaso los más angustiados por la difusión de los valores comerciales, igualitarios e individualistas propios de Estados Unidos han sido aquellos musulmanes que no tienen ningún deseo de liberarse del pasado. Como casi todos los progresistas norteamericanos, el presidente Barack Hussein Obama atribuye la mala imagen de su país, y la hostilidad visceral de los islamistas, en lo que llama «el mundo musulmán» a los acontecimientos de los años últimos, en especial la invasión de Irak ordenada por George W. Bush, pero la verdad es que empezó mucho antes. Los ideólogos del islamismo, hombres como Sayyid Qutb, aprendieron a odiar el estilo de vida norteamericano a mediados del siglo pasado por considerarlo radicalmente incompatible con sus convicciones religiosas. En cuanto a la fase actual de la «guerra santa» que están librando los islamistas contra el resto del género humano desde el siglo VII, ya estaba en marcha cuando Obama, que nació en 1961, era un adolescente. La revolución iraní se produjo en 1979; la matanza de 241 marines estadounidenses en Beirut sucedió en 1983.

Con alusiones a su propia familia, la que, como señaló, incluye a musulmanes (se cuidó de decir que su padre era uno, es de suponer porque no quería correr el riesgo de verse acusado del crimen capital de apostasía), y a sus años en Indonesia, país en que estudió en un colegio musulmán donde lo registraron como un alumno musulmán más, Obama acaba de pronunciar en Egipto un discurso «histórico» en que abogó por «un nuevo comienzo» basado en intereses comunes y el respeto mutuo entre Estados Unidos y quienes viven en la cincuentena de países que conforman el «mundo» islámico. Si bien las primeras reacciones han sido positivas, lo que no es sorprendente en vista de la voluntad de Obama de congraciarse con los musulmanes exagerando la importancia de sus aportes al saber y al desarrollo de Estados Unidos, además de tomar por un dechado de tolerancia multicultural e interétnica «Andalucía y Córdoba durante la Inquisición», el que por desgracia distó de ser el caso, es poco probable que haya convencido a muchos de modificar sus actitudes hacia la superpotencia. Por cierto, no se habrán sentido impresionados los líderes religiosos que todos los días convocan a los fieles a inmolarse en la lucha contra los norteamericanos y, sobre todo, contra los judíos, pueblo cuya maldad esencial está subrayada en el Corán y en un sinfín de textos islámicos escritos a través de los siglos.

El ex presidente Bush no exageraba cuando afirmaba que, si bien en su opinión el islam es «una religión de paz», los islamistas «nos odian no por lo que hacemos sino por lo que somos». Como los europeos, latinoamericanos y asiáticos que protestan contra el vacío que ven en la versión norteamericana de la civilización occidental, los islamistas saben que el eventual triunfo de la modernidad estadounidense significaría el fin definitivo de lo que aún queda del orden con el que se sienten comprometidos, mientras que los musulmanes «moderados», los que como la mayoría de los occidentales no toman al pie de la letra todas las doctrinas de su fe, temen que sus propias sociedades sencillamente no estén en condiciones de modernizarse y que en consecuencia les aguarde un futuro terrible.

Países no occidentales como el Japón y, últimamente, China y la India se han reconciliado con la civilización dinámica, a un tiempo destructiva e innovadora, que fue creada por Europa y Estados Unidos, pero con escasas excepciones los países musulmanes se han resistido a acompañarlos. La mayoría de sus habitantes no quiere que las mujeres disfruten de los mismos derechos que los hombres, se opone a la libertad religiosa; en muchos países, los apostatas, y los homosexuales, son castigados con la muerte. En Arabia Saudita es rutinario que las autoridades incineren cualquier símbolo cristiano o, es innecesario decirlo, judío que cae en sus manos. Mientras persistan tales diferencias, el «respeto mutuo» con el que sueña Obama obligaría a los occidentales a abandonar a su suerte a los millones de árabes, iraníes, pakistaníes y otros que, lo mismo que los disidentes soviéticos de la época de la Guerra Fría, comparten sus valores. Obama es consciente de la contradicción así supuesta, pero en su discurso optó por minimizar su importancia como si creyera que «los estereotipos negativos sobre el islam» no tienen nada que ver con lo que efectivamente hacen y dicen los musulmanes más influyentes.

Desde convertirse en presidente de Estados Unidos, Obama no ha dejado pasar ninguna oportunidad para afirmar que a su entender su país ha cometido una cantidad enorme de errores pero que en adelante tratará de ser más humilde. Puede que dicha postura haya complacido a los muchos progresistas norteamericanos, europeos y latinoamericanos que están convencidos de que una proporción muy grande de los conflictos internacionales es producto de nada más que la arrogancia y la ignorancia de Bush, pero en el «mundo musulmán» la retórica en tal sentido sólo habrá servido para consolidar los prejuicios de quienes creen que los fieles son víctimas de una siniestra conspiración judeocristiana y que por lo tanto los musulmanes mismos no son responsables del estado desastroso de casi todos aquellos países en que conforman la mayoría. Aunque no es de suponer que Obama se haya propuesto cohonestar la autocompasión colectiva típica del «mundo musulmán», es lo que acaba de hacer en El Cairo, la capital de una dictadura represiva, en una universidad -cuyo «gran jeque» ha hecho gala de su aprobación de los atentados suicidas- que décadas antes era célebre por el respeto por la libertad académica que la distinguía de tantas otras instituciones educativas del Medio Oriente pero que en la actualidad se destaca sólo por el fanatismo de su cuerpo docente.

 

JAMES NEILSON


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