Suave y al medio

Redacción

Por Marcelo Antonio Angriman *

Es un rito de cada fin de año, entregarse al hipnótico desfile de los especiales de fútbol. Horas de imágenes donde, entre jugadas y reportajes, emergen detalles imperceptibles pero trascendentes.

Más aún hoy, cuando el eco de la tercera estrella en Qatar 2022 todavía resuena como un refugio, antes de que el próximo Mundial nos despierte de este sueño fantástico o que las turbulencias extrafutbolísticas de los despachos, intenten eclipsar la gesta de los jugadores.

De ese arcón de recuerdos, hay una «perla» que merece ser rescatada por su peso simbólico: la pluma con la que Lionel Messi escribió los penales cruciales hacia el título.

Es un fenómeno que desborda lo atlético para adentrarse en la psicología del alto rendimiento. Porque el fútbol, como la vida, suele ponernos frente a frente con el abismo de la decisión final.

Desde mi óptica como observador de las conductas deportivas, lo que presenciamos fue una lección magistral de temple y economía de recursos. Una decisión que desafía el mandato cultural del «potrero», donde el primer mandamiento del penal es la descarga de poder: “Fuerte a una punta o fusilar al medio”.

Lejos de la pirotecnia, el capitán argentino —en el umbral más crítico de su carrera— optó por la estética de la «levedad». Patear un penal fuerte a los ángulos es un acto de prepotencia física; hacerlo suave al centro es un acto de jerarquía emocional. Es la diferencia entre golpear y acariciar.

Si analizamos su bitácora desde los doce pasos, contra Arabia Saudita, inauguró el camino con sutileza. Un toque casi indolente que dejó al arquero en el suelo mientras el balón «dormía» en la red central.

Frente a Polonia malogra su único penal del torneo, frente a Wojciech Szczesny al patear fuerte y al palo izquierdo del arquero, algo que quedaría grabado fuertemente en la memoria inmediata del diez.

Contra Países Bajos en tiempo reglamentario, repitió la dosis de seguridad. Una mirada que ancló al arquero y un remate que privilegió la dirección sobre la violencia. En tanda de penales y luego de un intento de provocación, su “pase” al medio desarticuló a Andries Noppert. No fue solo un gol, fue un mensaje de calma en medio de la tempestad.

En la final contra Francia, Messi no dudó. Ejecutó con un desdén aparente hacia el riesgo, comprendiendo que Hugo Lloris se entregaría al impulso ciego de los palos. Y en la tanda definitiva, tras caminar esos 50 metros cuando cruje la historia, definió con una parsimonia quirúrgica, asegurando que el contacto fuera limpio, como si la pelota fluyera mansa por un pequeño hilo de agua ya trazado.

Es extremadamente complejo mantener el eje cuando el entorno es un campo de fuerzas emocionales. Kingsley Conan -atajado- y Aurelian Tchouameni —desviado-, atrapados por la urgencia lo padecieron. Messi, en cambio, utilizó la psicología a su favor.

Técnicamente, el remate «suave y al medio» explota la neurobiología del arquero: en instancias terminales, el guardameta siente la obligación moral de «jugarse» hacia un lado para no ser juzgado por su estatismo. El rosarino convirtió esa inercia ajena en su mayor aliada. Emotivamente, esta elección revela un control absoluto de la amígdala cerebral. En el preciso instante en que el pulso del mundo se acelera, Messi desacelera.

Es el triunfo de la razón sobre el instinto de supervivencia. No necesitó «romper» el arco; solo precisó vencer la voluntad del otro.

Como suelo remarcar en mis clases sobre responsabilidad y valores: el verdadero líder no es quien más fuerte grita, sino quien conserva la nitidez cuando el aire se nubla.

Me inclino a pensar que cada penal pateado así, valió mucho más que una unidad en el marcador. Fue un nutriente para el ánimo de sus compañeros y un veneno para la moral del rival.

Messi, contra toda receta, nos enseñó que la paz interior es, quizás, la herramienta técnica más letal y sofisticada del deporte moderno.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


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