Una chacra patagónica donde conviven una casa de adobe de 1910, la tradición galesa y 50 años de la raza ovina Hampshire Down
En Gaiman, el productor Waldo Williams lleva adelante un sistema que combina el engorde de ganado bovino, la cría de ovinos de la raza Hampshire Down, y el cultivo de todo el alimento necesario para los animales de la chacra. Mientras, comparte con los visitantes más de un siglo de vida rural del establecimiento.
En Gaiman, en pleno valle inferior del río Chubut, el establecimiento Bod Iwan es un fiel reflejo de la historia productiva de la región, que conjuga riego, colonización galesa, diversificación ganadera y, más recientemente, turismo rural.
En ese entorno natural, Waldo Williams continúa una tradición familiar dedicada a la cría de ovinos de la raza Hampshire Down, y con la recría y el engorde bovino, en un sistema que busca producir la mayor parte del alimento dentro de la propia chacra. “Estamos en el valle del río Chubut, un valle irrigado muy similar al del río Negro, aunque más chico”, cuenta Williams al describir el entorno donde se desarrolla la producción.
La base del sistema es agrícola, aunque orientada casi exclusivamente a sostener la actividad ganadera. En las 50 hectáreas de la chacra se cultivan alfalfa, pasturas consociadas y maíz para ensilaje. La estrategia apunta a reducir la dependencia del mercado de alimentos balanceados y mantener el equilibrio productivo. “Tratamos de producir la mayor cantidad de alimentos para los animales, de modo que la dieta esté cubierta lo más posible por lo que nosotros hacemos”, cuenta Williams a Río Negro Rural.
La alfalfa se destina a fardos para el invierno, mientras que el maíz se cortapica y se ensila en bolsas. La vegetación natural del terreno, en tanto, se utiliza para el pastoreo directo de los animales. El objetivo es claro: sostener un sistema eficiente sin sobredimensionar la escala. “Podríamos tener muchos más animales comprando alimento, pero preferimos mantenernos equilibrados con lo que producimos”, explica el productor.
50 años de historia
La historia ovina del establecimiento se remonta a medio siglo. La raza Hampshire Down llegó de la mano del padre y el tío de Waldo, y desde entonces se mantiene como una de las señas de identidad de la chacra. “Las ovejas Hampshire se crían aquí desde hace 50 años; yo heredé la responsabilidad de continuar con esto”, cuenta Williams.
En una provincia tradicionalmente dominada por el Merino lanero, apostar por una raza carnicera fue una decisión poco común en su momento. Sin embargo, el tiempo demostró que tenía un espacio propio. “Es una raza rara para la zona sur, donde predomina el Merino, pero la Hampshire es una raza para carne”.
Adaptación a la Patagonia
La adaptación al clima patagónico no fue un obstáculo. Proveniente de Inglaterra, la raza soporta bien las condiciones de frío y alimentación del sur argentino. El principal desafío, en cambio, fue el acceso a genética. “La barrera sanitaria nos impedía traer animales en pie, así que la solución fue trabajar con semen congelado e inseminación laparoscópica”, dice Williams sobre el manejo de la raza.
Gracias a esa estrategia, el establecimiento logró mejorar la calidad genética de su majada y consolidarse como proveedor de reproductores para distintas provincias patagónicas. “Hemos vendido carneros desde Tierra del Fuego hasta Río Negro y Neuquén”, explica el productor.
“La barrera sanitaria nos impedía traer animales en pie, así que la solución fue trabajar con semen congelado e inseminación laparoscópica”.
Waldo Williams, del establecimiento Bod Iwan.
El rol de la raza en los cruzamientos también explica el creciente interés de productores laneros. “La cruza permite sacar un cordero más pesado y más rápido que el Merino, gracias al vigor híbrido”.
Además, existe una ventaja práctica muy valorada por los productores. “Todos los corderos cruzados con Hampshire salen manchados, así que no hay riesgo de que queden borregas cruzas en la majada”.
Mayor demanda
En los últimos años, ese interés comenzó a crecer con mayor fuerza, y hoy incluso existe demanda de hembras, algo que antes no era habitual.
Si bien los ovinos representan una tradición familiar, el principal ingreso económico del establecimiento proviene de la recría y el engorde bovino. El sistema se basa en la compra de terneros y su terminación a corral utilizando la producción forrajera propia. “Compramos los terneros, los recriamos y los engordamos hasta el peso de faena”, dice Williams sobre el sistema de trabajo implementado en la chacra.
El establecimiento engorda alrededor de 160 animales por año, principalmente de razas Hereford y Angus, dependiendo de la disponibilidad del mercado. Los animales se terminan con un peso vivo cercano a los 420 kilos.
La ubicación del valle del Chubut le otorga a esta actividad un rol estratégico dentro del abastecimiento regional. La zona produce más de la mitad de la carne consumida en la provincia y envía una parte importante hacia el extremo sur del país. “Mucho de lo que producimos va a Santa Cruz y Tierra del Fuego, donde el engorde es más costoso por el clima”.
Las bajas temperaturas obligan a los animales a destinar más energía a mantener su temperatura corporal, lo que encarece el proceso. Por eso, gran parte de la carne que se consume en esas regiones se produce en los valles irrigados.
Agroturismo
La chacra también abrió sus tranqueras al agroturismo, una actividad que combina producción, historia y cultura. Los visitantes recorren el establecimiento, conocen el trabajo ganadero y descubren cómo se producía en otras épocas a partir de herramientas antiguas conservadas por la familia. “Tenemos herramientas de mis abuelos que sirven para explicar cómo se trabajaba con caballos y yuntas”, cuenta Williams.
La experiencia incluye también la historia del valle y de la colonización galesa, que marcó profundamente la identidad de la región. “Mis bisabuelos galeses llegaron en 1880 y mi abuelo vino en 1910; toda esa historia forma parte de lo que contamos”, sostiene.
El recorrido culmina en la casa familiar, una construcción de adobe levantada en 1910 y aún habitada por la familia. “Vivimos en una casa de adobe construida en 1910, que se mantiene perfectamente”, comenta el productor. Las visitas son de día y duran algunas horas, pero permiten acercar al público urbano a la vida rural patagónica.
La continuidad generacional, como en muchas explotaciones familiares, es un tema abierto. Williams reconoce que no es una actividad sencilla, aunque mantiene el optimismo: “No es el mejor negocio ni el mejor trabajo; es algo que te tiene que encantar”.
Mientras tanto, uno de sus hijos ya participa en el área de turismo rural y el establecimiento continúa adaptándose a nuevos desafíos.
A sus 62 años, tras jubilarse del turismo, Waldo dedica más tiempo a la chacra sin dejar de viajar y recibir visitantes. En el lugar conviven pasado y presente, genética, producción granadera, agricultura, turismo, en una síntesis perfecta del mundo rural patagónico.
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