Perder
La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra
OPINIÓN
“Un día te darás cuenta de que el hombre no aprende nada de ganar. El hecho de perder puede brindarle mucha sabiduría. Y parte de esa sabiduría es que es mucho más agradable ganar. Pero es inevitable perder de vez en cuando. Lo importante es no dejar que se vuelva costumbre”, le dijo Henry a su sobrino Max, cuando era un niño y pasaba sus veranos en los viñedos de su tío en Francia, antes de convertirse en un ambicioso hombre de negocios en Londres.
Al ver la escena de la película “Un buen año”, Capi se traslada una década hacia atrás, cuando la pelota dio en el palo y salió hacia fuera. El favorito cayó el día menos pensado, contra el más débil. Y se derrumbó el sueño de campeón.
Al repasar aquel partido de fútbol, surgen señales que recién con el tiempo Capi interpreta como indicios de que las cosas podían salir mal: “Perder también puede ser ganar, porque enseña si uno quiere aprender”, reflexiona.
Capi no es el único que sigue analizando lo que pasó aquella tarde. Todos los que la sufrieron, reconstruyen una versión propia, que cada tanto vuelve, como una herida que no deja aleccionar.
Aquel día, un rato antes de que el equipo subiera al micro, uno de los integrantes de la delegación había dicho: “Ya está chicos, son campeones”. El entrenador quiso asesinarlo con la mirada, como si supiera el daño que esa frase podía provocar. “Uh, me olvidé la gorrita”, soltó el goleador, un zurdo talentoso, algo caprichoso y afecto a la cábalas.
“Nunca se gana antes de jugar, lo saben”, advirtió el entrenador antes del partido. Casi nadie lo miraba. Cada uno en lo suyo: atándose los cordones, haciendo jueguitos, apostando cuántos goles iban a hacer.
Después, la pesadilla: la pelota no entraba, erraban pases fáciles y el técnico no sabía qué hacer. El arquero gritaba buscando reacción. Todos chillaban. El impensado 1-3 los eliminaba. Queda menos de un minuto, y un penal no sirve ni de consuelo: el tiro da en el palo. No hubo rendija para la ilusión. Perdió el que no perdía hace años.
Esa tarde, los derrotados quieren que se los trague la tierra. Capi se saca la camiseta y patea una botellita de agua. Piensa en revolear una silla pero sabe que el entrenador nunca se lo perdonaría. Se escapa, se encierra en el vestuario. Sentado en el inodoro, apoya los codos en las rodillas. El cuello se quiebra y las manos le cubren los ojos.
Media hora después se encuentran todos en el micro. No se escucha ni un susurro. Capi camina hacia el fondo, sin mirar a nadie y se sienta solo. Anhela que alguien lo pellizque y le diga: “Dale, despertate que tenemos que jugar la final”.
Una década después, Capi escucha a un amigo que pasó los 40 años: “El fútbol, para mí, sigue siendo un espacio para poner en juego el temple e incluso mi tolerancia a la derrota, un ejercicio que, aún a mi pesar, practico más de lo que me gustaría”.
Capi asiente con la mirada, y le comenta: “Ojalá algún día pueda recordar aquella derrota con satisfacción. Como la otra cara de las lágrimas. Dicen que hay cosas por las que no hay que llorar porque se terminaron, sino sonreír porque llegamos a vivirlas”.
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