Saqueos, ¿inevitables?
GUSTAVO GENNUSO (*)
Así como están las cosas los saqueos eran inevitables, ésa es mi hipótesis. Hay muchas miradas que se pueden hacer para analizar lo que nos está pasando a la luz de los saqueos, acuartelamientos y una realidad insoslayable y dolorosa que nos debería haber llevado a un duelo nacional: más de diez muertos. Todas esas miradas tendrán parte de la explicación a una realidad que es única y sistémica. Mi pretensión en estas líneas es solamente provocar al debate de ideas sobre algunas cuestiones que, considero, fueron parte de las causas fundantes de estos tiempos violentos. Me interesaría que el lector pueda ser desapasionado en su lectura porque no se trata de criticar a un gobierno sino de entender algunas cuestiones. Es parte del discurso obligado de los gobiernos nacionales y provinciales adjudicar los saqueos a una situación organizada y coordinada. Si eso es así, lo único que veo como organizado y coordinado es una política, un modelo –como les gusta decir a muchos–, que lleva a estas situaciones La cuestión es que desde hace muchos años se puso en el centro del desarrollo nacional el consumo. Viene desde décadas atrás. Basta recordar el “voto cuota” del 95. Pero es en esta última década que se puso como zanahoria del bienestar de la población la capacidad de consumir. El tener por encima del ser o tener para ser, como quiera verse. Se impulsó hasta el cansancio que el bienestar está en las “cosas” que podamos adquirir y eso configuró la cultura del consumo. Pero no todos pueden alcanzar la meta del consumo. Hay una gran parte de la población para la cual ya no sirven las cuotas sin intereses, las promociones. Mucha de esa población es juventud que también percibe que los tiempos de la movilidad social nunca le llegarán. Los planes sociales, como la asignación universal –punto de partida que no debe faltar–, ya no alcanzan y demuestran que haberse quedado sólo en eso inmovilizó a los sectores más necesitados. De alguna manera los hizo cautivos del plan. La política gubernamental, vistos sus resultados, congeló la opresión antes que promover la liberación, para hablar en los términos de las luchas setentistas. Basta ver, en esos mismos términos, la paradoja de que hoy la violencia es por acceder a bienes de consumo y no por la discusión de la propiedad de los bienes de producción propia de los movimientos revolucionarios de antaño. Se pelea por ser dueño del producto y no por ser propietario del medio para producirlo, por el trabajo. Esto conforma un coctel peligroso, un verdadero caldo de cultivo para los hechos que se produjeron más allá de los instigadores o de las mentes maquiavélicas que estén atrás. Para que estas cosas masivas sucedan, debe haber un contexto sociocultural propicio, si no cualquier instigación caería en saco roto. El panorama parece apocalíptico pero esa manera de verlo nos inmovilizaría para encontrar un futuro que claramente existe. La historia no se detiene y el futuro se construye todos los días. Si podemos reconocer las causas de los problemas, podremos accionar. En el fondo todos sabemos que de esto se sale trabajando, que las soluciones mágicas nunca nos sirvieron. Necesitamos un cambio contracultural que nos sitúe nuevamente en la cultura del trabajo, el ahorro y la solidaridad. De eso tienen que estar convencidos quienes acceden al poder. (*) Dirigente social y político. Bariloche