Vinos en la antigua Chos Malal, el esfuerzo que las langostas no pudieron vencer en el Alto Neuquén

El pacto entre dos integrantes de mundos diferentes permitió el inicio de esta noble actividad, que hoy ya ostenta 135 años de trayectoria. Los desafíos de la naturaleza los pusieron a prueba, pero perseveraron en un rincón único. Hoy, el turismo les permite seguir alentando este homenaje a la identidad de familias enteras.

Por Melina Ortiz Campos

Cuando Augusto Martin se acercó a proponerle a los salesianos compartir la tierra, para la viña que proyectaba, corría aproximadamente el año 1895. Chos Malal estaba por cumplir su primera década de vida institucional y desde ambos lados de este acuerdo “productivo”, sus protagonistas venían acumulando experiencia en la agreste Patagonia que los recibió, luego de superar cada uno su propia aventura para llegar a la capital histórica del gran Neuquén. 

El inmigrante francés por un lado, “Martén” para sus vecinos, era el que usaba aros en sus orejas y al que le costaba hablar en español, proveniente de Lyon, terruño de gran tradición vitivinícola. Cambió de continente y de cultura, para llegar al puerto de Buenos Aires, seguir en tren hasta Mendoza y desde allí cruzar al norte neuquino. 

Y entre los sacerdotes, por su parte, fue Mateo Gavotto, un italiano como todos los discípulos de Don Bosco que vinieron en esos años, con quien se entabló el pacto fundacional, el que dio inicio a esta noble actividad. Compañero de Bartolo Panaro, ambos eran los misioneros que tenían en el “corral amarillo” su base para moverse y visitar poblados y parajes del interior profundo.

Una travesía codo a codo nada menos que con Alejandro Stefenelli fue el primer viaje que lo trajo hasta Chos Malal desde Patagones, recorrido en el que tuvo debut y prueba de fuego sobre un caballo, completando las 200 leguas (casi 1000 kilómetros) que lo separaban de su nueva vida, una que sostuvo por más de 30 años. 

Vinos en el Alto Neuquén | Los primeros “quinteros”


Emponchados, literalmente, los misioneros Pagano y Gavotto, en Chos Malal, en 1895. Foto: Archivo Salesiano Bahía Blanca.

El investigador y comunicador Héctor Alegría fue quien dejó para la posteridad parte de esta reconstrucción, impresa en uno de sus libros sobre familias de Chos Malal, la tierra donde había elegido vivir. Con su perseverante y meticulosa revisión de archivos, eclesiales en este caso, se sumó al registro de otro cura y científico, Lino del Valle Carbajal, que en su obra “Por el Alto Neuquén”, ya había empezado a develar con qué desafíos se habían enfrentado estos nuevos vecinos, los “primeros quinteros que plantaron viña y frutales” junto a la Cordillera del Viento.

La iniciativa en “la chacra parroquial” (ubicada en la parte baja de la avenida Flores “a la derecha, al fondo”, según el investigador y exsacerdote Isidro Belver), fue un intento que buscó reparar lo que las langostas casi habían exterminado en 1892, apenas unos años antes. En ese momento las plantas incipientes apenas juntaban fuerza, introducidas por los misioneros en 1891, sostuvo Carbajal, pero la naturaleza se impuso, como estaba acostumbrada por esas latitudes: implacable. 

“Dos años más tarde, el padre Panaro compró por 35 pesos a don Antonio Della Chá unos cuantos cientos de sarmientos de parra, traídos desde Mendoza. Los usó para replantar el viñedo (…) pero aunque lamentablemente ningún sarmiento prendió, no se dejaron vencer por la fatalidad y siguieron adelante, hasta conseguir excelentes viñas”, valoraron, resumiendo en pocas líneas el tenaz esfuerzo que todo esto representaba.

Vinos en el Alto Neuquén | A la salud de “Baco”


El traslado del vino, entre Chos Malal y Mendoza, alrededor de los años ’20. Foto: Archivo General de la Nación.

Es en este punto de la historia cuando llegó Martín, el esposo de Maria Teresa Dechelles y padre de Jules Jean Baptiste, de 17 años, con quienes tenían su hogar al pie del cerro Martín, hoy cerro de la Virgen. Conocedores de la agricultura, aprovecharon las tierras fértiles y el agua disponible para riego, para salir del contexto de supervivencia que venían soportando en su Francia natal. Ellos fueron quienes aportaron al cultivo 5.000 sarmientos de parra traídos desde Mendoza, que fueron preparados con esmero, con la condición del salesiano de que le dejaran “algunos berbechos a cambio”. 

Los resultados, obviamente, no fueron automáticos. Sobrevivientes de las langostas, “la tarea de replantar fue constante, sobre todo desde 1896 a 1902”, continuó el relato guardado en la Casa Misión Chos Malal – Archivo Histórico de Misiones Salesianas. Y como si fuera poco, uno de los sectores fue “arrasado en dos oportunidades por las inundaciones generales del 16 de julio de 1899 y la del año siguiente”.

En ese contexto, la primera cosecha apenas “alcanzó para llenar una botellita de vino”, mientras el padre Panaro optó por dejarle “un pequeño racimo de uva al padre Mateo, que andaba de misión”. Progresivamente, “con el volumen cosechado en 1899 se pudo hacer más de un barril de vino” y fue en 1900 que recién lograron elaborar cuatro barriles. “De ahí en más sabemos lo codiciado que fue el vino de Chos Malal, así como las grapas (…) Con el tiempo, los tres bodegueros más famosos de la zona fueron los padres salesianos, el señor Augusto Martín y el señor Francisco Schouabs”, agregó el detalle de Carbajal. 

Así, a la chacra parroquial, sumaron en el terreno del templo, en centro del pueblo, “una bodega subterránea, una casseta de dos pisos de adobes para trabajos y depósitos, con piletas de cemento y toneles de madera, también toneles muy grandes afuera y dos túneles de crianza, junto al alambique, la embotelladora y las bordalesas chicas”, contó Belver. 

Gracias a la labor realizada, hubo viñedos de variadas clases: la uva llamada ‘Chilena’, “de color negro y grano redondo”, la que mayor provecho daba, con unos 12 kilos promedio, por pie. También del tipo ‘Corinto’ blanca, que “era la primera en brotar”; ‘Francesa’ ó ‘Burdeos’, ‘Moscatel negra’, ‘Cavernier’, ‘Moscatel criolla’ ó ‘Itálica’,‘Dulcetto’ y ‘Filadelfia’, entre otras. Todas y cada una eran seguidas de cerca, para conocer su rendimiento promedio, el tiempo de maduración, la poda necesaria, su resistencia a las heladas regulares y tardías, entre otras características. “En abril está toda madura, para empezar la elaboración del vino. Hay quienes toman este vino en mayo, pero en opinión de todos debe permanecer hasta agosto en que se trasiega, para embotellarlo en diciembre, en que se bebe alegremente a la salud de Baco”, concluyó la narración, nombrando al dios del vino, según la mitología romana. 

Vinos en el Alto Neuquén | “Vendimia Neuquina”


Hoy, el legado de la vitivinicultura en Chos Malal sigue vivo, gracias al impulso de familias particulares que sostuvieron la sabiduría heredada allí mismo y también en Taquimilán, ahora también apoyadas por la difusión que les da el turismo, sector con el que se retroalimentan, entre racimos de Malbec, Pinot Noir y Cabernet Franc. 

La naturaleza en este rincón sigue siendo muchas veces implacable, con un temperamento propio, pero hoy se pueden encontrar las bondades del clima seco, la amplitud térmica y los suelos calcáreos, agradeciendo además, la ausencia de granizo. 

La chacra parroquial con el tiempo se convirtió en barrio, confirmó Belver, mientras que en el terreno de la vieja capilla, en calle Belgrano casi 25 de Mayo, el estacionamiento cubrió la bodega subterránea. También, un salón hizo lo propio sobre el patio cargado de plantas y galerías que permitían caminar entre ellas. 

Pero como contrapartida, la bodega Des De La Torre, vigente hace una década pero con una tradición de cuatro generaciones, es una de las que se sumó a los eventos de “Caminos del vino” y desde este 2026 al calendario de la “Vendimia Neuquina”, de nuevo apostando a la centenaria “uva criolla”, con plantas que seguramente sucedieron a la labor pionera de los salesianos. 

De la misma manera, bajo los parrales originales de Casa Dewey, el disfrute de cada cosecha sigue dando motivos para celebrar la identidad regional. Son ejemplos de una propuesta que 135 años después sigue luciéndose, combinada en el presente con la gastronomía y el talento de los productores, quienes cultivan las mismas ansias que supieron regar el “pairecito” Gavotto y un francés, de apellido “Martén”.


Cuando Augusto Martin se acercó a proponerle a los salesianos compartir la tierra, para la viña que proyectaba, corría aproximadamente el año 1895. Chos Malal estaba por cumplir su primera década de vida institucional y desde ambos lados de este acuerdo “productivo”, sus protagonistas venían acumulando experiencia en la agreste Patagonia que los recibió, luego de superar cada uno su propia aventura para llegar a la capital histórica del gran Neuquén. 

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