Zamba de la Candelaria
En esas jornadas de bohemia, de poesía, de vino y de canción, nació este hermoso tema, de agradable melodía y de muy bella letra

Fue un mes de febrero, en este caso del año 1952, el que señaló el nacimiento de una de las canciones más icónicas de nuestro folklore, tal la anunciada en el título, cuya riqueza excede ampliamente el simple dato o recuerdo histórico.
En efecto, este tema que todos hemos escuchado en innumerables ocasiones por muchos y diversos intérpretes, debe su nombre a que fue compuesta en la Estancia “La Candelaria”, ubicada en el mágico Valle de Lerma, en cercanías de ciudad de Salta, emblemático lugar que era el punto de reunión de la bohemia local de ese entonces.
Su propietario era un nativo de esa provincia: don Gustavo Adolfo Marrupe, mencionado en la letra del tema musical con el apelativo de “Poncho”, apodo que se lo había bien ganado por dar abrigo y cobijo a quien lo necesitara.
Era éste un hombre de honda fe católica, y en un lugar destacado de su finca había erigido un oratorio dedicado a la virgencita de la Candelaria, de ahí el nombre del establecimiento.
La letra de esta zamba es la obra de uno de nuestros máximos poetas, el salteño Jaime Dávalos, mientras que la melodía que la contiene nos llega de la mano del gran músico también salteño Eduardo “el Turco” Falú, es decir, una sociedad que nos ha legado inolvidables composiciones. “Tonada de un viejo amor”, “La Nochera”, “Milonga de un Triste”, “Las Golondrinas”, entre otras, dan plena fe de ello.
Asi fue que, en esas jornadas de bohemia, de poesía, de vino y de canción, nació este hermoso tema, de agradable melodía y de muy bella letra, obra de este dúo autoral.
De la nombrada en último término, de su poesía, quiero referirme en especial, ya que en su estrofa inicial hallo uno de los mejores usos de la metáfora en la canción, con la soberbia descripción que hace Dávalos del anochecer: “Nació esta zamba en la tarde / cerrando ya la oración / cuando la luna lloraba astillas de plata / la muerte del sol”. Me deja sin adjetivos, en especial cuando resume “lágrimas” y “estrellas” en “astillas de plata”, ¡qué creatividad!; el resto la palabra acompaña tan inolvidable comienzo.
Muchos y muy destacados intérpretes la han puesto en nuestros oídos, pero me inclino por la versión primera, aquella que nos han dejado Los Chalchaleros -grupo folklórico símbolo de Salta- en su conformación inicial con Juan Carlos Saravia, Aldo Saravia, Víctor Zambrano y Carlos Franco Sosa.
Ninguno de quienes he nombrado en estas líneas -creadores. anfitrión e intérpretes- nos acompaña ya en esta vida, por lo que, seguramente, de vez en cuando han de alegrar el cielo con una juntada bohemia en la que no faltará la virgencita de Candelaria cuyos oídos serán endulzados por esta zamba que tan bien nos la recuerda, especialmente cuando el día deja su lugar a la noche.
* Miembro de la filial Neuquén de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE)

Fue un mes de febrero, en este caso del año 1952, el que señaló el nacimiento de una de las canciones más icónicas de nuestro folklore, tal la anunciada en el título, cuya riqueza excede ampliamente el simple dato o recuerdo histórico.
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