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Redacción

Por Redacción

Muchos simpatizantes del gobierno del presidente Mauricio Macri se sienten frustrados porque, según ellos, no ha sabido comunicarse con la ciudadanía para explicarle las razones por las que no ha tenido más alternativa que la de tomar muchas medidas económicas muy antipáticas. Quienes piensan así no se equivocan, pero acaso no les convendría a los macristas perder el tiempo polemizando con adversarios que suelen hablar como si estuvieran convencidos de que los recursos son infinitos y que por lo tanto sólo a un neoliberal desalmado se le ocurriría intentar sanear las cuentas nacionales. Tampoco sería de su interés esforzarse por subrayar la importancia del arreglo con “los buitres” –mejor dicho, con la Justicia norteamericana–, que nos ha permitido salir del default, ya que los beneficios no serán inmediatos y, de todos modos, voceros de los distintos bloques opositores los acusarían de haber negociado mal, dando a entender que ellos mismos hubieran conseguido un resultado muchísimo más favorable. Puesto que el gobierno necesita contar con el apoyo o, cuando menos, la aquiescencia, de legisladores que no son miembros de la coalición Cambiemos, es comprensible que haya sido reacio a debatir acerca de temas ideológicos en que, en vista de las tradiciones nacionales en la materia, no le sería fácil asegurarse el apoyo mayoritario. Según parece, espera que, andando el tiempo, los resultados concretos de su gestión sean lo bastante elocuentes como para modificar radicalmente el clima de opinión. Sea como fuere,“ sin la participación evidente del Poder Ejecutivo, el país está arreglándoselas para escribir un nuevo ‘relato’, uno que se basa en la evidencia de que la gravísima crisis actual se debe a mucho más que la ineptitud que es tan típica del populismo voluntarista. Casi todos los días, aparecen datos que sirven para confirmar no sólo que el gobierno kirchnerista fue fenomenalmente corrupto sino que sus integrantes más conspicuos siguen subordinando virtualmente todo, incluyendo el bienestar de sus compatriotas, a sus propios intereses. Por cierto, son cada vez menos los que ignoran que la agresividad creciente de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales de La Cámpora se debe a su voluntad de intimidar a la Justicia para que los deje en paz para que puedan conservar lo mucho que adquirieron en el transcurso de “la década ganada”. No exageraba la diputada Elisa Carrió cuando dijo que lo que Cristina quiere es “voltear” al gobierno de Macri; es tan complicada la situación judicial en que se encuentra que incluso en el llano la expresidenta se ve constreñida a aferrarse a la vieja opción de “yo o el caos”. Macri y sus colaboradores más influyentes tienen buenos motivos para no querer brindar la impresión de aprovechar el poder de la presidencia para desacreditar a los dirigentes kirchneristas, ya que en tal caso les permitirían asumir la postura de víctimas de una campaña de persecución política. A diferencia de quienes están exhortándolos para que adopten una actitud menos pasiva, creen que sería mejor para el país que se despolitizaran tanto lo relacionado con el manejo de la economía como todo lo vinculado con la Justicia. De haber logrado los defensores del “proyecto” kirchnerista –y de los intereses personales de los responsables de conducirlo– instalar la idea de que las acusaciones en su contra se hayan originado en reparticiones gubernamentales, el impacto de las revelaciones que día tras día se difunden hubiera sido decididamente menor de lo que en efecto ha sido. Puede que siempre haya un “núcleo duro” resuelto a reivindicar todo lo hecho por el gobierno kirchnerista y tratar como meramente anecdóticos los delitos cometidos, pero en los meses últimos se ha contraído mucho al alejarse el grueso del peronismo de una facción que, tal y como están las cosas, ya se parece más a una secta de fanáticos con los cuales es imposible intercambiar ideas que a una agrupación política. Sucede que, una vez más, el peronismo está tratando de reinventarse, y parecería que los dirigentes más promisorios han llegado a la conclusión de que sería un error estratégico solidarizarse con Cristina y otros kirchneristas que están en aprietos, razón por la que están dispuestos a abandonarlos a su suerte luego de haberlos acompañado hasta lo que los compañeros más cínicos, o realistas, suelen llamar “la puerta del cementerio”.


Muchos simpatizantes del gobierno del presidente Mauricio Macri se sienten frustrados porque, según ellos, no ha sabido comunicarse con la ciudadanía para explicarle las razones por las que no ha tenido más alternativa que la de tomar muchas medidas económicas muy antipáticas. Quienes piensan así no se equivocan, pero acaso no les convendría a los macristas perder el tiempo polemizando con adversarios que suelen hablar como si estuvieran convencidos de que los recursos son infinitos y que por lo tanto sólo a un neoliberal desalmado se le ocurriría intentar sanear las cuentas nacionales. Tampoco sería de su interés esforzarse por subrayar la importancia del arreglo con “los buitres” –mejor dicho, con la Justicia norteamericana–, que nos ha permitido salir del default, ya que los beneficios no serán inmediatos y, de todos modos, voceros de los distintos bloques opositores los acusarían de haber negociado mal, dando a entender que ellos mismos hubieran conseguido un resultado muchísimo más favorable. Puesto que el gobierno necesita contar con el apoyo o, cuando menos, la aquiescencia, de legisladores que no son miembros de la coalición Cambiemos, es comprensible que haya sido reacio a debatir acerca de temas ideológicos en que, en vista de las tradiciones nacionales en la materia, no le sería fácil asegurarse el apoyo mayoritario. Según parece, espera que, andando el tiempo, los resultados concretos de su gestión sean lo bastante elocuentes como para modificar radicalmente el clima de opinión. Sea como fuere,“ sin la participación evidente del Poder Ejecutivo, el país está arreglándoselas para escribir un nuevo ‘relato’, uno que se basa en la evidencia de que la gravísima crisis actual se debe a mucho más que la ineptitud que es tan típica del populismo voluntarista. Casi todos los días, aparecen datos que sirven para confirmar no sólo que el gobierno kirchnerista fue fenomenalmente corrupto sino que sus integrantes más conspicuos siguen subordinando virtualmente todo, incluyendo el bienestar de sus compatriotas, a sus propios intereses. Por cierto, son cada vez menos los que ignoran que la agresividad creciente de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales de La Cámpora se debe a su voluntad de intimidar a la Justicia para que los deje en paz para que puedan conservar lo mucho que adquirieron en el transcurso de “la década ganada”. No exageraba la diputada Elisa Carrió cuando dijo que lo que Cristina quiere es “voltear” al gobierno de Macri; es tan complicada la situación judicial en que se encuentra que incluso en el llano la expresidenta se ve constreñida a aferrarse a la vieja opción de “yo o el caos”. Macri y sus colaboradores más influyentes tienen buenos motivos para no querer brindar la impresión de aprovechar el poder de la presidencia para desacreditar a los dirigentes kirchneristas, ya que en tal caso les permitirían asumir la postura de víctimas de una campaña de persecución política. A diferencia de quienes están exhortándolos para que adopten una actitud menos pasiva, creen que sería mejor para el país que se despolitizaran tanto lo relacionado con el manejo de la economía como todo lo vinculado con la Justicia. De haber logrado los defensores del “proyecto” kirchnerista –y de los intereses personales de los responsables de conducirlo– instalar la idea de que las acusaciones en su contra se hayan originado en reparticiones gubernamentales, el impacto de las revelaciones que día tras día se difunden hubiera sido decididamente menor de lo que en efecto ha sido. Puede que siempre haya un “núcleo duro” resuelto a reivindicar todo lo hecho por el gobierno kirchnerista y tratar como meramente anecdóticos los delitos cometidos, pero en los meses últimos se ha contraído mucho al alejarse el grueso del peronismo de una facción que, tal y como están las cosas, ya se parece más a una secta de fanáticos con los cuales es imposible intercambiar ideas que a una agrupación política. Sucede que, una vez más, el peronismo está tratando de reinventarse, y parecería que los dirigentes más promisorios han llegado a la conclusión de que sería un error estratégico solidarizarse con Cristina y otros kirchneristas que están en aprietos, razón por la que están dispuestos a abandonarlos a su suerte luego de haberlos acompañado hasta lo que los compañeros más cínicos, o realistas, suelen llamar “la puerta del cementerio”.

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