Profetas bajo la lupa

Redacción

Por Redacción

Como los arúspices de otros tiempos y ciertos videntes nada escrupulosos actuales que venden sus servicios en todos los países del mundo, algunas empresas encuestadoras no sólo tratan de pronosticar lo que sucederá en el futuro sino que también se esfuerzan por ayudar a sus clientes, razón por la cual las vinculados con candidatos políticos determinados suelen asegurarles que todo les va viento en popa con la esperanza de que los votantes, impresionados por tanto triunfalismo, opten por apoyarlos, para que sus predicciones optimistas terminan acercándose a la realidad. Si bien es notorio que tales empresas distan de ser confiables, otras han acertado tantas veces que la mayoría las considera más interesadas en defender su propia reputación que en procurar ganar dinero manipulando la opinión pública. Con todo, a veces sucede que todos los encuestadores se equivocan. Es lo que sucedió antes de las elecciones porteñas del 19 de julio. Ninguna empresa vaticinó que sería tan escasa la diferencia entre Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau en el balotaje. El fracaso conjunto así supuesto motivó sospechas entre los partidarios del perdedor de que los responsables de los sondeos preelectorales se habían confabulado en su contra. Por ser cuestión de empresas competidoras, es poco probable que algo así haya ocurrido, aunque semanas antes Rodríguez Larreta mismo, basándose en su propio olfato y la conciencia de que kirchneristas e izquierdistas apoyarían a su contrincante, había dado a entender que podría ganar por un solo voto. Por lo demás, sucede que en otros países todos los encuestadores, incluyendo los más prestigiosos, han cometido errores muy similares; el triunfo amplio de los conservadores del primer ministro británico David Cameron en las elecciones generales recientes ocasionó una sorpresa mayúscula porque, horas antes, sobre la base de los sondeos previos, la oposición laborista aún se creía capaz de desalojarlo del gobierno. Parecería que en todas partes los electorados se han hecho menos previsibles de lo que eran en otras épocas. Con el propósito de separar a los encuestadores confiables de los vendedores de ilusiones, la Cámara Nacional Electoral acaba de dictar una acordada para que todas las empresas del sector le informen acerca de la metodología que usan para averiguar las preferencias populares, quiénes las contratan y cuánto dinero facturan. Según parece, de las más de treinta empresas registradas, apenas ocho cumplen con la ley. Aunque sería de suponer que a todas les convendría hacerlo, ya que en teoría por lo menos sus ingresos dependen de su credibilidad, es evidente que muchas son reacias a revelar sus vínculos con partidos políticos por no querer correr el riesgo de verse acusadas de parcialidad. En el caso de aquellas que no disimulan su voluntad de incidir en la opinión pública a favor de sus clientes comerciales, tal detalle carecería de importancia; además de enviar a los medios periodísticos informes según los cuales ciertos candidatos disfrutan del apoyo de una mayoría silenciosa, les advertirían en privado que la realidad sigue siendo un tanto distinta. Sea como fuere, a esta altura la mayoría sabe muy bien distinguir entre los sondeos meramente especulativos y los presuntamente genuinos. Si bien parecería que pocos confían en los pronósticos ensayados por las empresas encuestadoras, no se ha reducido la demanda. Puede que sea irracional, pero hoy en día las estadísticas, aun cuando sean tan inverosímiles como las difundidas por el Indec, tienen su propio encanto, de suerte que hasta el sondeo más imaginativo servirá para motivar debates y, de un modo u otro, influirá en la conducta de la gente, sobre todo si refleja su propio punto de vista. Es por lo tanto comprensible que, en un año electoral, pocos días transcurran sin que se difundan los presuntos resultados de nuevas encuestas destinados a hacer pensar que un candidato se ha distanciado de todos sus rivales o que otro le está pisando los talones. Por supuesto, las únicas encuestas que realmente importan son las que se llevan a cabo en el cuarto oscuro, pero aun cuando produzcan resultados radicalmente diferentes de las realizadas por las empresas especializadas, éstas podrán atribuir las discrepancias a un inoportuno cambio de opinión por parte de muchos votantes.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 27 de julio de 2015


Como los arúspices de otros tiempos y ciertos videntes nada escrupulosos actuales que venden sus servicios en todos los países del mundo, algunas empresas encuestadoras no sólo tratan de pronosticar lo que sucederá en el futuro sino que también se esfuerzan por ayudar a sus clientes, razón por la cual las vinculados con candidatos políticos determinados suelen asegurarles que todo les va viento en popa con la esperanza de que los votantes, impresionados por tanto triunfalismo, opten por apoyarlos, para que sus predicciones optimistas terminan acercándose a la realidad. Si bien es notorio que tales empresas distan de ser confiables, otras han acertado tantas veces que la mayoría las considera más interesadas en defender su propia reputación que en procurar ganar dinero manipulando la opinión pública. Con todo, a veces sucede que todos los encuestadores se equivocan. Es lo que sucedió antes de las elecciones porteñas del 19 de julio. Ninguna empresa vaticinó que sería tan escasa la diferencia entre Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau en el balotaje. El fracaso conjunto así supuesto motivó sospechas entre los partidarios del perdedor de que los responsables de los sondeos preelectorales se habían confabulado en su contra. Por ser cuestión de empresas competidoras, es poco probable que algo así haya ocurrido, aunque semanas antes Rodríguez Larreta mismo, basándose en su propio olfato y la conciencia de que kirchneristas e izquierdistas apoyarían a su contrincante, había dado a entender que podría ganar por un solo voto. Por lo demás, sucede que en otros países todos los encuestadores, incluyendo los más prestigiosos, han cometido errores muy similares; el triunfo amplio de los conservadores del primer ministro británico David Cameron en las elecciones generales recientes ocasionó una sorpresa mayúscula porque, horas antes, sobre la base de los sondeos previos, la oposición laborista aún se creía capaz de desalojarlo del gobierno. Parecería que en todas partes los electorados se han hecho menos previsibles de lo que eran en otras épocas. Con el propósito de separar a los encuestadores confiables de los vendedores de ilusiones, la Cámara Nacional Electoral acaba de dictar una acordada para que todas las empresas del sector le informen acerca de la metodología que usan para averiguar las preferencias populares, quiénes las contratan y cuánto dinero facturan. Según parece, de las más de treinta empresas registradas, apenas ocho cumplen con la ley. Aunque sería de suponer que a todas les convendría hacerlo, ya que en teoría por lo menos sus ingresos dependen de su credibilidad, es evidente que muchas son reacias a revelar sus vínculos con partidos políticos por no querer correr el riesgo de verse acusadas de parcialidad. En el caso de aquellas que no disimulan su voluntad de incidir en la opinión pública a favor de sus clientes comerciales, tal detalle carecería de importancia; además de enviar a los medios periodísticos informes según los cuales ciertos candidatos disfrutan del apoyo de una mayoría silenciosa, les advertirían en privado que la realidad sigue siendo un tanto distinta. Sea como fuere, a esta altura la mayoría sabe muy bien distinguir entre los sondeos meramente especulativos y los presuntamente genuinos. Si bien parecería que pocos confían en los pronósticos ensayados por las empresas encuestadoras, no se ha reducido la demanda. Puede que sea irracional, pero hoy en día las estadísticas, aun cuando sean tan inverosímiles como las difundidas por el Indec, tienen su propio encanto, de suerte que hasta el sondeo más imaginativo servirá para motivar debates y, de un modo u otro, influirá en la conducta de la gente, sobre todo si refleja su propio punto de vista. Es por lo tanto comprensible que, en un año electoral, pocos días transcurran sin que se difundan los presuntos resultados de nuevas encuestas destinados a hacer pensar que un candidato se ha distanciado de todos sus rivales o que otro le está pisando los talones. Por supuesto, las únicas encuestas que realmente importan son las que se llevan a cabo en el cuarto oscuro, pero aun cuando produzcan resultados radicalmente diferentes de las realizadas por las empresas especializadas, éstas podrán atribuir las discrepancias a un inoportuno cambio de opinión por parte de muchos votantes.

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