Plazas de toros y debates
Héctor Ciapuscio (*)
Qué sabemos la generalidad de los argentinos de corridas de toros? Seguramente, salvo los que han viajado y tienen experiencia visual, muy poco. Los conocimientos de las generaciones maduras probablemente se reducen a lo que ofrece la televisión y al recuerdo de imágenes de “Sangre y arena”, una película famosa con argumento en el libro de Vicente Blasco Ibáñez que inició la era del tecnicolor allá por 1940. O, en todo caso, han leído cuentos de Hemingway o poesía de García Lorca. Para los españoles, en cambio, es un objeto de altísimo interés, tanto que muchos consideran a la tauromaquia como “la fiesta nacional”. En los últimos tiempos, a influencia de tantos cambios en el mundo, la continuidad de las corridas es materia de discusión entre taurinos y antitaurinos. Un debate reciente que protagonizaron intelectuales eminentes es ilustrativo y sigue provocando reacciones. Rafael Sánchez Ferlosio, Premio Cervantes de Literatura y uno de los intelectuales más influyentes en España, publicó a principios de agosto en “El País” un artículo crítico sobre esa fiesta tradicional vista como una forma de cultura en su país. Quiso aclarar algunas muchas cosas y plantear su rechazo de esos espectáculos. Aclaró, por ejemplo, que los catalanes los han prohibido a base de la consideración del sufrimiento de los toros de lidia pero que, en verdad, quienes primero se escandalizaron con las corridas fueron turistas ingleses en el entresiglo XIX-XX y no por la suerte de los toros sino por la de los caballos, víctimas de sus filosos cuernos. Una ordenanza de 1846, por ejemplo, establecía un cupo de sacrificio de seis caballos por cada toro de la faena. Recién en 1928, bajo la dictadura de Primo de Rivera –y no por compasión sino porque él mismo y su dama acompañante habían sido salpicados por las tripas de un equino despanzurrado– se estableció la protección de una gualdrapa forrada sobre esos animales. La medida hizo que desde las graderías de todas las plazas se levantase una protesta unánime del público agraviado, entre otras cosas, por el hecho de que el número de caballos muertos entraba en el baremo popular calificatorio de la bravura del toro. La molestia sustantiva de Ferlosio es que desde siempre la cultura populista ha sido un medio de control social, o político-social cuando hace falta, un instrumento para conservar o perpetuar lo más gregario, lo más enajenante, lo más homogenizador. Su referencia concreta es la histórica del Coliseo romano y el “Panem et circenses” (pan y circo) de los emperadores. Hoy esa cultura está, dice, “muy cabalmente representada por ese inmenso cero que es el fútbol”. (Está claro que se refiere al fútbol en el mundo –“la única religión planetaria”, comentó George Steiner– y no, seguro que ni lo imagina, al vergonzoso “Fútbol para Todos” de la Argentina). Reconoce que hay partidarios castellanos (Cataluña prohibió las corridas) que, o bien niegan el factor del sufrimiento, o le dan connotación espiritual. Han existido, y existen, apologistas y entusiastas de las fiestas taurinas como una alta funcionaria del gobierno de Rajoy que propuso declararlas “Patrimonio de la Humanidad”. Hasta filósofos como Savater y Ortega, que han escrito ensayos laudatorios. A Ortega lo crucifica diciendo que “llegó a tocar las más altas cimas de las grandes paridas o máximas chorradas que se conozcan en asunto-toro”. Por ejemplo, cuando sostuvo: “No puede comprender la historia de España quien no haya construido, en rigurosa construcción, la historia de las corridas de toros”. La conclusión de Sánchez Ferlosio es directa y sin ambages: “Mi deseo de que los toros desaparezcan no es por compasión, sino por vergüenza de los hombres”. A la semana nomás y en el mismo diario, Mario Vargas Llosa le respondió con un artículo titulado “La “barbarie” taurina. No se anda con chicas. Califica a la nota del otro como “una de las diatribas más destempladas y feroces que he leído contra este espectáculo”. Su nota de réplica comienza con una descripción erudita, con un despliegue estilístico como el que distingue toda su prosa, de una corrida que ha presenciado hace poco en Marbella. Pasa luego a exponer las razones que tiene para indignarse. Reconoce que en el espectáculo hay una violencia que para muchas personas resulta intolerable. Esto es algo comprensible y respetable. Pero es menos digno de respeto, en cambio, que Ferlosio y quienes quisieran acabar con la tauromaquia traten de privar de su fiesta a los que aman su espectáculo. Esto es, dice con manifiesta exageración, un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Tampoco es respetable en su opinión la caricatura de las corridas como expresión de machismo y chulería. Vargas Llosa, peruano-español y Nobel de Literatura, protesta que el autor del artículo hace aparecer como si las corridas fueran cosa exclusiva de los de Castilla que se han puesto a reivindicar su “alta culturalidad”. Y se pregunta, ¿qué hay de los andaluces, vascos, gallegos, peruanos, colombianos, ecuatorianos, mexicanos, bolivianos que defendemos la fiesta? Y refiriéndose a las calificaciones de Ferlosio contra Savater y su ensayo sobre tauromaquia y muerte, así como a la expresión de Ortega sobre la influencia del toreo en la historia de España, las considera innecesarias, hirientes e injustas. Estos pensadores, dice, han escrito ensayos que ayudan a entender “la complejidad de la fiesta y su entraña sociológica, su reverberación tradicional y mítica, sus raíces psicológicas y su valencia artística”. Sostiene (con la metonimia “toros” por “corrida de toros”, que es usual allá) que para entender cabalmente esos ensayos hay que amar a los toros, no odiarlos. “Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que desaparezcan de la faz de la tierra”. Pero eso no ocurrirá, espera, “no todavía, por lo menos”. (*) Doctor en Filosofía
Héctor Ciapuscio (*)
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