Primos hermanos

Por Héctor Mauriño

El politólogo francés Alain Touraine acaba de plantear una hipótesis inquietante. En un escrito, reflexionó sobre la debilidad de las instituciones políticas argentinas y se formuló la pregunta «¿Existe la Argentina? Existen los argentinos, pero, ¿existe la Argentina?»

El provocativo interrogante fue recogido por «Clarín», que convocó a varios intelectuales para plantearles la misma hipótesis. Entre los que respondieron estuvo el historiador Luis Alberto Romero, quien partió de la presunta crisis de identidad de los argentinos, subyacente en el planteo de Touraine y sostuvo que lo que nos afecta en realidad es «un exceso de identidad». Así, pasó revista al «nacionalismo traumático, culposo e intolerante», sintetizado en aquello del supuesto «destino de grandeza» y concluyó que hoy se piensa igual pero a la inversa: que somos los peores del mundo.

Pero la esencia de «Refundaciones», tal el título del muy recomendable artículo de Romero, es su conclusión respecto de que la innegable profundidad de la crisis actual se vive paralelamente al hecho de que por primera vez funcionan sin reservas «instituciones políticas democráticas y plurales» en un clima de tolerancia antes nunca visto. Es allí donde el autor prende una luz roja, al advertir que la búsqueda obsesiva de la «identidad nacional» suele esconder salidas providenciales detrás de un líder o mesías, como ocurrió, por ejemplo, con Galtieri en la Guerra de Malvinas.

La noticia sobre la detención de Menem y sobre todo lo que ella lleva implícito, la constatación de que no existen intocables para la ley cuando ésta puede actuar libre de presiones, es una buena noticia y podría constituir un punto de partida para la recuperación de la autoestima nacional, vapuleada por una crisis de valores sin precedentes en la que el menemismo tiene precisamente mucho que ver.

Sin duda, la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador está lejos de constituir el acto de mayor corrupción imputable a un gobierno como el menemista, salpicado por un sinnúmero de escándalos y denuncias. Pero es un buen comienzo y puede constituir un paradigma sobre la condenable discrecionalidad que empapa muchas de las decisiones de la política nacional desde la refundación de la democracia en 1983.

Justamente, lo característico del sistema republicano es el equilibrio de poderes, la garantía de que nadie podrá definir totalmente a su antojo sobre lo que le toca administrar y de que quien intente hacerlo deberá rendir cuentas. Lo contrario, aquello a lo que venimos asistiendo en la política nacional, son las denominadas «razones de Estado» que se invocan a discreción para justificar lo injustificable.

Por desgracia, el menemismo no es una conducta aislada a ser tipificada en un compendio de criminología política: es además una ideología muy difundida en el país.

Quitando a los menemistas neuquinos, que se vieron en la obligación de defender a su desangelado jefe, el único sector del espectro político local que no identificó la detención del ex presidente con una señal positiva para el país fue el gobierno provincial.

Curiosamente, el gobernador se manifestó preocupado por el «ruido político» que ocasionaba el hecho y en sus declaraciones tendió a identificarse con el ex presidente procesado -al que en un lapsus bastante frecuente hoy aludió como «el presidente»- al recordar que en su momento él también fatigó los pasillos de los tribunales.

También consideró lo ocurrido al riojano como algo «nada grato» para la imagen del país, al contrario de lo que evaluó la gran mayoría de los miembros de la «clase política» con la casi exclusiva excepción de los amigos del ex presidente.

En realidad, esto no parece muy casual. Durante su gestión anterior, Sobisch no ocultó nunca su admiración por Menem e inclusive en muchas de sus actitudes políticas es posible advertir la impronta desinhibida del ex presidente. Esto se nota por ejemplo en su pasión sin reservas por los viajes. Pero también en la audacia para desestimar los controles de otros poderes, como ocurrió con el decreto de necesidad y urgencia por el cual convalidó el acuerdo con Nación que contenía el ajuste rechazado por la oposición. O en su resistencia a consultar a la Legislatura respecto del acuerdo con Repsol, que compromete reservas de la provincia por muchos años.

Desde luego, todos los pragmatismos se parecen y el PJ y el MPN son en alguna medida primos hermanos. Pero hay algo intrínseco al menemismo que es compartido sin reservas por el denominado sobischismo: acaso sea la idea nunca esbozada totalmente de que quien tiene los votos hace prácticamente lo que quiere.

Esa idea del poder un tanto alérgica a los controles que plantea el sistema republicano, es la que caracterizó al menemismo. Es, afortunadamente, la que esta semana se ha derrumbado ante los ojos incrédulos del propio Menem.


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