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No sé qué siento

Palabras que me duelen tan solo con escucharlas. Puedo decir que sucede porque lo siento adentro mío. En el pecho y automáticamente se me hace un nudo en la garganta y los ojos quieren estallar, pero no son lágrimas. Es una especie de hinchazón.

Lo llamativo es que estas sensaciones las tengo con cualquier persona. No sólo si son allegados y mi afecto está comprometido.

Adultos, jóvenes, adolescentes y niños que repitan esas palabras, la sensación es la misma.

Aprendí a ponerle palabras a lo que me sucede. Compasión.

Claro que desde mi quehacer inmediatamente no puedo dejar de hacer algo para acompañar a que esa emoción se conecte con la mente y se conviertan en palabras que puedan surgir hacia afuera. Porque como reza la canción… “Hay que sacarlo todo afuera, como en la primavera, para que adentro nazcan cosas nuevas”.

No sé qué siento.

Y cada vez las personas que lo dicen es mayor. De todas las edades, pero claramente es más frecuente en los más jóvenes. Como si existiese un puente bloqueado adentro. La imagen es que hay en el medio escombros, luces negras. A veces me imagino en el medio muchos dispositivos. En otras ocasiones como si se hubiese cortado la luz y el rayo de sol no llegara a atravesar ese camino.

¿Como se puede vivir desconectado de uno mismo? ¿Eso es vivir o sobrevivir?

Entiendo que mi quehacer es este. Hacer que cada uno pueda escucharse y desde ahí comprender, relacionar, etcétera. ¿Pero por qué desconectarse? ¿En algún momento es una elección o simplemente es dejarse llevar? ¿es lo mismo?

Los animales no humanos nunca se desprenden de lo que son. Siguen su naturaleza y sus instintos. ¿por qué nosotros sí?

Tal vez consideramos que estar conectados con botoncitos nos hace más importantes. Que ya nada necesitamos. Y de repente algo nos despierta de esa gran fantasía. Una inundación, un incendio, algo que nos hace ver lo pequeños que somos. Y tanto tiempo que dejamos pasar sin saber qué sentíamos ni qué hacíamos. Preocupados por cuestiones que tal vez, probablemente y con seguridad, no eran tan importantes como sentir el sol de la mañana y respirar.

Y los niños…con esa naturalidad supuesta de los primeros años… ¿por qué están anestesiados?

Tal vez sean varias causas:

“No llores, ya va a pasar”. “dejá de jugar y ponete a hacer algo productivo”

Tal vez le tememos a las emociones. A expresar el dolor, frustración, incluso la emoción.

“Bueno, no te enojes” …Se dice al pasar. La respuesta sería… “¿por qué no puedo enojarme?”. La gravedad radica si ese enojo hace explotar en ira y no controlo los impulsos. Pero, ¿cuál es el problema de enojarse? ¿Todo tiene que estar bien siempre? ¿No es posible contar algo que no me gusta o que me dolió?

La falta de juegos en casa. Los dispositivos y los botones no cuentan como actividad lúdica, sino como anestesia.

Los padres dejan hacer, muchas veces sin control ni límites. Se excusan en “lo que eligen” y no se ocupan que sus hijos jueguen, interactúen con otros.

“No tenemos tiempo para invitar amigos”. Invitar o armar actividades para jugar es un laboratorio para el alma, el cuerpo y la mente.

Socializar, intercambiar miradas, experiencias. Debatir, acordar, discutir, volver a acordar.

Casas silenciosas, con almas encerradas en cuerpos inmóviles. Miradas hacia abajo y una luz que paulatinamente enceguece la mente, el alma, el presente y el futuro.

Habitaciones sin sol. Palabras que nunca nacieron. Síntomas, que tarde o temprano contarán de esos juegos no hechos, de esos amigos no visitados, de esa canción que jamás se cantó.

Laura Collavini

Psicopedagoga. Terapeuta familiar.

Autora del libro “Mi ambiente y yo”.

Presidente de la fundación Siendo.

laucollavini@gmail.com


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