Sin edulcorante…

“Cuando Raúl Alfonsín murió, el 13 de marzo de 2009, una y otra vez vimos y escuchamos que se había ido ‘el único ex mandatario que podía caminar por las calles’. No cuestionamos esta sucesión contradictoria de imágenes que de alguna forma tan sólo describe el derrotero de quien se convirtió en el símbolo del proceso iniciado en diciembre de 1983. Entre una y otra escena transcurrieron casi dos décadas, veinte años a lo largo de los cuales ese régimen iniciado en 1983 se asentó, atravesó crisis profundas como las del 2001-2002 y consolidó características que sólo pueden ser consideradas transitorias para quien se aproxime al análisis político desde una concepción ética de la política que, por cierto, no fue ajena al extinto mandatario. ”Pero no fue el panegírico de su honradez en la función pública la única sentencia que se emitió en la despedida de Alfonsín desde los medios de comunicación y las declaraciones de la dirigencia política. Como forma de atacar al gobierno en funciones, se creó una imagen endulcorada y algo sesgada de Alfonsín como símbolo del diálogo y consenso frente a la crispación presente . Por cierto, éste era un rasgo que el ex presidente había cultivado tanto durante su paso por el poder como también en sus años posteriores a abandonar la Casa Rosada. Como contrapartida, el gobierno intentaba construir la imagen de un Alfonsín beligerante –en especial con los sectores ruralistas actualmente en la oposición–, por medio del canal oficial, que reiteraba sistemáticamente el discurso del entonces presidente en la Sociedad Rural Argentina en agosto de 1988, cuando fustigó al público que lo silbaba en la inauguración de la muestra rural de Palermo. ”Claro está que, durante su mandato, Alfonsín combinó estrategias de confrontación y de acuerdo. Esta combinación fue en algunos casos el camino que siguió a una primera derrota: tal fue el caso de la reforma sindical, cuando el Senado echó por tierra la política de democratización impulsada por Germán López y Antonio Mucci y se produjo un violento viraje en la gestión a partir de la asunción de Juan Manuel Casella (como ministro de Trabajo). Pero en otros casos, ambas estrategias convivieron desde un inicio. Sin embargo, algo que sistemáticamente oculta la identificación sin más del ex mandatario con la imagen del diálogo y la formación de consensos es hasta qué punto la conformación de dichos mecanismos, inherentes a una gestión republicana, supuso el desarrollo de políticas de confrontación en una Argentina que emergía del autoritarismo. ”Beligerancias y disposición para el diálogo y la búsqueda del consenso aparecen entonces como interpretaciones unilaterales y antagónicas de un líder que supo combinar dosis de ambos elementos en su paso por la presidencia. Combinación problemática en la que los objetivos de corto y largo plazo de su gobierno entraron en una contradicción por momentos insoluble”. (Gerardo Aboy Carlés, en “Raúl Alfonsín y la fundación de la Segunda República”, trabajo que integra el libro “Discutir Alfonsín”, de varios autores, compilado por Roberto Gargarella, María Victoria Murillo y Mario Pecheny; Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2010, págs. 68 /69)


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