Los peluqueros que hicieron historia en una tierra pionera de la Patagonia
Mucho antes de las barberías modernas y de los grandes salones de belleza, cortarse el pelo en Neuquén significaba acercarse a alguno de los primeros que acompañaron el crecimiento de la ciudad. Juan Di Bernardi fue el pionero.
¿Dónde se cortaban el pelo los primeros neuquinos? La pregunta parece sencilla, pero conduce directamente a los primeros años de una ciudad que todavía estaba construyendo su identidad. Cuando Neuquén estrenaba su condición de capital, a comienzos del siglo XX, la actividad comercial comenzaba a multiplicarse para atender las necesidades de una población que crecía lentamente. Entre esos primeros comercios hubo uno particularmente ligado a la vida cotidiana: la peluquería.
Hoy se celebra el Día del Peluquero. En Argentina tiene sus raíces en la antigua tradición de los barberos. La fecha está vinculada con Luis IX, rey de Francia, fallecido el 25 de agosto de 1270 y luego canonizado como San Luis. Durante la Edad Media, los barberos no se limitaban a cortar el cabello o afeitar: también realizaban sangrías, extracciones dentales y otras prácticas que hoy pertenecen a la medicina. De hecho, durante siglos estuvieron asociados a los cirujanos. Mucho después, aquel antiguo oficio fue transformándose hasta convertirse en la profesión de peluquero que conocemos hoy. En Argentina, la fecha se adoptó como una jornada para homenajear a quienes, tijera en mano, acompañan buena parte de nuestra vida cotidiana.
De acuerdo con el historiador Ángel Edelman, citado en distintas reconstrucciones de la historia neuquina, la primera peluquería instalada en Neuquén fue la de Juan Di Bernardi, un inmigrante italiano que perteneció al primer grupo de italianos que impulsó la creación de la Asociación Italiana de Socorros Mutuos.
No se conserva, al menos en las fuentes consultadas, una fecha precisa de apertura ni la dirección exacta del local de Di Bernardi. Pero sí existe un dato que permite ubicarlo entre los pioneros de la actividad: cuando Neuquén todavía era una ciudad pequeña, su peluquería ya contaba con el instrumental y el mobiliario necesarios para desarrollar profesionalmente el oficio.
Después de Di Bernardi llegaron otros
La peluquería de Di Bernardi abrió el camino. En 1909, César A. Montero instaló la segunda peluquería de la capital, acompañado por su hijo Alfonso, quien trabajaba como ayudante. Después apareció uno de los personajes más populares de aquella primera Neuquén: Félix Pérez y Pérez, conocido como “El Chaval”. Más tarde se sumaron José Herce y Manuel Sánchez.
Con el paso de las décadas, el mapa de las peluquerías neuquinas se fue ampliando. Aparecieron los locales de Bogani —en la primera cuadra de Juan B. Justo y posteriormente adquirido por el alemán Wolff—, Lombardo, en la segunda cuadra de Sarmiento, y los Diorio, en Ministro Alcorta. También se recuerdan las peluquerías de Guardiola, Cuña, Díaz, Jacobo Ulman, Ginés, Varela y Cabezas, entre otros.
Las mujeres también tenían sus propios espacios. Entre los salones de damas de aquella época aparecen la peluquería Vogué, en la segunda cuadra de Juan B. Justo, además de los locales atendidos por Zelma de Bentolila, Blanca Zambón y la señora Deibele.
La peluquería como lugar de encuentro
Aquellas peluquerías eran mucho más que un lugar donde se cortaba el pelo.
En una ciudad todavía atravesada por calles de tierra, los locales comerciales funcionaban como puntos de encuentro y espacios donde circulaban las novedades. La peluquería era también conversación, relaciones sociales y, en muchos casos, un lugar donde los vecinos podían enterarse de las noticias de la comunidad.
Esa dimensión social quedó particularmente marcada en las décadas posteriores, cuando los peluqueros neuquinos llegaron incluso a organizarse en un Centro de Peluqueros de Neuquén, del que formaron parte nombres como Negro Díaz, Cabezas, Beto Giuffrida, Wolff, los Diorio, Alfonso Lombardo y Francisco Conti. Pascual Liborio Venditti llegó a ejercer la presidencia durante 16 años.
La “Tijera de Oro”, un símbolo de otra época
Entre las peluquerías que quedaron grabadas en la memoria de los neuquinos está La Tijera de Oro, de Pascual Liborio Venditti y Crescencia Benente.
El local abrió sus puertas en 1948, en la primera cuadra de la calle Ministro González, y funcionó hasta 1972, cuando Venditti se jubiló. La peluquería estaba instalada en el salón que se encontraba delante de la vivienda familiar.
Venditti había nacido en Italia y llegó a la Argentina en 1925. Su esposa, Crescencia Benente, se dedicaba a la peluquería femenina. Entre sus especialidades estaba la permanente al vapor, para la que utilizaba enormes máquinas que habían llegado desde Buenos Aires.
La tecnología de entonces poco tenía que ver con los actuales secadores y planchitas. Para realizar aquellos peinados, el cabello se sujetaba mediante pequeños dispositivos conectados a una máquina y se utilizaban productos químicos para conseguir los rulos. La fama de Crescencia hizo que algunas clientas llegaran desde Cipolletti e incluso Centenario para atenderse.
Aunque dejó de trabajar en 1962, sus clientas continuaron recordándola durante muchos años.
Entre tijeras, charlas y calles de tierra
La historia de las primeras peluquerías permite imaginar una Neuquén muy diferente de la actual.
La Avenida Argentina todavía era parte de un paisaje mucho más pequeño y las calles que la rodeaban eran de tierra. En ese escenario, comercios como La Tijera de Oro, las peluquerías de los primeros inmigrantes y tantos otros negocios ayudaron a darle forma a una ciudad que empezaba a crecer.
Hoy las barberías se multiplican en distintos barrios de Neuquén y recuperan, de alguna manera, aquel viejo espíritu de encuentro. El corte de pelo vuelve a ser una excusa para conversar, compartir historias y detenerse un rato. Una nota reciente sobre el fenómeno de las barberías en la ciudad incluso señala que muchos clientes encuentran allí un espacio para hablar de trabajo, familia, fútbol o preocupaciones cotidianas.
Más de un siglo después de que Juan Di Bernardi levantara las primeras tijeras profesionales de la capital, el oficio cambió, las herramientas se modernizaron y los estilos fueron otros. Pero algo permanece: la peluquería sigue siendo uno de esos pequeños lugares donde también se cuenta la historia de una ciudad.
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