¿Puede renunciar el Papa?

Celestino V, en 1294, fue el único pontífice que abdicó de su cargo en el Vaticano. Sin embargo, recientes errores y "gaffes" de Benedicto XVI han actualizado el debate.

Por HUGO MARTÍNEZ VIADEMONTE

(Especial para «Río Negro»)

En la larga historia de la Iglesia Católica la renuncia de un Papa es un hecho tan extraordinario que la sola mención provoca inquietud en los fieles y admiración en los demás, como algo inesperado o extraordinario. En el siglo XIII un monje ermitaño, junto a su crítica severa al pontífice reinante, dio pautas de las reformas que se debían implementar. Los cardenales lo eligieron papa y optó por el nombre de Celestino V. A los pocos meses, tras advertir que no podía romper la maraña de intereses vaticanos, renunció al cargo.

En estos días, en numerosos despachos de prensa internacional fue estampado el tema, a veces como eventualidad y otras como exigencia. Implacablemente la prensa ha puntualizado gaffes o errores en los que ha incurrido Benedicto XVI, de tal magnitud, que comenzó causando sorpresa y ha terminado en crítica severa.

El llamado «incidente de Ratisbona» fue una intervención del Papa en esa prestigiosa universidad alemana. En su disertación efectuó una cita según la cual se afirma: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Mencionar esta cita, cuya autoría es de un tercero, en una universidad de Alemania -que hoy tiene una parte importante de su población musulmana- es, al menos, un descuido. La difusión de la fe por la espada también es algo que la Iglesia Católica tiene que hacerse perdonar en África, Asia, Europa y América. De modo que la intervención pontificia se deslizó de la indiscreción a la falta grave y conflictiva.

Los memoriosos recuerdan que, a los pocos meses de haber asumido como Papa, Benedicto XVI le concedió una entrevista personal a la periodista italiana hoy fallecida Oriana Fallaci, militante antimusulmana que envolvía su fervor en la ignorancia histórica.

Los errores se sucedieron. En su viaje a Angola, el Papa describió a los colonialistas portugueses como pacíficos «visitantes» en el siglo XV, casi turistas, ocultando que transformaron a los angolanos a la esclavitud estableciendo en su puerta la mayor concentración de esclavos, que exportaban a Europa y más tarde la flota negrera lo hizo a América.

Más allá de estos incidentes formales, levantó la excomunión del obispo Marcel Lefevbre y sus seguidores, cabeza del pensamiento radicalmente conservador. Monseñor Richard Williamson, expulsado de la Argentina por sus declaraciones raciales antisemitas, pertenece a la Comunidad de Lefevbre readmitida por el Papa pocos días antes de su viaje a Tierra Santa.

El reciente viaje a Israel del Papa es una demostración personal de valor pero insuficiente para aplacar tensiones milenarias. No hay palabras o gestos que pueda hacer un Papa suficientes para satisfacer la ideología militante del extremismo sionista. Tampoco puede hacer nada que convenza al radicalismo islámico de emprender un camino de paz y armonía. En este esquema observadores independientes estiman que hubiera sido más prudente, para una diplomacia que tiene como unidad de medida el siglo, esperar que un Papa no alemán realizara el viaje a Medio Oriente.

La «Magna Intelligenzia» que se atribuía con justicia a la diplomacia vaticana no parece ser ejercida por la política de Benedicto XVI, que cae en estos errores infantiles en las formas pero significantes señales de su pensamiento. Alarmados por estos errores, los episcopados de Austria, Francia y España le han enviado señales, algunas públicas, al Papa, de la seriedad grave de estos mensajes. No es de extrañar entonces que en este mundo sensibilizado e hiperinformado se hayan multiplicado las voces señalando los errores y las más graves, exigiendo su renuncia.

Los más conocidos periodistas especializados en los análisis sobre el Vaticano expresan con urgencia la necesidad de un cambio radical en la conducción de la Iglesia, como lo hace Giancarlo Zizola, probablemente el más notable de ellos, que sentencia: «La situación es irremediable».

La Nomenklatura Vaticana es generosa en comprender y perdonar toda falta personal a la ética o a la moral de sus autoridades. Lo único que no disculpa por mucho tiempo es la ineficacia histórica del ejercicio del poder.

El 13 de diciembre de 1294 Celestino V renunció al papado. Es la única dimisión que se recuerda. El Papa que le sucedió lo encarceló y un año después murió en su celda, con un clavo enterrado en la cabeza. Las enfermedades y la vejez, seguidas de muerte, han sido con mayor frecuencia las causas por las que un Papa ha dejado el ejercicio del cargo. Muchas otras veces la muerte fue acelerada por un misterioso té o simplemente por un cuchillo. En la larga historia del papado han sucedido todos los hechos que les acaecen a los hombres.


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