Reagan en la Casa Rosada
La estrategia política y económica del presidente Mauricio Macri se asemeja mucho a la elegida por el norteamericano Ronald Reagan en los años setenta del siglo pasado. El ingeniero comparte con el actor de cine transformado en estadista el optimismo exuberante, al parecer no fingido, de quien da por sentado que a pesar de las dificultades todo saldrá bien. Será por tal motivo que ha adoptado una versión propia de “la economía de la oferta” reaganiana según la cual, merced a la mayor producción posibilitada por la reducción de impuestos y la desregulación, a la larga el Estado verá aumentar sus propios ingresos. Con todo, si bien en Estados Unidos el esquema así supuesto brindó resultados satisfactorios, en aquel entonces el gobierno de la superpotencia contaba con ventajas que no se dan en nuestro país, entre ellas la presencia de un empresariado internacionalmente competitivo y la influencia de una cultura económica privatista hostil al intervencionismo estatal. En la Argentina la mayoría parece más interesada en defender con tenacidad sus derechos adquiridos que en mejorar la productividad del conjunto, lo que a su juicio es responsabilidad casi exclusiva del gobierno de turno. En otras latitudes la baja sustancial de Ganancias que el jueves pasado anunció Macri sería tomada por una medida típicamente derechista, ya que sirve para trasladar dinero desde las arcas del Estado a los bolsillos de millones de consumidores de la clase media, en especial los del sector privado, pero puesto que hace años la están reclamando los sindicatos con el apoyo de muchos políticos, aquí la mayoría la considera progresista. Dicen los más contrarios al gravamen, personas como el excandidato presidencial y en la actualidad oficialista crítico Sergio Massa, que es absurdo calificar de “ganancia” el salario, pero sólo se trata de un detalle semántico. Por supuesto que llamarlo “impuesto a la renta” o a “los ingresos”, como es habitual en el resto del mundo, no cambiaría nada. Pues bien, por desagradable que a muchos les parezca, para funcionar el Estado necesita dinero, razón por la que en todos los países desarrollados los impuestos a la renta, es decir, Ganancias, son bastante altos. Si no consigue fondos suficientes a través de impuestos directos o indirectos, el gobierno tendrá que reducir el gasto público o, como es tradicional en la Argentina, procurar mantenerlo al mismo nivel impulsando la inflación al emitir cantidades cada vez mayores de dinero. En sus primeras semanas en el poder, el gobierno de Macri ha eliminado algunas retenciones y bajado otras, además de aliviar la presión impositiva que, por cierto, era excesiva y no contribuía a mejorar los servicios públicos brindados por el Estado, pero también se ha comprometido a gastar mucho más en asistencialismo y a seguir enviando fondos “de emergencia” a las provincias que los necesiten. A menos que lleguen muy pronto los créditos e inversiones que los macristas están tratando de seducir, la inflación se encargará de poner las cosas en su lugar. Para aliviar la carga impositiva no es necesario hacer mucho más que tomar algunas medidas que serían aplaudidas por los sindicatos y criticadas por aquellos, como Massa, que las juzgan demasiado tibias, pero reducir el gasto público para que la brecha entre los ingresos y egresos estatales sea manejable sin provocar la reacción airada, tal vez explosiva, de los perjudicados será una tarea sumamente complicada. Aun cuando sirvieran para ahorrar dinero una lucha frontal contra la corrupción y una purga de los ñoquis y los militantes políticos que el año pasado colonizaron distintas reparticiones estatales, los montos afectados serían relativamente menores. Asimismo, si bien en principio sería bueno para todos que los muchos que dependen de “planes” para subsistir terminaran integrando la fuerza laboral para que aportaran algo al bien común, no se trata de un cambio que podría lograrse en un lapso muy breve. Hasta ahora han fracasado virtualmente todos los esfuerzos por difundir “la cultura del trabajo” entre los que viven así, en parte porque muchos carecen de la preparación mínima para conseguir un empleo en el sector privado y en parte porque políticos de mentalidad clientelista se han acostumbrado a movilizarlos para protestar contra cualquier intento de modificar el statu quo.
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