Lo que 18 días de protestas dejaron en Ecuador




María Sol Borja *


La posibilidad de dialogar devolvió la esperanza a quienes intentan ver los matices de un conflicto cuyos síntomas más agudos se atenuaron pero que, en ningún caso, ha desaparecido.


Han pasado dos semanas desde que se llegó a un acuerdo para dar fin al paro nacional, tras 18 días de protestas violentas en todo Ecuador. Los resultados de las paralizaciones dejaron un país aún más fragmentado de lo que ya estaba y evidenciaron aquellos problemas silenciosos e invisibles que se agudizan en las zonas más alejadas del debate público.

La movilización de miles de personas indígenas empobrecidas a Quito, capital del país, obligó a mirar aquello que, en lo cotidiano, la mayoría de la gente no ve: niños con desnutrición infantil crónica; campesinos que producen buena parte de los alimentos sin que su esfuerzo les permita tener una vida digna; ausencia del Estado en las comunidades más empobrecidas; jóvenes sin ninguna esperanza en el futuro.

En medio de esto, la violencia que aterrorizó a los quiteños y de la cual el movimiento indígena intentó deslindarse: locales comerciales destruidos, un ataque al edificio central de la Fiscalía General y a la Unidad de Flagrancia, periodistas agredidos. Todo eso, aupado por un discurso en los extremos: racista o profundamente condescendiente; clasista o totalmente desconectado de las condiciones de vida paupérrimas de muchos ecuatorianos.

El discurso pretendía posicionar que había dos bandos en confrontación: los manifestantes y el resto; los buenos y los malos -o a la inversa, depende de quién lo mire- y, por lo tanto, los unos debían ser encarcelados, enviados a sus comunidades o eliminados. Esa burda simplificación de un asunto con muchos más matices solo ha contribuido a ahondar las diferencias y evitar mirar el fondo de los problemas que desembocaron en un paro nacional.

A eso, se sumaron grandes pérdidas económicas. Según el gobierno, estas alcanzan los 1,000 millones de dólares, con un promedio de 55 millones por cada día en que el país estuvo parado. Estas superan las que ya hubo en octubre de 2019, tras el paro de 11 días: allí, la estimación del Banco Central del Ecuador fue de 821 millones de dólares.

Esta vez, uno de los sectores más afectados fue el florícola, de por sí profundamente golpeado por el conflicto en Ucrania. Miembros de esta industria denunciaron, a día seguido, amenazas, extorsión y destrucción de las flores que debían ser exportadas.

La industria láctea calculaba, a la semana de iniciado el paro, más de 13 millones en pérdidas. El sector avícola también sufrió el impacto: muchos pollos tuvieron que ser sacrificados porque el bloqueo de las carreteras impedía que llegara el alimento a las granjas avícolas.

Con todo eso, la posibilidad de dialogar devolvió la esperanza a quienes intentan ver los matices de un conflicto cuyos síntomas más agudos se atenuaron pero que, en ningún caso, ha desaparecido. Esta paz es tan frágil que cualquier declaración poco calculada del presidente puede sabotear todo el esfuerzo.

“Esta es una alianza con el correísmo y en esta alianza habría participado un tercer actor”, aseguró Lasso en una entrevista con Infobae, refiriéndose a los actores del paro, el mismo día en que se instaló la primera mesa de diálogo. “Este actor es el narcotráfico en Ecuador”, sentenció el presidente. La Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador respondió negando que ese fuera el origen del financiamiento.

Esas declaraciones en la boca del presidente de la República deberían tomarse con seriedad y deberían estar acompañadas de sustento. Caso contrario, pueden convertirse en una eficiente forma de sabotear los procesos de diálogo entre gobierno y los líderes de la protesta -que iniciaron la semana pasada y deben durar 90 días-. Además, son la leña adicional a un fuego ya prendido que, durante los 18 días de protesta, estuvo en su máximo nivel, pero que sigue sin apagarse del todo.

El presidente -el que más- y todos los otros líderes políticos tienen ahora la responsabilidad enorme de contribuir a sanar esas heridas profundas que dejó el paro nacional en toda la sociedad. Y eso viene con un diálogo profundo, pacificador y concreto, y viene también con respuestas tangibles desde el Gobierno: regresar a ver a la ruralidad, reducir las brechas económicas y garantizar el acceso a salud y educación de los más pobres.

Sin eso, el surgimiento de otra protesta violenta es solo cuestión de tiempo.

* Periodista ecuatoriana y editora política en el sitio gk.city. The Washington Post


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