Paso Córdoba, el legado de un español visionario

Antonio Córdoba fue un inmigrante español que llegó a Roca a principios del siglo XX y su pujanza y visión de negocios lo llevaron a descubrir un nuevo paso sobre el caudaloso río Negro y luego, en sociedad, construir y poner en marcha la balsa para llegar con mercancías a la Región Sur. Por una inexplicable confusión, todavía se ven letreros oficiales mal escritos cuando hay abundante documentación histórica que prueba el error.

26 mar 2011 - 00:00

Aunque hay documentos de la época como partidas de nacimiento, libros de historiadores roquenses reconocidos, y hasta una carta manuscrita de Antonio Córdoba publicada en este diario, se observa todavía en letreros viales y en otros del Área Protegida municipal, en mapas, en el indicador del Destacamento Policial recientemente acondicionado y en algunos documentos oficiales un error de grafía al escribir “Paso Córdoba” con “ve labiodental o corta”, sin ningún tipo de fundamento, error reiterado por deformaciones de uso. La visita en el verano pasado y por primera vez de su nieto Jorge Córdoba –residente en Buenos Aires– a Roca y a la zona rural que lleva el nombre de su abuelo, donde él mismo pudo ver “Córdova” en algunos indicadores, refuerza la necesidad de que se enmiende definitivamente este error de parte de los organismos oficiales como una revalidación histórica a la memoria de este gallego emprendedor. El balsero del apellido cambiado Andaba siempre vestido de gaucho porque era un hombre sencillo don Antonio. Llegó a Roca en 1906, para iniciar su actividad como comerciante. Tiempo atrás había salido de Vigo, España, sin más equipaje que mucho coraje y esperanzas inciertas. Había dejado su título universitario de “bachiller español”. Su familia era ilustrada. Para don Córdoba, como para tantos otros, el viaje se convertía en un duro y doloroso rito de iniciación al revés. Un alejamiento de la propia identidad social y afectiva. A la angustia del desarraigo se sumaban las condiciones generalmente penosas del viaje. Una vez finalizado éste, podían hacer uso de la oportunidad de quejarse en la Dirección de Migraciones. Los inspectores escuchaban y registraban muchas veces esas quejas, pero poco o nada cambiaba luego . Pero este inmigrante no se quejó al llegar al puerto de Buenos Aires. Tenía el firme propósito de hacer todo lo que sea posible para el progreso y porvenir de las nuevas tierras. También traía algún dinero como para empezar, a diferencia de otros viajeros que venían “con lo puesto”. Resultó ser un comerciante dinámico y progresista este gallego. Y al poco tiempo de llegado al pueblo se asoció a don Antonio Algan y Estampa, un español próspero llegado unos años antes, formando la firma comercial Algan & Córdoba. Con algo más de treinta años entonces, lo describían como una persona que, a pesar de su visible ilustración ante quien lo tratara –hablaba varios idiomas–, se había identificado rápidamente con las costumbres y modalidad criollas, las que admiraba, adaptándose enseguida al ambiente rudo y pintoresco que se respiraba en el pequeño caserío roquense y su zona rural. Cuidaba personalmente de su tropilla de caballos gateados de cola negra y madrina oscura con cencerro de plata, los mejores “pingos” de la región. Con ellos realizaba sus viajes continuos a la “campaña” comerciando mercadería, “frutos del país”, ganado en pie. Además de su casa de negocios en Roca abrió sucursales –hasta doce– en El Cuy y en los parajes Pichralco, Lagunita y Michihuao, entre otros centros ganaderiles de importancia de la época. Así como hoy las grandes cadenas de supermercados instalan sus locales en distintas ciudades, en esa época también fue necesario abastecer a los antiguos y nuevos pobladores que iban surcando las más abruptas regiones de esos territorios al sur patagónico. Y don Antonio tuvo esa visión comercial desde el principio. Tenía tropa de carros propia y mulas de servicio, casi quinientas, lo que demuestra su pujanza. A pesar de atender personalmente su tropilla supo rodearse de capataces fieles, gauchos parejos, valientes y decididos. A ellos les agradece en una carta con fecha en 1942, que alguien acercó a este diario y que fue publicada en agosto de 1951 (ver aparte). En 1912 viajó otra vez a España, pero esta vez para desposar a una encumbrada señorita, Julita Moreu, muy enamorada y valiente para dejar los lujos y comodidades hogareñas. Don Antonio mandó entonces a construir un chalet en El Cuy para la futura familia. Al año siguiente en el vecindario roquense nació el primer hijo, Antonio Ramón Córdoba, el 24 de enero de 1913, según consta en la partida de nacimiento obrante en este archivo. Ya radicado en Buenos Aires, nacieron luego Ramón (militar), Julio (1918) y María Ester (1920), la única mujer, que aún vive en Nueva Palmira, Uruguay, con noventa años. En ese pueblo uruguayo falleció en diciembre de 1969 su esposa Julita. El paso de Don Córdoba Primero fue el paso, y luego la balsa lo que don Antonio construyó, en la zona que hoy es Paso Córdoba. Cuando empezó a comerciar en 1906 existía La Providencia, el primer paso que cruzaba el río Negro hacia el sur, frente al Pueblo Viejo (luego llamado Paso de Viterbori, por otro comerciante pionero del transporte). Paso La Providencia se había convertido en un villorrio con posada, comedor, despacho de bebidas o “boliches”, herrería, carnicería, peluquería, y hasta una casa de tolerancia dicen. Como todavía no había balsa, el río se cruzaba ahí en botes muy grandes y en otros más chicos. Los voluminosos carros se desarmaban para subirlos, junto con la mercadería, y en la otra orilla se armaban en la herrería. Las bestias eran pasadas a nado y se perdían muchas cabezas arrastradas por la correntada. Cuando todo estaba listo, se iniciaba el largo viaje hacia el sur. A todas luces el servicio era poco práctico, arcaico, pero único e indispensable. Y es aquí donde empieza a intervenir don Antonio Córdoba, como dijimos visionario y progresista y con muchos intereses comerciales. No le servía ese paso y, gran conocedor de cada uno de los vericuetos “bardenses” a raíz de sus continuos viajes a las sucursales, inicia entonces una exploración para buscar una nueva ruta, más directa, con senderos más accesibles. Y la encontró: personalmente, y como Hansel y Gretel con los mendrugos de pan, fue marcando dónde debería ir el nuevo camino. Y no sólo eso: hizo una “simulación” ordenando a su fiel capataz surcar con los pesados carros con sus mulas la nueva “ruta”, con encargo de ir cambiando o arreglando los tramos intransitables. Tras la proeza, don Córdoba y su joven encargado principal Celestino Del Hierro (con los años su principal biógrafo testimonial y defensor de la manera correcta de escribir el apellido Córdoba) demarcaron y trazaron la bajada, frente a nuestra ciudad, hoy la carretera oficial firme y segura y el primer camino. Con el trabajo de una veintena de hombres, entre ellos mineros españoles especializados en la detonación de dinamita para romper las rocas, con muchas carretillas y palas, mucho sudor y la dirección de su diseñador, él mismo, se pudo terminar el nuevo paso. Al mismo tiempo, su firma Algan & Córdoba, previa autorización del Ministerio de Obras Públicas de la Nación mediante decreto del 2 mayo de 1908, mandó construir la primera balsa que cruzaría el caudaloso río. Era de madera de un metro de calado con seguras barandas y con una plataforma al costado de maroma para el comando de la misma. Tenía una capacidad para un carro cargado con los animales de tiro y su personal. Los hermanos Palacios fueron los constructores, que venían de hacer otra en Choele Choel. Todo el gasto fue solventado por la firma, sin recibir ninguna ayuda oficial. Camino y balsa se terminaron a los pocos meses: finalizando 1908 hubo un gran asado criollo con motivo de la inauguración. Don Antonio quería festejar a lo grande. Hubo muchísimos invitados, gente importante y hasta personajes venidos de Neuquén, y de la otra, humilde y anónima: sus peones. Hubo cruce en balsa para todos y paseos por las interesantes instalaciones del nuevo paso, que con justicia pasó a llamarse por costumbre y luego oficialmente Paso Córdoba, con “be” labial, como su apellido, y en su homenaje. Fuentes consultadas: “Historia de la fundación y progreso de General Roca”, Tránsito L. Toledo, 1972; “La Balsa de Paso Córdoba”, en “Inmigrantes en el Alto Valle del Río Negro”, Esther L. Maida, Publifadecs, 2004; artículos en diario “Río Negro” de 16/8/51, 20/10/64, 5/5/65, 1/11/1976; Decreto Nacional M.O.P. 2/5/1908; “Guía Comercial Edelman”, José Edelman, 1924; documentos familiares aportados por Jorge Córdoba (nieto).

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