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¿Resistirá la unidad peronista el desafío de la gestión?

La unidad fue la llave del triunfo electoral, pero gobernar es diferente. Esta coalición entre sectores del peronismo podría verse afectada tanto por fuerzas internas como factores externos. Principales desafíos del inicio de gobierno.

Florencia Filadoro*


Una de las llaves para lograr la victoria del Frente de Todos en la elección presidencial de este año fue la unidad de las principales figuras del peronismo; además de que los argentinos estaban buscando una alternativa de poder para salir de la crisis económica. Sin la unidad peronista, las chances de que Alberto Fernández fuese electo presidente hubiesen mermado considerablemente. Así lo demostraron los desempeños electorales del peronismo de las últimas elecciones de 2013, 2015 y 2017 que, en contraposición, sirvieron fundamentalmente para consolidar el tercio de apoyo de la coalición Cambiemos.

Si bien el gobierno de Alberto Fernández lleva poco más de una semana en funciones, muchos se preguntan si el peronismo se mantendrá unido o no en el mediano plazo. ¿Existen motivos suficientes para dudar de la cohesión de esta coalición? A continuación, analizamos si existen o no amenazas para que esta fuerza sienta la presión de los distintos sectores que la conforman (variables endógenas al peronismo), además del contexto social, económico y político (variables exógenas al peronismo).

Las vertientes del peronismo

En primer lugar, es importante comprender cómo está conformado el Frente de Todos. Las tres principales vertientes de esta coalición se ven representadas por los siguientes dirigentes: Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner (CFK) y Sergio Massa. A ellos se le suman el apoyo de los gobernadores peronistas y otros sectores como sindicatos o movimientos sociales. Cada una de esas vertientes tiene características propias.

En el caso de Alberto Fernández, se destaca esencialmente su capacidad de negociación y diálogo (capacidad que viene ejercitando desde 2017), además de haber sido uno de los principales críticos del kirchnerismo, a pesar de haber sido uno de los referentes con mayor visibilidad en ese espacio. Alberto es un dirigente mayormente conocido por su desempeño en el “armado político”, es decir, en el “detrás de escena” de la política argentina. Sin embargo, 2019 lo encontró trascendiendo la bambalina para ser protagonista en el escenario central.

Para una parte de los argentinos, desde que se conoció la candidatura presidencial de Alberto en compañía de CFK, la principal preocupación fue si efectivamente él gobernaría o lo haría la expresidenta. Especialmente luego de las PASO, Alberto Fernández demostró estar “a la altura de las circunstancias” que vive el país, en tanto que bajó varias veces el tono a las confrontaciones provocadas por un Macri en busca de revertir el negativo resultado de la elección primaria. Ya en septiembre, el 60% de los argentinos confiaba en que Alberto Fernández tenía las capacidades para desempeñarse como presidente, según nuestros estudios de opinión pública.

Por su parte, Alberto sabe, como buen negociador y conocedor de la política, que los tiempos de crisis requieren de un presidente que pueda “poner paños” fríos a ciertas situaciones críticas en la política doméstica.

Cristina Fernández de Kirchner, además de haber sido dos veces presidenta, por su carisma y capacidad de liderazgo (despertando fuertes pasiones o fuertes críticas, aunque imposible de que pase desapercibida), conservó el apoyo de un tercio del electorado a nivel nacional. Inclusive, según nuestras encuestas, en octubre de 2018 el 60% de los argentinos consideraba que la principal figura opositora al gobierno de Macri era CFK. Con ese volumen de liderazgo, recordemos que en mayo de este año fue CFK quien “designó” la candidatura de Alberto Fernández como principal mandatario, “relegando” ella su candidatura “natural” a presidenta.

Adicionalmente, Cristina trae consigo una estructura de poder en la que se apoya la agrupación La Cámpora, que en sus mandatos fue logrando cada vez mayor capilaridad en los distintos niveles de gobierno. Otra característica que difícilmente pase desapercibida de CFK es su forma de construir y ejercer el poder, que puede resumirse (aunque brutalmente) en el siguiente concepto: tras 8 años a cargo del Ejecutivo nacional no logró dejar una figura sucesora o al menos un referente claro de su espacio con apoyo popular (no contamos con que Daniel Scioli sea una figura de su confianza, además de que no logró asegurar la victoria en la elección de 2015).

Otra historia es la de Sergio Massa, que al sumarse al Frente de Todos consolidó simbólicamente la idea de unidad del peronismo. Massa también aporta una agenda de temas más orientada a la “centro-derecha”, favoreciendo la idea de que el Frente de Todos incluye a diversas corrientes políticas.

En 2013 Massa decidió separarse del gobierno kirchnerista para intentar su propia carrera con el Frente Renovador. Si bien el actual diputado recorrió de forma independiente las elecciones de 2013, 2015 y 2017, en 2019 decidió volver al espacio que lo vio crecer, favoreciendo la unidad del peronismo. Con el tiempo, el principal valor de Massa -su cercanía con la ciudadanía y su popularidad- fue mermando, en la medida que su figura pública fue pasando de ser “una de las mayores esperanzas” de los argentinos (como hace unos años lo fue María Eugenia Vidal) a ser “un político más”. Actualmente, si bien su figura cuenta con menor apoyo popular, debido a su destreza de manejo político aún conserva un volumen nada despreciable de poder que ya está poniendo en marcha en el nuevo gobierno de los Fernández. Por ejemplo, preside la Cámara de Diputados, su esposa Malena Galmarini estará a cargo de la empresa estatal Aysa y Mario Meoni, de su círculo, dirige el Ministerio de Transporte.

En una Argentina sumamente compleja, cada vertiente aporta aspectos necesarios para la gobernabilidad, como la capacidad de diálogo, de autocrítica y los distintos tipos de liderazgos político.

Variables exógenas: el contexto social, económico y político

Ante el contexto económico actual, los temas de la agenda del peronismo naturalmente giran en torno a frenar la crisis y luego a lograr una recuperación paulatina de la vapuleada economía doméstica.

De más está decir que la crisis económica es de una gran magnitud: altos índices de pobreza (posiblemente superando el 40% de la población), altos índices de desempleo o una inflación anual mayor al 50%, un sector productivo funcionando apenas en un 60% y así.

El 64% de los argentinos reporta una situación económica mala o muy mala a nivel nacional, o bien casi la mitad de los consultados indica que debió solicitar dinero prestado para afrontar los gastos del mes (según nuestros estudios de opinión pública realizados en octubre y diciembre). Paralelamente, con el cambio de gobierno las expectativas de mejora económica aumentaron, pasando de casi el 20% en septiembre al 50% en diciembre. Esto indica que la población, en especial los votantes del Frente de Todos, está esperando con ansiedad una mejora en la situación económica que será difícil de demostrar en el corto plazo. En este sentido, la llave de la paciencia ciudadana, en gran parte, la tienen los movimientos sociales y los dirigentes sindicales, quienes cuentan con la capacidad de movilización en las calles. La fórmula pareciera ser simple y hasta de sentido común: a mayor movilización, mayor presión política de los dirigentes de turno y, por ende, mayor presión tendrán las distintas vertientes del actual gobierno para encontrar una rápida salida a la crisis. Tanto en política como en la vida misma, en las situaciones límites es cuando las diferencias afloran y se vuelven visibles.

El contexto también brinda elementos políticos a tener en cuenta. En este sentido, el resultado electoral de Juntos por el Cambio con el 40% de los votos en octubre obliga al Frente de Todos a mantener la unidad. De lo contrario, las elecciones legislativas de 2021 podrían cobrar el error político de una eventual división.

Hasta ahora pasó demasiado poco tiempo como para vislumbrar qué sucederá con el peronismo. Este espacio es conocido por “saber manejar el poder” y gracias a esta cualidad sus principales referentes saben que deberán armarse de una paciencia tibetana para atravesar los problemas económicos. En tanto que las “papas quemen”, saben que políticamente les conviene es mantenerse unidos; cuando la situación mejore ya habrá tiempo para “pasar factura” a los compañeros y para “reclamar” espacios. Mientras tanto, de los atributos mencionados -el diálogo, la capacidad de autocrítica y los distintos tipos de liderazgo político- el más necesario e indispensable no solo para mantener la cohesión en el gobierno sino también encaminar el país es el diálogo. Alberto Fernández es el presidente y tiene todas las capacidades para crear y agrandar la “impronta albertista” a este nuevo gobierno peronista.

*Especialista en comunicación política, directora de Reyes-Filadoro y vicepresidenta de Asacop (Asociación Argentina de Consultores Políticos). Twitter: @FlorFiladoro


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