Palabras para Túpac Amaru

Por Redacción

De la carta a José Gabriel Condorcanqui -Túpac Amaru- escrita por Atahualpa Yupanqui, se reproducen a continuación algunos fragmentos.

«A José Gabriel Condorcanqui, allá en el cielo indio:

«Desde mi pampa te saludo, cacique, con todas mis tolderías desplegadas. Amanece en la tierra del sur, llanura de mis abuelos. Es el viento de la esperanza, el sueño alto de los hombres libres, pintando auroras que crecen como bendiciones sobre los campos y los pueblos.

«Este viento lleva en su vuelo los ecos nunca dormidos de tu voz, tus luchas en la sierra escarpada, tus meditaciones allá sobre los cuatro mil metros de Surimana, o en Cacha, junto a la piedra del templo de Viracocha, luego de oir a los runas dolerse hasta el martirio diciéndote: ¡Peldaños somos, señor! ¡Sobre nuestro lomo trepan al caballo aquellos que nunca nos amaron! ¡Ayúdanos, Túpac!

«Larga ha sido la noche en nuestra América, Condorcanqui. Ha engordado la tierra con la sangre del indio. Todo lo que brilla, menos la armonía, se lo han repartido los capitanes de la ambición (…).

«Pero dicen los altos pensantes que «ninguna fuerza se pierde» si emana del fondo de una conciencia limpia y de un amor sin mezquindades. Hace poco se cumplieron doscientos años de tu sacrificio, cuando cuatro caballos atados a tus brazos y tus piernas te ensancharon en libertad.

«Antes de morir, viste a Leonor, tu esposa, pequeña, frágil como un amancay de octubre, tan fina que el cordel del garrote vil no pudo ceñirse en su cuello, y tú, amarrado entre dos barras de hierro, tuviste que contemplar la horrible muerte de tu compañera, despedazada a puntapiés y pedradas por los siete asesinos al servicio del «señor corregidor» Areche, que observaba los hechos a tu lado, cruzados los brazos, sin hacer gesto alguno.

«Y luego, por centésima vez, Areche te ha pedido el nombre de tus colaboradores en la gran rebelión. Y tú, corazón lastimado en los despojos de tu Leonor, miraste al tirano, y con voz alta y firme has dicho: «Aquí no hay más culpables que tú y yo. Tú, por tirano y opresor. Y yo por querer libertar a mi pueblo, a mis hermanos. Los dos merecemos la muerte».

«Era la mañana del 19 de abril de 1781. Entre los peñascales, Túpac, algunos rostros de bronce y granito asomaban. Eran tus runas, los que luego se convertirían en chasquis hacia los cuatro rumbos de la sierra, narrando la tragedia al Tahuantinsuyu».

«Duro precio paga siempre el anhelo de libertad en los hombres y en los pueblos. Y pasaron los años y los tiempos colgando sus horas en los muros del destino. Y te multiplicaste y reviviste, y se repitió tu holocausto y te resucitaron los soles de América en la selva, la pampa y la montaña, Tatay Condorcanqui» (…).

«Todo tiempo es buen tiempo para orar. Quiero sentir mi corazón en alto rezando por la paz, por la unión de los hombres, por la consagración de la armonía. Tal vez se pueda derrotar un día a todo lo que envilece y deforma la vida». (Télam).


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