Presidentas en apuros
Gobernar cuando sopla un viento de cola muy fuerte suele ser relativamente fácil, sobre todo en países de tradiciones populistas en que la mayoría se ha acostumbrado a atribuir los beneficios económicos a la generosidad del mandatario, pero si amaina o cambia de dirección, hacerlo no lo es en absoluto. Si bien algunos gobernantes logran defenderse culpando a los adversarios locales o extranjeros por todos los reveses sufridos, otros, que no pueden o no quieren intentarlo, no tardan en encontrarse en graves dificultades. Ha sido éste el destino de la presidenta brasileña Dilma Rousseff. Apenas el 7,7% de sus compatriotas aprueba su gestión y corre riesgo de verse sometida a juicio político por su eventual participación en un extenso sistema de corrupción que involucra a centenares de políticos y empresarios. También está en problemas su homóloga chilena, Michelle Bachelet, la que se ha visto perjudicada por el desempeño decepcionante de la economía de su país y por algunos escándalos que en el resto de la región no motivarían mucha indignación pero que, en Chile, han sido suficientes como para privarla de la reputación de ser una mandataria muy honesta. En la actualidad, Bachelet ostenta un índice de popularidad inferior al 30%. Felizmente para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en la Argentina rigen normas bastante distintas; a pesar de una crisis económica que es peor que las de los países vecinos y un nivel de corrupción llamativamente superior, según las encuestas de opinión al acercarse a su fin una gestión de ocho años su imagen personal sigue siendo envidiable. Lo que tienen en común los casos de Brasil y Chile es que los gobiernos respectivos no han podido cumplir las promesas electorales. Mientras que Rousseff engañó a los votantes afirmándose contraria a cualquier ajuste, lo que le permitió aventajar por un margen ajustado a su rival principal Aécio Neves, Bachelet creía que podría iniciar una serie de programas sociales y educativos sin tener que preocuparse por los costos económicos. Una vez en el poder, Rousseff puso en marcha un programa “neoliberal” aún más duro que el previsto por el candidato opositor, con la esperanza de que la mayoría entendería que, dadas las circunstancias, no tenía otra alternativa. Se equivocó, claro está. Parecería que el grueso de los brasileños se había dejado convencer por la propaganda triunfalista del gobierno centroizquierdista, y por el entusiasmo de algunos comentaristas internacionales influyentes, conforme a lo cual su país estaba por erigirse en una gran potencia económica, superando a las europeas, sólo para despertar un día en medio de una recesión. Asimismo, las medidas tomadas por el ministro de Finanzas, Joaquim Levy, no han seducido a los inversores; aunque las consideran necesarias, comparten el pesimismo que se ha apoderado de la mayoría –el 87% de los consultados, según una encuesta reciente– cuando piensa en el futuro económico de su país. Aunque la economía chilena ha evolucionado mucho más que la brasileña en las décadas últimas, todavía depende excesivamente del precio internacional de un solo producto, el cobre, del cual es el principal exportador mundial, que ha caído mucho debido a la ralentización de la economía china. Frente a la merma de las divisas proporcionadas por la venta de cobre, el gobierno de Bachelet tiene forzosamente que tratar de frenar el crecimiento del gasto público, postergando o abandonando medidas con las que se siente comprometido, pero le cuesta explicarlo a quienes imaginaban que a la presidenta le sería dado instrumentar un programa de reformas sociales ambiciosas y que suponían que “la austeridad” era una manifestación de perversidad derechista. En algunos países, la mayoría suele adoptar una actitud realista frente a dificultades ocasionadas por cambios en el exterior. Puede que, una minoría revoltosa aparte, los chilenos se resignen a que los próximos años no serán propicios para los partidarios de un mayor gasto público, pero a juzgar por la agitación callejera ya rutinaria en contra de Rousseff, es poco probable que lo hagan los brasileños, razón por la que muchos temen que nuestro socio gigantesco esté por internarse en un período signado por un grado peligroso de inestabilidad tanto económica como institucional.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 28 de julio de 2015
Gobernar cuando sopla un viento de cola muy fuerte suele ser relativamente fácil, sobre todo en países de tradiciones populistas en que la mayoría se ha acostumbrado a atribuir los beneficios económicos a la generosidad del mandatario, pero si amaina o cambia de dirección, hacerlo no lo es en absoluto. Si bien algunos gobernantes logran defenderse culpando a los adversarios locales o extranjeros por todos los reveses sufridos, otros, que no pueden o no quieren intentarlo, no tardan en encontrarse en graves dificultades. Ha sido éste el destino de la presidenta brasileña Dilma Rousseff. Apenas el 7,7% de sus compatriotas aprueba su gestión y corre riesgo de verse sometida a juicio político por su eventual participación en un extenso sistema de corrupción que involucra a centenares de políticos y empresarios. También está en problemas su homóloga chilena, Michelle Bachelet, la que se ha visto perjudicada por el desempeño decepcionante de la economía de su país y por algunos escándalos que en el resto de la región no motivarían mucha indignación pero que, en Chile, han sido suficientes como para privarla de la reputación de ser una mandataria muy honesta. En la actualidad, Bachelet ostenta un índice de popularidad inferior al 30%. Felizmente para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en la Argentina rigen normas bastante distintas; a pesar de una crisis económica que es peor que las de los países vecinos y un nivel de corrupción llamativamente superior, según las encuestas de opinión al acercarse a su fin una gestión de ocho años su imagen personal sigue siendo envidiable. Lo que tienen en común los casos de Brasil y Chile es que los gobiernos respectivos no han podido cumplir las promesas electorales. Mientras que Rousseff engañó a los votantes afirmándose contraria a cualquier ajuste, lo que le permitió aventajar por un margen ajustado a su rival principal Aécio Neves, Bachelet creía que podría iniciar una serie de programas sociales y educativos sin tener que preocuparse por los costos económicos. Una vez en el poder, Rousseff puso en marcha un programa “neoliberal” aún más duro que el previsto por el candidato opositor, con la esperanza de que la mayoría entendería que, dadas las circunstancias, no tenía otra alternativa. Se equivocó, claro está. Parecería que el grueso de los brasileños se había dejado convencer por la propaganda triunfalista del gobierno centroizquierdista, y por el entusiasmo de algunos comentaristas internacionales influyentes, conforme a lo cual su país estaba por erigirse en una gran potencia económica, superando a las europeas, sólo para despertar un día en medio de una recesión. Asimismo, las medidas tomadas por el ministro de Finanzas, Joaquim Levy, no han seducido a los inversores; aunque las consideran necesarias, comparten el pesimismo que se ha apoderado de la mayoría –el 87% de los consultados, según una encuesta reciente– cuando piensa en el futuro económico de su país. Aunque la economía chilena ha evolucionado mucho más que la brasileña en las décadas últimas, todavía depende excesivamente del precio internacional de un solo producto, el cobre, del cual es el principal exportador mundial, que ha caído mucho debido a la ralentización de la economía china. Frente a la merma de las divisas proporcionadas por la venta de cobre, el gobierno de Bachelet tiene forzosamente que tratar de frenar el crecimiento del gasto público, postergando o abandonando medidas con las que se siente comprometido, pero le cuesta explicarlo a quienes imaginaban que a la presidenta le sería dado instrumentar un programa de reformas sociales ambiciosas y que suponían que “la austeridad” era una manifestación de perversidad derechista. En algunos países, la mayoría suele adoptar una actitud realista frente a dificultades ocasionadas por cambios en el exterior. Puede que, una minoría revoltosa aparte, los chilenos se resignen a que los próximos años no serán propicios para los partidarios de un mayor gasto público, pero a juzgar por la agitación callejera ya rutinaria en contra de Rousseff, es poco probable que lo hagan los brasileños, razón por la que muchos temen que nuestro socio gigantesco esté por internarse en un período signado por un grado peligroso de inestabilidad tanto económica como institucional.
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